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La primavera de nuestro descontento
Tan sólo quería utilizar este triste blog para poner mi granito de arena en la web, ser uno más de los muchos (¿pocos?… ¿muchos?) que están ofendidos y profundamente asqueados por las cargas policiales y la represión en Valencia. Ver decenas de furgones policiales y un despliegue de antidisturbios tomar las calles en plan guerrilla urbana contra el lo que el jefe de la policía nacional en Valencia denomina “el enemigo” —o sea, unos estudiantes con pancartas— es realmente triste y, de hecho, desde la distancia del exilio, no he podido evitar unas incipientes lágrimas por la deriva que están tomando las cosas en mi país. Y Rajoy preocupado por la imagen. Vete al pairo, hombre.
Para una noticia buena que viene de aquel rincón, es decir, la expresión pacífica e inteligente de la juventud, ellos tienen que aplastarlo con doble cantidad de ignominia. Lo peor de todo es que lo que consiguen es justo lo que quieren, es decir, que hablemos de la violencia policial, en lugar de lo que todos estos estudiantes querían hablar. Al fin y al cabo de estas cosas se olvida todo el mundo. Es realmente desolador ver a niñas empujadas, abuelas gritando y llorando, ancianos detenidos y aplastados contra la pared, familias espantadas viendo a sus hijos entrar en el furgón, sabiendo que no habían hecho nada. “¿Puede mi madre venir conmigo…?”
Pero qué infamia es esta, por favor. Qué pena. #primaveravalenciana
Dimisión de la delegada del gobierno
Dimisión del jefe superior de la policía nacional de la Comunitat Valenciana
Dimisión del jefe de la unidad de antidisturbios
¿Por qué llevas el casco, si no tienes cerebro?
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¿Por qué los del cine son de izquierdas?
Ayer asistimos patitiesos a la perpetración anal, perdón, anual, de los Goyardones al cine español y fuimos testigos (¡víctimas!) de sus momentos cumbre: del mensaje rancio del discurso del nuevo presidente de la Academia, de esa pulverización del récord de los límites del decoro y la vergüenza ajena que supuso el ‘rap del patio de butacas’… en fin. Ya tú sabes.
Y mientras se sucedían los improperios a la sensibilidad del espectador y las reivindicaciones políticas típicas de este colectivo, yo volvía a preguntarme una vez más algo que siempre me ha intrigado: ¿por qué el mundo del cine se muestra alineado en bloque con la ideología de la izquierda? Es decir, de la izquierda populista, porque su mensaje, para ser sinceros, es simplista y demagogo. Pero izquierda, al fin y al cabo. Es un tema interesante, ¿no creen? Para mí, es algo tan raro como podría ser que los deportistas tuviesen la costumbre, así, en bloque, en plan cofradía, de defender ideas de la derecha. Absurdo, ¿verdad? Cada uno tiene su opinión, y la estadística indica que esas cosas deberían estar más distribuídas.
Que conste que yo no me considero de derechas, y que esta reflexión no viene inspirada por un rechazo a la izquierda recalcitrante, esa izquierda fast-food de saldo y facebook (en realidad lo que me produce es perplejidad y curiosidad antropológica, al igual que su equivalente al otro lado del espectro), sino por lo incomprensible de esa adscripción gremial sin fisuras. Y es que no me pregunto por qué este actor o aquél director concretos son de izquierdas o dejan de serlo, ni por qué a Willy Toledo le da por hacer las cosas que hace (vilipendiado en exceso el pobre, parece que hay gente nacida para caer mal), sino, repito, por qué todos parecen compartir la misma ideología.
Y es que cineastas, actores, actrices, directores y otros oficios del celuloide parece que no desperdician la más mínima ocasión para levantar su puño contra la guerra (de Irak), a favor de Cuba, de la memoria histórica (ese pleonasmo del que hablaba Albiac), de la apología de lo público… Por cierto, en la gala de ayer, Kike Maíllo se ocupó de hacerle prometer a la niña Claudia Vega que continuara estudiando, y que lo hiciera en escuelas públicas. A mí aquello me recordó a los Testigos de Jehová, que prefieren morirse a recibir una transfusión de sangre.
Entre tanta crítica a los recortes a RTVE, tanto momento Anonymous (que seguramente tenían pase backstage) y tanto momento Garzón (aunque, todo sea dicho, Coixet tenía más excusa que nadie), el nuevo Presidente de la Academia se mostró con su discursito de marras como un perfecto iconoclasta, un valiente predicador en un desierto ‘progre’ (agh, odio usar esa palabra, pero aquí calza bien). Y ya he dejado claro que su discurso me produjo urticaria, como lo hace el de Urbizu, esa figura irrelevante que nos trajo el cliché de “Caja 507” y que se empeña a meternos a Resines en la sopa. Todo muy de Antiguo Régimen, muy pro-Ley Sinde, en lo que concierne a sus lentejas claro. Y después nos saltamos el derecho de defensa. Pero dejemos eso, que no es el momento ahora.
