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Jun
18

El objetivo del Juego de Tronos (s03)

SPOILERS AHEAD

He visto la tercera temporada de Juego de Tronos (previo estudio-repaso de lo acontecido en las dos primeras para no perder el hilo) y debo decir que me ha parecido de las mejores. Aparte del truquito de usar a Khalessi para cerrar capítulos con épica, la historia de esta chica es sin duda la más comercial y atractiva de una temporada que, en general, ha tenido unos arcos argumentales interesantísimos (la evolución de Jamie Lannister, por ejemplo) y ha demostrado su excelencia como obra de la televisión actual.

Mi Khaleesi

Mi Khaleesi

Sin embargo, lo que a mí me interesa a nivel fundamental de Juego de Tronos es (“duh!”) la pugna de reyes por el trono, y esta temporada me ha demostrado en sus capítulos finales que eso no importa. Como dice Melisandre, “esta guerra de cinco reyes ya no es importante, no es nada comparada con la gran guerra que viene del Norte”. O sea, que lo que importa es la guerra que viene del Norte. Parece que todo tiende a una gran alianza de linajes para acabar con la amenaza helada… Pero vamos, entre eso y el episodio de la Boda Roja (que sí, que mola, pero se carga a uno de los personajes con quien más nos podemos identificar) parece que nada de lo que ha ocurrido hasta ahora tiene sentido de ser o finalidad argumental, si no es la desintegración de los Siete Reinos y la muy manida idea de ‘amenaza externa que nos une’ y que no me atrae en absoluto.

Entiendo que es una serie de TV, y que ciertos motivos y ciertos personajes, como Talisa, la mujer de Robb Stark, están ahí para el refuerzo dramático, pero de ahí a destruir totalmente el “drive” y el objetivo macro-argumental de la serie va mucho, sobre todo en pleno final de temporada, acabando con las expectativas del espectador… cosa que en sí misma no está mal, pero que en este caso parece un poco traicionero. Espero que la cosa no se desvíe demasiado.

Parece que quieren sacarle partido al tercer volumen de George R. R. Martin y dividirlo en dos temporadas; por mí de acuerdo, si la calidad se mantiene como hasta ahora. Los que hayan leído el libro ya me diréis, sin espoilear, claro… Pero en realidad se me ha posado una mosca detrás de la oreja y simplemente espero que la lucha por el trono siga siendo el centro de la acción. Lo que “viene del Norte” es muy atractivo, muy llamativo e interesante, pero, sin haber leido los libros y sin saber cuál es su función narrativa en el panorama general, espero que sea combinado con el objetivo central de forma armónica.

Oct
15

Cine reposado

Just me and the world

Just me and the world

Una de las sensaciones que tengo cuando ando por Internet es que la gente lo ve todo. Se tragan todas las series sin falta, todas las temporadas de cada una de ellas, oiga, son capaces de seguir al día todos los 52 nuevos cómics de DC, no se pierden ni una sola película (ni de estreno, ni clásicas, ni de culto, ni comerciales) y le siguen el rastro a tal guionista o a tal productor y ven todo lo que hace. Incluso tienen tiempo de ver lo antiguo, lo clásico, lo vintage. ¡Todo!

A mí todo eso me da mucha envidia y me pregunto qué clase de sacrificios hacen para sacarle tanto tiempo al día, si bailan desnudos por la noche alrededor de un fuego en el bosque, sacrificando bebés y bebiendo su sangre. Pero luego pienso que eso es imposible, porque no tienen tiempo para ritos satánicos; están viendo el último capítulo de Homeland, que acaban de sacar los subtítulos. Yo intento estar al día, a pesar de andar liado hasta las orejas con rollos que no le interesan a nadie, pero de verdad que me resulta imposible igualaros. Sois la hostia, sois vórtices de entretenimiento. Agujeros negros de cultura pop que todo lo asimilan. En cuanto una serie roza vuestro horizonte de eventos, la Ley del Completismo se ocupa de que no quede ni un solo capítulo en pie.