El caso es que con todo esto de los Goyas me he quedado barruntando en la pregunta inicial, en por qué si eres del mundo del cine entonces tautológicamente has de ser de izquierdas. Y se me ocurren varios motivos.
Por supuesto, la acusación habitual resuena la primera, y es que la ‘casta’ del cine español defiende los valores de izquierdas porque responden mejor al sistema del que ellos han venido haciendo uso, es decir, el de las subvenciones estatales a la producción cinematográfica (y que yo, personalmente, no critico sino en sus excesos y corrupciones). Evidentemente, la opción opuesta sería reducir el gasto público en algo que no reporte un beneficio económico. En efecto, la consecuencia matemática es una complacencia del colectivo hacia la mano que, en muchas ocasiones, posibilita su trabajo. Este motivo no tiene un soporte de credibilidad, como es de suponer. Nadie se hace de izquierdas porque recibe una subvención, ¿cierto?
O quizá sea todo lo contrario, es decir, que los artistas, al ser observadores íntimos y espejos líricos del alma humana y los más elevados valores, sean seres humanos de una sensibilidad especial, una sensibilidad de paz, altruísmo, solidaridad, tolerancia, libertad y todos esos ideales a los que la derecha, aparentemente, es insensible. La derecha, al fin y al cabo, es el demonio que aplasta al obrero humilde, que inicia guerras, que traiciona todo lo bueno del espíritu humano. Pero esto tampoco se sostiene, ¿verdad? Y es que para toda regla hay excepciones (y aquí os sorprenderéis), como la actriz Amparo Baró que siempre ha dicho ser de derechas, y otros como Alfredo Landa, Fabio MacNamara… ¿Son todos ellos insensibles e inhumanos egoístas? No lo parece. Eso sí, no expresan sus ideas en voz muy alta, quién sabe por qué motivo. Quizá para que no les pase como a Russian Red.
Puede que no sea ni por interés ni por altruísmo, sino por way of life. Los artistas tienen una vida más bohemia, más libertina, fuera de los parámetros morales convencionales. O, al menos, eso es lo que se espera de ellos, ¿verdad? Excéntricos, promíscuos, coqueteando con las drogas, la vida nocturna… ese es el tópico, ¿verdad? Y la derecha siempre ha sido esa vigilante moral, esa madre superiora gorda y con verrugas que te fustiga y te obliga a rezar un Ave María, que te dice que irás al infierno. La derecha, esa religión que te corta todo el rollo. Pero nadie es de izquierdas para justificar políticamente su poligamia o sus extremos, ¿verdad? Los mayores escándalos sexuales han venido siempre de la derecha, al fin y al cabo. Mirad a Pedro J.; de hecho, “El Mundo” tiene una línea editorial muy abierta y moderna en este sentido.
O quizá sea algo mucho más profundo. Algo específicamente cinematográfico. ¿Es posible que haya una conexión hermenéutica entre el lenguaje del cine, de la imagen en movimiento y el montaje, y cierta cosmovisión política? ¿Es la crítica social burguesa que representa el cine una manifestación cultural del socialismo? ¿Es el cine una demanda de estado de bienestar, de igualdad de clases, de eliminación de la diferencia y el privilegio? Eso explicaría por qué, como decía Vicente Aranda, la derecha se niega a ver cine español. Pero parece que no es así. No solo porque el cine, como lenguaje burgués, también es el lenguaje de la individualidad, el canto a la personalidad y al héroe, la seducción inmediata y la satisfacción capitalista de un intercambio frívolo (de hecho, el cine es el dominio de la superproducción, de las cifras multimillonarias… el negocio definitivo). Sino también porque hay muestras de lo contrario: Leni Riefenstahl, José Luis Sáenz de Heredia y muchos otros probaron que el lenguaje del cine puede ser el lenguaje del franquismo y la propaganda fascista.
En fin, que me quedo como estaba, sin aclararme. Quizá en los comentarios podáis aportar alguna luz. Lo agradezco de antemano.
Vivimos un momento en el que el PP tiene mayoría absoluta, y entiendo que ha llegado el momento en que la izquierda debe refundarse. Esta entrada, hasta cierto punto sarcástica, no pretende hurgar en la herida de la derrota de la izquierda en las últimas elecciones. Pero creo que es el momento de ser honestos, pragmáticos y serios. El corporativismo es la muerte de la opinión verdadera y no debemos perpetuar los tópicos de una España que ya aburre.
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Spanish Revolutions | #15m #acampadasol #nolesvotes
Lo que está ocurriendo estos días en España es algo que me produce, después de años de profunda vergüenza nacional, un atisbo de orgullo. Los eventos de estos días son en mi opinión preferibles a la Huelga General convocada hace unos meses por unos sindicatos obsoletos y anclados en un sistema de lucha de clases del pasado (de la que ya hablé). No nos sorprendió que dicha Huelga fuera un fracaso. Se trataba de presionar con nuestra ausencia en los puestos de trabajo, cuando lo que hay que hacer es trabajar más. Se peleaba por los derechos laborales, cuando el problema es, precisamente, que muchos españoles (un 21% de la población activa y un 44% de los jóvenes) ni siquiera tiene una situación laboral en absoluto. La iniciativa de plataformas sin adscripción partidista (pero para nada apolíticas) era el acicate perfecto para mover a los ciudadanos, no a las ideologías concretas. Entiendo el escepticismo de los realistas que ven en esta agitación un movimiento romántico, idealista y utópico. Nadie ni nada hará cambiar a la banca, nada ni nadie gritará con tanta fuerza que el sistema financiero se reubique. Pero boicotear unas manifestaciones que se acercan más que nunca a un espíritu espontáneo y no violento es simplemente una muestra de resentimiento hacia la juventud que tenemos. Se la puede criticar y ridiculizar, pero repito, es nuestro valor más seguro y hay que apoyarla.
Desde ciertas tribunas (como por ejemplo, y da verguenza conocer esto, la radio pública) se ha procedido a una campaña de descrédito de este movimiento como pocas veces habíamos presenciado. La virulencia del status quo hacia todo lo que está ocurriendo demuestra el miedo que se tiene a que alguien se atreva a cuestionar la sospechosa legimitidad de su apoltronamiento. Esto incluye a periodistas y políticos. Se ridiculiza a unos jóvenes como hippies antisistema que disfrutan de sus iPhones, como si eso deslegitimase sus reivindicaciones de por sí. Se les llama rebeldes antisistema, anarquistas, y después se les tilda de aburguesados. No hay consistencia en las acusaciones porque la masa que se ha manifestado no es consistente. Es, simplemente, la gente a la que se le dio de todo con 20 años y después, con 30, se les arrebató más aún: la posiblidad de tener un futuro y de ser autosuficientes. Después hablaremos del papá Estado.
La actuación policial y de los medios han sido la primera victoria de la iniciativa. Si bien el 15 de mayo no pretendía más que ser una expresión de indignación sin unos objetivos concretos, se han conseguido dos muy importantes. El primero, ofrecer pruebas palpables de la falta de democracia que denuncian. Efectivamente, la clase política se puso sus mejores galas pro-derechos civiles para defender a ultranza el derecho del pueblo egipcio para resistir en la plaza de Tahir. Pero el pueblo español parece no tener siquiera ese derecho. Algún lidercillo dirá entonces que las circunstancias de Egipto requerían medidas más drásticas; y nosotros nos preguntaremos qué derecho tienen esos líderes de establecer cuándo el pueblo puede tomar las riendas y cuándo no (EDITO: ya lo han hecho). Lo que faltaba. El segundo objetivo cumplido, y con creces, ha sido dejar en evidencia a unos medios servilistas y acomodaticios, meros transmisores de notas de prensa y comunicados oficiales, gusanillos que se arrastran hacia las ruedas de prensa y juegan al juego de darle bola a los insultos de parvularios que los politicuchos se traen en su bodevil de correveidiles. Los medios tardaron días en reaccionar a lo que estaba ocurriendo, censurando de forma efectiva y activa (no fue un acto de omisión, sino de acción) lo que estaba ocurriendo. Porque ellos sólo hacen de voceros de los bancos, los partidos, los sindicatos, las instituciones de valoración financiera y otros parásitos varios. Han sido reemplazados por las suscripciones a una selección de feeds y un torrente de microblogging ante el que nada pueden hacer, ni en velocidad ni en amplitud de difusión. Están ya atrasados, son ya obsoletos, al igual que el carpetovetónico sistema de diálogo social y actores sociales (nunca mejor dicho lo de “actores”). Son el siglo XX, se creen herederos de una autoridad moral. Son viejos.
Iñaki Gabilondo decía el otro día en su videoblog que “la sociedad española llega a las elecciones en un ambiente de profundo descrédito de la clase política”, y es gracioso que esto lo diga un periodista, incapaz de hacer autocrítica y añadir que “la sociedad española llega a las elecciones en un ambiente de profundo descrédito de la profesión periodística”.
Pedro J Ramirez, en su videoblog propio (lo intentan, lo intentan, pero no consiguen ser parte de la auténtica internet) dice que este movimiento debe ser tenido en cuenta por los políticos como un aviso de algo más grande que puede llegar si no hacen algo para remediarlo, para después pasar al ataque y decir que el manifiesto de la iniciativa es propio de un movimiento de extrema izquierda, de socialismo real cercano al comunismo o a la dictadura castrista. Esto debería extrañar a todo ya que el movimiento se está alzando precisamente tras el fracaso de diversas medidas de índole social que se intentaron poner en práctica antes del famoso cambio doctrinal al que sometió Zapatero a la estrategia del Gobierno abrazando soluciones propias de la derecha económica y del Partido Popular. Para mí, este movimiento debería ser un rechazo a ambas doctrinas, a la social y a la liberal, si no van acompañadas de humanidad e intención de regenerar a España, de reinventar el país. Eso es lo que significa el #nolesvotes, ni más ni menos. Para mí, este movimiento se confronta totalmente con la iniciativa sindical de la Huelga General de hace unos meses y con el antiguo sistema de representación. Si este movimiento es “de izquierdas”, va a perder su fuelle. Debe desmarcarse y presentar una propuesta desligada de aumentos de impuestos, subsidios al desempleo y sugerencias tan cercanas a la izquierda. Su manifiesto se debe centrar en la democracia, la representatividad, la transparencia y la depuración de la escena política hacia una auténtica dignidad de la labor de gobierno y de servicio público de los administradores.