Y todo me parece muy bien. Creo que es imposible compaginar esta culturofagia extrema con estar al día, leer libros, salir al campo y relacionarse con la humanidad, pero creedme, tenéis todo mi apoyo. Estando en el campo, respirando el aire fresco, me asalta una angustia, una congoja, y pienso “joder, con la de episodios que podría estar yo viendo ahora”. Intento tranquilizarme a mí mismo pensando que no está mal de vez en cuando interactuar con mi pareja y con el momento presente. De hecho, a veces, sienta bien. Tener vivencias ante las que contraponer lo que vemos en las películas. Y es que las historias ganan muchos puntos si nos resultan relevantes. Aunque otras veces a uno le da la impresión de que vivir en las ficciones es mucho mejor que la vida “real”.

A ver, a lo que iba. Lo que intento decir es que con el cine, a veces, es distinto. Con el cine hay gente que realmente pisa el acelerador demasiado. Maticemos. Hay muchas, muchas películas que no son sino subproductos que pueden ser consumidas al kilo, como churros, una tras otra. No pasa nada, porque son pastiches, clichés, pulp de usar y tirar, fast food audiovisual. Y lo digo con todo el cariño del mundo; son básicamente el componente fundamental de nuestra dieta pseudo-cultural. Y luego están esas obras que realmente te llegan, te golpean en el mismísimo fondo del cerebro, esculpiendo en tu retina formas indelebles y trazando en tu interior una especie de baile sinuoso que tiene su propio ritmo, su propia melodía… algo que, en definitiva, estaba vivo y se ha metido en tu interior.

Personalmente, cuando me ocurre eso, dejo de consumir imágenes por un tiempo. Me regodeo volviendo en la mente a ese momento. Pasan las horas, los días, y mi mente sigue habitando esos momentos, esas escenas, esos rostros, esas palabras, esos movimientos. Nuevas interpretaciones e incluso nuevas (y más fuertes) emociones siguen manando de esa fuente, que ya no es luz ni fotograma, sino pura memoria, pura experiencia personal, que permite la reproducción interna de sí misma en un bucle infinito que, cuanto más se repite, más éxtasis nos proporciona, tanto si estamos conduciendo y esperando en un semáforo en rojo, o caminando hacia el trabajo, o cerrando los párpados antes de ir a dormir. No debe interrumpirse ese encanto, ese hechizo que provocan ciertas historias, ciertas películas. No se debe apisonar con otra historia, no se debe abortar bruscamente esta gestación, debe respetarse su ciclo vital, su metamorfosis, su sublimación en nuestra persona. Es un proceso casi biológico que precisa un cuidado y un cariño casi maternal, un proceso delicado que requiere nuestro celo y esmero, como si estuviésemos protegiendo a una criatura recién nacida que necesita ser incubada en nuestro pecho, como una frágil crisálida, hasta que crezcan sus plumas, sus alas, y pueda eclosionar, volar libre, salir del nido de nuestra mente. Y al hacerlo, paradójicamente, se habrá quedado por siempre con nosotros.

Entonces podremos volver a pulsar play. No seamos ansias.

Sep
18

Buenismo vs. Satanismo

Dos han sido las fuentes de inspiración para esta entrada, un post totalmente innecesario, por supuesto, que vuelve a dar vueltas sobre dos formas de ver la vida totalmente diferentes: la izquierda (o el “buenismo” políticamente correcto) y la derecha (o el “satanismo” desmelenado). Si el tema te aburre, quizá esta perspectiva te haga verlo de otra manera.

A la izquierda, la izquierda. A la derecha, la derecha.

A la izquierda, la izquierda. A la derecha, la derecha.