Lo que es evidente es que parece difícil arrebatarle a los movimientos “de izquierdas” la exclusiva total de movimientos sociales como este. La derecha jamás ha parecido identificarse con la protesta y la reivindicación excepto para temas relacionados con la moralina y los valores tradicionales. Eso que se pierden, porque si la masa social de derecha joven e indignada se uniese e identificase con movilizaciones como las que están ocurriendo estos días, la fuerza y la intensidad de la protesta serían memorables, históricos, imparables. Es una pena que la izquierda monopolice esto.
Lo que, en mi humilde opinión, es una base de propuestas irrenunciables que presentar en esta ocasión a la clase política son las siguientes:
- Impuestos. Exijamos a los grandes capitales y a las corporaciones el tributo que deben, sin condonar ni omitir sus responsabilidades. Nada de tratos de favor, nada de ligereza fiscal para los tiburones.
- Listas abiertas. La necesidad de listas abiertas es el núcleo de lo que el lema “Democracia real YA” significa. Hasta que no se alcance una representatividad real y la posibilidad de un auténtico sistema de elección transparente no habrá democracia real.
- Reforma de la ley electoral. Una revisión de la Ley d’Hondt permitirá acabar con injusticias como la nimia presencia parlamentaria de grupos que han obtenido casi tantos votos como otros partidos que se ven recompensados exageradamente en proporción. Se sabe que la gobernabilidad será más difícil, pero es algo que se debe seguir intentando.
- Depuración del lenguaje político. El circo político es vergonzoso y un insulto a la inteligencia del electorado. Los políticos se dirigen a la masa que desgraciadamente no tiene demasiado criterio y, en lugar de informarla y educarla, se la hunde más aún en la ignorancia de cómo funcionan las cosas realmente. Se acude al insulto, al maquillaje, a la sonrisa y a la demagogia. Y lo peor de todo es que funciona. Este sistema de control marketiniano debe morir cuanto antes. En este sentido los medios se deberían negar a transmitir ese aspecto de la clase política y dedicarse a investigar e informar, educar en el funcionamiento de la Administración y denunciar los excesos de sus funcionarios políticos.
- Me permito añadir las 10 peticiones de @DrZito:
- Reforma electoral
- Listas abiertas
- Persecucion del fraude impositivo
- Reforma de la ley de financiacion de los partidos
- Defensor del pueblo elegido democraticamente
- Democracia participativa a nivel local
- Referendums vinculantes
- Laicidad
- Fin de la inmunidad judicial de los cargos politicos
- Reforma del senado y racionalización de las administraciones
EDITO (25 de mayo) … ¿Reiki? ¿Biodanza? Pero, ¿qué sandeces son estas? Yo, personalmente, me desligo del apoyo a #acampadasol. Esto es ridículo.
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Los controladores son ellos (… o ‘España, país de la envidia’)

Bueno, ante todo, quiero dejar claro que el asunto ha adquirido tanta complejidad que, por supuesto, esta entrada no pretende ni sentar cátedra ni ser “original”, ni mucho menos cubrir todos los aspectos del tema que trata. Al fin y al cabo soy sólo un opinador; no tengo todos los datos, no sé demasiado de todo lo que implica el tema, y ni siquiera me encuentro en el país ni he sufrido las consecuencias de lo ocurrido. Simplemente quiero dejar por escrito lo que pienso en estos momentos sobre lo que considero una de las maniobras políticas más retorcidas de los últimos años en España y que, sin duda alguna, indica el principio de un nuevo orden de cosas en el país. Lo hago porque creo que bastante opinan ya los poderosos, ignorantes también ellos, y ya les escucha demasiada gente, y porque quizá alguien esté ávido de la versión “no oficial”.
No quiero decir que los controladores tengan toda la razón, en absoluto. Ellos mismos paracen haberse dado cuenta de ciertas cosas y han pedido “perdón” a los usuarios. Yo mismo, al enterarme de la noticia aquellos aciagos días, pensé que el colectivo se había sobrado. Pero lo que es absolutamente innegable es que hemos asistido (al menos los internautas, porque los espectadores clásicos de TV y lectores de los 2 o 3 periódicos mayoritarios tan sólo han zampado trola tras trola), hemos asistido, decía, a una bochornosa estratagema política digna de la infame “política de cloacas” que tan sólo unos reyes de la intriga como Blanco y Rubalcaba podían perpetrar.
En mi post “Esta huelga es como Facebook” hablaba de la patética demostración de impotencia de la que hicieron gala los sindicatos mayoritarios en lo relacionado a la Huelga General, y de cómo el trabajador de hoy día no reconoce en ellos ni el más mínimo vestigio de representatividad. Son unos peleles de un poder al que le deben demasiadas cañas, unos monopolios agónicos de un viejo régimen de derechos institucionalizados y domesticados. Además, a la gente se le pusieron los huevos de corbata por el miedo a perder el trabajo en una época de crisis. Ni siquiera los estudiantes, que aún no tienen una familia que mantener ni una hipoteca que pagar, dijeron ‘esta boca es mía’, a diferencia de sus compañeros en Europa, que la llevan liando parda unos cuantos días. Ante el desastroso fracaso de dicha Huelga General en septiembre, muchos corazones activistas (si bien poco acompañados de un par de manos en acción) miraban con envidia la furia desatada en Francia y el Reino Unido. “Eso sí que es una huelga, eso sí que es lucha”, se oía de parte de los aguerridos defensores de la lucha social.
Pues bien, llega el viernes del puente de la Constitución y, tras ejercer durante meses un recorte constante de los derechos laborales del colectivo de controladores aéreos (una de las consecuencias de lo cual, por cierto, fue que muchos de ellos se quedaron sin sus vacaciones en verano), van los Rasputines de turno y proceden al decreto-hachazo que supone la humillación total del colectivo. Apuesto, y en verdad me gustaría equivocarme, a que el ejército estaba perfectamente listo para el despliegue cuando fue llamado. Apuesto a que la mente estratega y de ingeniería social del que fue portavoz del gobierno de los GAL había previsto el devenir de los acontecimientos tal y como iban a sucederse, basado quizá en el conocimiento del espíritu combativo del colectivo… y conocedor de la naturaleza brutal de un español al que le quitan su pandereta, o sea, su fin de semana. Conocedor de las reacciones del perro, Pavlov hizo sonar la campanita (léase las sirenas). Y el perro, claro, se puso a babear. Porque, si algo quedó claro, es que en sus momentos de más baja popularidad, el Gobierno supo meterse al país entero en el bolsillo, los embaucó a todos con el cuento de la “mano dura”, la sociedad en bloque se puso de su lado. {NOTA: Me dicen que los traslados en coche durante aquel puente fueron de unos 10 millones de personas, así que si alguien se quiere creer que la gente no se fue de vacaciones, o que la cantidad de gente que aparece en las fotos tirada en los aeropuertos representa a media España, que piense lo que quiera. Es cierto que mucha gente ha sufrido situaciones sangrantes, eso sí. Pero, por favor, seamos estrictos con la realidad. }
El odio que inspiran los controladores es digno de estudio. Conviene repetirlo para que la gente se entere: no son funcionarios. No cobran ni un duro de las arcas públicas. Sus sueldos provienen de las tasas aeroportuarias que pagan los usuarios de aeropuertos; AENA es un ente público empresarial desde 1990 y que, como organismo autónomo se autofinancia. El hecho de que ellos cobren más o menos no debe importarle ni influir a nadie, sería como si les subieran o bajaran los sueldos a los trabajadores en una empresa privada cualquiera. De hecho, los controladores aéreos deberían ser modelos de cómo debería estar retribuído realmente el trabajo en España; es decir, bien. Pero en este país, los mismos izquierdistas o socialistas que están contra los recortes de derechos laborales y contra las privatizaciones, son los mismos que critican a los controladores “por ganar mucho”. Es pura envidia de clase. Los obreros y los mileuristas, enrabietados, se deben de pensar que les están robando el dinero… o las vacaciones; por Dios, que no nos quiten las vacaciones. Son ellos los que realmente deberían hacer algo útil como saltarse los procedimientos de la huelga domesticada a la torera y hacer un plante como en Francia o el Reino Unido, o sea, como el que han hecho los controladores. Porque lo que han hecho éstos no ha sido una huelga de borreguitos, sino una auténtica revolución de la que tan nostálgicos se sienten los luchadores sociales. Porque es este colectivo el que realmente está luchando contra un gobierno que se dice socialista, pero que en realidad es de derechas. Un gobierno que, por llamarse “obrero”, no se puede permitir hacer tales reformas ‘a la luz’, sino que tienen que montar este pollo para quedar impunes, e incluso reforzados, ante una opinión pública becerril que sólo piensa en apelotonarse con sus congéneres en un hotelucho de una ciudad sin teatro.