Una de esas fuentes ha sido The blank slate (“La tábula rasa” o ‘La negación moderna de la naturaleza humana’), de Steven Pinker, un libro que —a pesar de no haber finalizado todavía— recomiendo encarecidamente. En él, Pinker habla de cómo existe un tabú muy generalizado acerca de la verdadera naturaleza del hombre, del modo en que la sociedad mira a otro lado y niega la realidad de cómo es realmente nuestra especie y de ciertos atributos innatos que no somos capaces de admitir. Viene a cuestionar, entre otros, el dogma del “buen salvaje”: todos nacemos buenos, es la sociedad la que nos corrompe (video). Lo que sustenta ese tabú, esa negación de la auténtica (y a veces desagradable) naturaleza humana, es la concepción generalizada de que, si todos somos tábulas rasas, es decir, buenos salvajes, entonces todos los seres humanos somos iguales y, por lo tanto, manipulables a través de ingeniería social o política. Y volveré a esta idea más adelante. Por el contrario, nacer con características innatas (más o menos talento o inteligencia, por ejemplo) implicaría para mucha gente cierta justificación para la injusticia y desigualdad.

La segunda fuente de inspiración para esta entrada es la entrevista que Jordi Évole hizo a Julio Anguita y que ayer vi en Youtube. Anguita sostenía que “ser de izquierdas es creer en que todos los seres humanos somos iguales — económicamente” (y enfatizaba esta última palabra). El ex-coordinador general de Izquierda Unida dejaba claro que una persona que conduce un Mercedes Benz y vive en una casa en la sierra únicamente sería “aceptable” como izquierdista si trabajase activamente en pos de la justicia social, pero que a fin de cuentas ese coche de lujo es un bien prescindible del que, en una ideal dictadura del proletariado se entiende, habría de deshacerse.

El biombo

Precisamente mi idea es que el pensamiento de Julio Anguita se aloja en las zonas más oscuras de la vasta sombra del “tabú de la tábula rasa”. Es un pensamiento que se niega a aceptar la naturaleza humana en su descarada desnudez (o que está dispuesto a reprimirla y ajustarla a necesidades más imperiosas). Una desnudez que la corrección política, el buenismo y el idealismo se encargan de censurar. En mi opinión, la naturaleza humana tiene un elevado componente innato de egoísmo (fundamentalmente basado en principios evolutivos) que es lo que le impulsa a ser, en esencia, poco solidario. Es cierto que hay grandes ejemplos de todo lo contrario. Son individuos que marcan la excepción y que sirven de ejemplo a grandes colectivos que buscan (con un mayor o menor grado de buenas intenciones y/o autoengaño) una mejora en la especie y la sociedad humana. Si hay algo más fuerte que las corrientes históricas guiadas por la lucha de clases, es la marea evolutiva de la adaptación del individuo más preparado para sobrevivir y procrear. El Mercedes Benz forma parte de una serie de cosas que le aseguran a ese individuo su bienestar y su dotación sexual (no la biológica, por supuesto, sino la cultural).

Es decir, que la visión realista sitúa a la injusticia como motor fundamental de la supervivencia biológica, mientras que la visión idealista implica la igualdad y la solidaridad como mecanismos antinaturales que constituyen auténticos “biombos” de corrección que garantizan la supervivencia moral y la tranquilidad de las conciencias.

En fin. No voy a entrar ahora a valorar si esos biombos son totalmente necesarios o hasta qué punto son imprescindibles, ni mucho menos hasta qué punto la visión realista es ciertamente indeseable o humanamente inaceptable — que desde cierta perspectiva lo parece. Únicamente querría anotar aquí que estoy perfectamente convencido de que reprimir totalmente esta naturaleza usando estrategias de correción política, igualitarismo forzado o represión de los instintos más bajos es absolutamente imposible.

(Al respecto, Pinker nos asegura que ser conscientes de la verdadera naturaleza humana no implica renegar de la ética o la compasión; es decir, que justicia no es lo mismo que igualdad, aunque muchos insistan en esa idea.)