El estado de alarma supone revocar el orden democrático y la autoridad civil, y es una medida fascista (sí, fascista, con todas las letras, pues supone la imposición por vía militar de una voluntad política). El estado de alarma no se convocó en el 23-F. El estado de alarma no se convocó el 11-M, ni durante la huelga de los trabajadores del Metro de Madrid que detuvo a la capital en el tiempo. Y el estado de alarma se está prolongando para continuar la demonización del colectivo, y será levantado únicamente cuando todas las reformas y trapicheos estén atados y bien atados, cuando ya no se pueda hacer nada, cuando la política de derechas esté bien asentada y no haya marcha atrás, cuando algún preboste multimillonario controle AENA, su nueva adquisición, el tesoro de la corona.
Así y con todo, ciertos planteamientos en contra de la actitud del colectivo no dejan de ser ciertos. Cierto, se había venido solucionando el problema de la falta de controladores con horas extra pagadas a precio de oro. No es culpa de los controladores, sino de los que deciden que no se van a contratar a más efectivos. Cierto, se estaban alcanzado sueldos sin parangón en el mercado. Cierto, todo cierto, como que eligiendo a un guaperas como portavoz tan sólo consigue caer peor. Pero… ¿No harían ustedes igual, si fueran ellos? (es decir, cobrar su sueldo y trabajar el doble cuando no queda otra opción). E igualmente cierto, su decisión de no acudir a sus puestos aquel día está sujeta a consideraciones morales de cierta talla. Pero recordemos, y por favor no se me confunda con un radical, que muchos de los grandes éxitos sociales en la historia de la Humanidad han pasado por saltarse un par de normas y pegar una patada en la puerta de palacio, aunque se le quede la nariz morada al guardia de turno, aunque las represalias supongan, desgraciadamente, el perjuicio de inocentes. Supongo que muchos controladores se sienten fatal por todo lo ocurrido, y no creo que sean tan sádicos como para disfrutar con los daños causados.
Porque la verdad es que hay motivo para la revuelta: las medidas que está introduciendo el Gobierno, del talante del decreto de aquel viernes, son medidas que recortan derechos laborales y que van encaminadas a un panorama totalmente opuesto a cualquier ideal socialista, izquierdista o laborista que pueda uno evocar. Por todo ello el PP está que no abre el pico, y tan sólo se ha abstenido (que no opuesto) a la prolongación del estado de alarma porque no comparece no sé quién a explicarlo. Lo que en última instancia se pretende es algo que el PP haría sin miramientos, es decir, privatizar AENA, no hacer ningún esfuerzo más por ubicar a todos los nuevos controladores que se necesitan como agua de mayo (creación de puestos de trabajo, ¿les dice algo?) y mejorar la calidad de un sector importantísimo como el control aeroportuario. La manipulación de los sueldos de los controladores en los medios ha sido una constante falacia y, de ser ciertas algunas cifras, responden a la infinidad de horas extra que los controladores se han visto obligados a hacer, cayendo muchos de ellos enfermos por ansiedad o depresión.
He leído en muchos comentarios aquí y allá que “si los médicos hicieran lo que han hecho los controladores, o si los policías lo hicieran, o si los bomberos lo hicieran”, todo se iría al garete, y es cierto: No les toques mucho las narices a algunos de ellos, que los de Justicia te hacen un plante y a ver qué pasa con esa orden de alejamiento que tienes pendiente… o con ese violador que queda suelto. O espérate a que los del Metro de Madrid te detengan la ciudad completamente, a ver si llegas al curro. Pero a los del Metro de Madrid se les perdona porque son víctimas de la mucho más descarada Esperancita (otro convenio violado, por cierto), o sea, que a ésos no les tenemos envidia ninguna, y además nos han dado a todos una excusa de puta madre para faltar al trabajo. Venga, coño.
Me pregunto por qué el electorado socialista que está justificando estas medidas no se sincera y vota directamente al PP. Algunos no se dan cuenta de que, al defender al Gobierno, defienden medidas propias de la derecha. Y muchos otros, aunque sólo sea porque este Gobierno no tiene más remedio que tomar medidas que contradicen su propia “idiología”, deberían sincerarse consigo mismos y votar a quienes tomen esas medidas sin medias tintas ni ocultaciones. Seamos pragmáticos, por favor. O eso, o no nos queda otra opción mínimamente digna más que hacer lo que han hecho los controladores. Pero ser ‘de izquierdas’ y criticarlos a ellos por lo que no han sido capaces de hacer los sindicatos, o aplaudir medidas propias de un gobierno de derechas, no tiene sentido.
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Idiología
Uno de los principales problemas (a nivel político) de la sociedad española es su endémica falta de pragmatismo y su obsesivo ensalzamiento de las ideologías, que se suele cristalizar en un sectarismo generalizado. No es difícil que la gente se considere ‘de izquierdas’ o ‘de derechas’, independientemente del momento político o la situación del país y las medidas necesarias para poner remedios. Me parece sencillamente incomprensible cómo una persona puede defender indefinidamente un modelo determinado, sea cual sea, aun siendo evidente que las medidas necesarias para reactivar el empleo y la economía son las opuestas. Es increíble ver, en este sentido, cómo la gente está suscrita a votar siempre la misma opción, generalmente con el mismo comentario: “Yo nunca votaría a los otros”. Qué condicionados al miedo. Qué repulsión a la alternancia democrática.