Los instintos más bajos

De hecho, personalmente, encuentro realmente gratificante dar de vez en cuando rienda suelta a mis instintos más bajos, impresentables y egoístas. Y estoy seguro de que si me quitaran eso sería un ser miserable y desgraciado, probablemente resentido y lleno de odio reprimido. Para eso tenemos el punk, la adolescencia, el cine gore, la droga y el alcohol, el consumismo, el dinero y el sexo salvaje. Eso es justamente lo que significa ser satánico, es decir, aceptar la naturaleza propia y ejercerla sin limitaciones moralistas, o sea, cristianas. Liberarnos de la opresora bota de la ley del más débil. Liberarnos del puritanismo opresor, del Dios que nos ve a todos con la misma condescendencia. O sea, alcanzar plenamente el individualismo absoluto, que es, por cierto, la base del liberalismo, la fuerza que impulsa toda la modernidad, de la que surgió todo un género literario (la novela) y que dio razón de ser a nada menos que un nuevo concepto de libertad basada en la idea de que el individuo es más real que la sociedad, y que es mucho más valioso que cualquier colectividad. Lo cual, para bien o para mal, corre paralelo con el devenir de la naturaleza humana, de las necesidades adaptativas de la especie pero, sobre todo, del desarrollo de la cultura popular tal y como la conocemos, esa cultura pop que tanto amamos y que sólo puede crecer arropada en un entorno capitalista y de nula intervención o represión buenista. ¿Una cultura moderna basada en la ética fraternal? ¡No me hagan reir! Manden a la basura sus DVDs y sus discos, como decía Bill Hicks.

Tenemos lo que queremos. Por desgracia. El ser humano tiene, finalmente, lo que quiere: el Mercedes Benz. Pero, ¿qué pasa con aquellos que no lo tienen? No hay mucho que hacer. Los acomodados jamás levantarán una mano por sus hermanos más desfavorecidos (por favor, por favor, no dejéis de revisar esta maravilla). Y en eso Anguita lleva toda la razón, mostrando un pequeño resquicio de aceptación del egoismo humano. De hecho, el único consejo del que es capaz cuando se le pregúnta cómo podemos “hacer algo”, es la acción individual, ayudar a nivel local, el apoyo a la comunidad desde la persona y desde la iniciativa propia. Sus palabras no mostraban esperanza alguna en partidos ni en “movimientos” de masas. Como mucho, otorgaba un valor simbólico a ciertas acciones. Pero el símbolo, en esta era postmoderna, está en crisis. Realmente muy devaluado y cuestionado. Ya nadie se asombra de nada. Veinticuatro horas de polémica que alimentan a la industria mediática.

Ese es el tirón de la derecha y el neoliberalismo: la anarquía. La posibilidad de ejercer dejación de responsabilidades morales. Ese es su lado sexy, por ahí recoge lo que siembra, ese es en verdad el secreto de su éxito: reflejar la auténtica naturaleza humana — la supremacía del más fuerte, la inacción de su víctima. El horror, el horror.

May
20

El suicidio (“No remorse, I wanna die!!!”)

Esta entrada es una especie de blog-reply o respuesta al inspirador post de @madpundit, titulado “El suicidio”. Si no lo habéis leído, hacedlo ya porque merece la pena.

Harakiri

Leyendo el artículo mencionado se me iban despertando asociaciones mentales que ya creía perdidas, opiniones viscerales que uno guarda escondidas (escondidas de uno mismo) en el armario del pensamiento superficial diario. Escondidas para que no afecten a nuestro juicio, nuestro funcionamiento de supervivencia, es decir, de auto-engaño.

La vida merece la pena. La vida tiene un valor intrínseco. Estas ideas, estos valores, son probablemente lo único que compartimos como seres humanos. Al menos cuando se trata de la vida propia. Que hay mucho cabrón suelto. Se llama ‘instinto de supervivencia’. Y aun así, tal y como resaltaba MadridPundit, hay mucha gente que tira por la tangente y se despide de todo en un fogonazo, a diferencia de lo que ocurre en el mundo animal. ¿Por qué? No será en este post en el que encuentres la respuesta.