Esto, sencillamente, no ocurre en otros países europeos, por muy marcada que esté su idiosincracia, que han demostrado adaptarse a cambios radicales sin despeinarse dando auténticas lecciones de cómo no ser conservador. El Reino Unido, Francia e Italia tienen una marcada tradición o tendencia histórica (socialdemócrata los dos últimos) pero no se les caen los anillos a la hora de votar según las necesidades del país. Eso no quita que, cuando lleguen las vacas gordas y se pueda volver al gasto, no dudarán en votar en otra dirección. ¡Para qué hablar de Estados Unidos! Otros ejemplos que me vienen a la cabeza son los planes quinquenales de Lenin con sus retornos transitorios a formas de capitalismo controlado, o las decisiones de Bush en los últimos meses de su mandato en lo relacionado a los bailouts financieros, generando una crisis ideológica interna.
En España mucha gente tiene su ‘carnet de socio’. Muchos españoles son hinchas ideológicos capaces de excusar hasta los errores más injustificables de sus lidercillos. Yo, por mi parte, nunca podré decir ‘soy de izquierdas’ o ‘soy de derechas’ como oigo decir a mucha gente. Adoptaré uno u otro aspecto de las posibilidades según las circunstancias dadas. Esto no es ser “chaquetero” (término predilecto en el diccionario ibérico de piquetes y esquiroles), en mi opinón es ser pragmático, realista; no me importa dejar de ser ‘moderno’ a ratos. Además, por lo general, toda persona suele mezclar en su fuero interno convicciones de un extremo y otro del espectro según se trate de cuestiones económicas o sociales o de otra índole. Todavía no entiendo cómo ambos ‘lados’ se han apropiado de valores que deberían pertenecer indistintamente a un lado o al otro (religión, homosexualidad, aborto, patriotismo, y un sinfín más). Los partidos se aprovechan de todo esto hasta límites insospechados. En consecuencia, desconfía de quien asegura ser de izquierdas ‘para todo’ o de derechas ‘para todo’. No es sincero consigo mismo. El dogma ideológico se ensalza hoy día como si fuese la demostración de coherencia definitiva, cuando en realidad es una muestra de alienación. Sé suspicaz.
En este sentido, os recomiendo un sitio web en el que podéis ver representada vuestra posición en el plano de coordenadas políticas. Sin embargo, y de ésto trata este post, es interesante hacer el test considerando el momento concreto del país y la política que debería ser implementada de acuerdo al análisis de opinión del lector. Por supuesto, no se deben sacar conclusiones definitorias; más bien, se debería realizar el test cada cierto tiempo para comprobar cómo fluctúa la opinión de uno. Porque, si no lo hace, hay que preocuparse. Al menos un poquito.
A mí, hoy, me ha salido libertarianismo (o anarquismo) de izquierdas — izquierda social, pero contra el intervencionismo estatal.
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Esta Huelga es como Facebook
No voy a entrar a comentar el hecho de que celebrar una huelga en plena crisis no hará más que intensificar la contracción económica, o sobre los componentes politicos que tanto se debaten hoy en los medios como, por ejemplo, qué debe esperarse de un gobierno de izquierdas y de unos sindicatos responsables. Todo esto son, hasta cierto punto, juegos de datos y palabras, estadísticas, tertulias.
Leyendo la prensa he llegado a la conclusión de que en España tenemos un proletariado postmoderno. Un proletariado que ha evolucionado hacia un cinismo intenso y una percepción de la realidad más bien pragmática. Leo comentarios en los medios digitales de lectores y usuarios de clase media trabajadora justificando las tesis de la patronal y renegando de los sindicatos. Esto no solo se debe a la esquizofrénica posición que éstos se han visto obligados a adoptar en lo que respecta a los motivos para esta huelga general, sino a una aceptación sincera y realista de lo innegable: la situación actual viene determinada por la coyuntura europea y la necesidad de ajustarse a los criterios impuestos por la unión, el gobierno no va a cambiar ni un ápice la reforma laboral, y lo que es más importante, dicha reforma vino impuesta por la impotencia de los agentes sociales de llegar a un acuerdo. Ojo. No digo que el gobierno no tenga culpa ninguna; lo que digo es que fueron precisamente sus erróneas e insistentes políticas de gasto social previas (y paralelas) a esta crisis las que propiciaron la necesidad imperiosa de mandarlo todo al garete a golpe de decreto y reforma o sí o sí. Tuvo que llamar Obama, por cierto, porque si no, no hay manera.
Lo dicho. El proletariado ya no es tal cosa, sino una masa de individuos muy informados que comprenden una cosa: si ellos fueran los empresarios, harían lo mismo. Este es un mundo de competencia y competición, donde sobrevive el más fuerte. Es de ilusos pensar que la patronal debiera ceder ante supuestos derechos inalienables. Bienvenidos al Mercado. Esto el ciudadano lo entiende perfectamente. La conciencia de clase (la de verdad, la de los movimientos revolucionarios) se quedó sumergida en el siglo XX, en el tintero de aquellos burgueses librepensadores que lograron acabar con una aristocracia vaga y hortera que envidiaban profundamente. Lo de mayo del 68 fue un espejismo, una convulsión cíclica. Ahora ya todos somos vagos y horteras, nos han dado demasiado de lo que queríamos (eso del libre mercado y la sociedad del entretenimiento ha sido too much of a good thing), y mientras por fuera pataleamos, por dentro entendemos perfectamente que no nos merecemos nada mejor. Esta crisis es moral.
Es decir, que esta Huelga probablemente la han secundado muchos españoles, pero muchos de ellos lo han hecho convencidos, en su fuero interno, de que esta Huelga no valía para nada. Nada va a cambiar esta vez. Se perderán unos cuantos millones de euros, unos cuantos miles de horas, y hala, a recuperarlo todo a partir de mañana a base de… trabajar más. ¿De verdad alguien cree que esta huelga va a hacer que el gobierno eche para atrás la Reforma como ocurrió en 1998 y en 2002? Si lo hacen, nos vamos a peor!!! Los sindicatos están pidiendo algo que saben que es malo para el país, pero, atrapados por su propia identidad, no saben reconocer que esta desagradable medida anti-social que es la reforma del mercado laboral (y que a ninguno nos gusta) viene inspirada por una ideología “pro-social”, si se me permite el palabro. Muchos analistas coinciden en que dicha reforma laboral será negativa para la economía del país… por ser insuficiente!!!
Pero, entonces… ¿Hay algún motivo para convocar y secundar este tipo de huelgas? Hay quien sostiene que existe un componente expresivo, una necesidad del pueblo de hacer saber lo que siente, de explicitar su indignación. Se trata de una motivación romántica e idealista, una forma de decir: ‘Que se entere el opresor, sea quien sea, de nuestra fuerza‘. Me pregunto qué clase de fuerza negociadora puede esconder en la manga alguien que no sabe a ciencia cierta a quién tiene sentado al otro lado de la mesa… ¿Es el gobierno? ¿el socialismo? ¿el PPSOE? ¿la cínica y arrogante clase empresarial española? ¿Europa? ¿la decadente cultura española de cachondeo y picaresca? ¿todos?!… No se sabe bien. El caso es que si estos motivos ‘ideológicos’ o ‘de clase’ son compartidos por mucha gente, para mí son cada vez más difíciles de entender en un mundo en el que nadie hace nada por los demás. Como dijo Mariano,
“…mientras los jóvenes de hace un par de décadas se organizaban e iban a la calle los de hoy esperan que les digan lo que tienen que hacer, o que alguien los convoque en Facebook, o por sms, o hagan una llamada en twitter o mejor aún, aparezca por la tele un reportaje emotivo (entre anuncios de desodorantes, politonos y móviles) sobre un suceso que estimula sus corazones. Pero eso siempre, ‘esperando’ el estímulo…”
Me pregunto si los sindicatos están adoptando ese frívolo papel de ‘red social’, ese vacío y sectario ‘pásalo’ en el móvil que te hace sentir identificado con la tribu de turno, ese estímulo mediático del que habla Mariano.
Aquí en Estados Unidos, todo esto es impensable. Los sindicatos son inexistentes (conozco, eso sí, asociaciones de trabajadores que pelean por sus propios derechos en las negociaciones de sueldos, acuerdos, etc.), y las “unions”, si bien se mantienen en sectores industrials estratégicos, no se ven por ninguna parte en el mercado laboral convencional. No hay una UGT o unas CCOO en la televisión americana indicando hasta qué punto pueden rebajarse las indemnizaciones por despido. Hay quien podría decir que nadie los necesita en un país con un nivel de desempleo bajísimo (se alarman cuando llega al 9 o al 10%) y unos sueldos que justifican el éxodo a estas tierras bizarras y contradictorias. Podría incluso decirse que los sindicatos son síntomas de que algo va mal. Cuanto más fuertes los sindicatos, peor es el problema. Conozco la situación de una empresa en la que se hicieron tan fuertes que monopolizaron el departamento de Recursos Humanos, controlando la selección y contratación, incurriendo en amiguismo, tráfico de influencias, enchufismo, corrupción. Y estoy hablando de una empresa enorme que en su tiempo era propiedad de todos los españoles. Pero su carga ideológica, romántica, de lucha social y revolución visceral la conservan, no sé por qué oscuro motivo. En fin.
Esta huelga es como Facebook: no sirve para nada, pero todo el mundo está dentro.
EDITO: La reforma laboral se mantiene tras la huelga… y, al parecer, no todo el mundo secundó la convocatoria. Pensaba yo que el espíritu español de “cualquier excusa es buena para no currar mañana” se impondría a mi concepto del ‘proletariado cínico’ y desencantado del que hablaba arriba. Al final va a ser verdad.
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