Bailando con la muerte

Todos hemos ‘coqueteado’, especialmente en nuestra juventud, con la posibilidad de quitarnos la vida. Odio la palabra ‘coquetear’ porque es como quitarle hierro al asunto. No es un coqueteo. Es un baile breve e intenso con la parca, en la oscuridad de nuestros pensamientos, enfrentándonos por vez primera a las hostias que da la vida, o a la falta absoluta de interés que sentimos hacia ella. Y es que, en muchas ocasiones, el suicidio puede ser la expresión definitiva de un idealismo inconformista y nada luchador. “Si no es como yo imaginaba, no debe ser”. O quizá sea precisamente la consecuencia de una carencia absoluta de imaginación, de creatividad para afrontar problemas o generar defensas psicológicas contra los mismos (auto-engaños creativos para la supervivencia). Recuerdo ahora mismo un post que escribí recopilando algunos “Silogismos de la Amargura” de E. M. Cioran, una forma de enfrentarse al suicidio peligrosa (y deprimente) pero ciertamente audaz. Lean, por ejemplo, esta joyita: “Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado.”

Quién sabe. El suicidio y sus motivos son un misterio, una críptica metáfora. Explican tanto la inanición del nihilismo como la pasión vital más extrema. Ah, el ser humano.

Y cada uno sabrá, en su fuero interno, los motivos íntimos de ese coqueteo del que hablaba antes, de ese baile mental con la idea de la muerte. Puede ser cualquier cosa. La posibilidad de un diagóstico positivo de una enfermedad horrible, la desaparición irremediable de lo único que le daba sentido a nuestra existencia, el vacío y la oscuridad causadas por una insensibilidad gélida anti-vida… o puede que sea el amor, o el desamor, o el desengaño… O quizá un disco puesto al revés.

Un suicidio memorable

A un servidor el suicidio que más le ha llamado la antención en la Historia (de los que conozco) es, sin duda, el de Yukio Mishima. Nunca antes un suicidio estuvo tan lleno de significado, de honor, de historia, de tradición y de mensaje. Fue un suicidio tradicional (un seppuku honroso al método bushido tradicional, es decir, rebanar el bajovientre y que un ayudante te corte la cabeza al momento con una katana), fue un suicidio comunicativo y transformador (Mishima fue escritor y reivindicador del Japón medieval y sus valores, y su suicidio público fue su manera de dirigirse al mundo con toda la seriedad posible). Fue una puta locura, aquello de intentar dar un golpe de Estado con su mini-ejército de neo-samurais aquel día. Pero para Mishima era algo que debía ser hecho, un acto de coherencia individual en relación al mundo y a la Historia. Tras un discurso que nadie oyó (apareció sin micrófonos ni altavoces) ante una multitud confundida y boquiabierta que evidentemente le estaba tomando por un loco, Mishima comprendió que aquello era el final de todo. No se puede vivir con una deshonra, con un fracaso tan grande. Sólo cabía la muerte, lo que él llamaba “the final action” (él llegó a renegar de la literatura, diciendo que sólo la “acción” era aceptable).  Una ‘acción final’, una muerte idealista la suya, desquiciada, genial, y honrosa. Y algo chapucera, porque el ayudante, de lo nervioso que estaba, no acertó bien en el cuello de Mishima y éste se desangró malamente con la cabeza medio colgando, retorciéndose en su propio charco de sangre en lugar de morir al instante, como debe ser un sepukku de dignidad. Banzai!!!

A los que habéis visto la película Mishima: A Life in Four Chapters (Paul Schrader, 1985) quizá os apetezca ahora volver a ver las secuencias finales del suicidio del último samurai del Japón:

Una película perfecta para entender el entramado cultural y ritual del protocolo del suicidio en el Japón medieval podría ser Harakiri (1962), una auténtica obra maestra de Masaki Kobayashi.

Nadie sabe nada

Yo, a diferencia de @madpundit, no soy psicólogo. No tengo datos ni informes más allá de alguna rascada que le pueda pegar a la hemeroteca. Tampoco tengo el interés de salvar vidas, quiero decir que no es esa mi vocación. Por supuesto, me interesa que la gente conserve la suya, simplemente porque me gusta la gente viva y, si es posible, que lo haga feliz de la vida. Pero me cuesta mucho ponerme en contra de una decisión que puede suponer, en esta vida de opresión y mentira, la única y máxima expresión de libertad válida, la única decisión realmente libre que uno puede hacer. Es un tópico, pero no deja de sonarme convincente. ¿O quizá está todo escrito en un gen? Mi ignorancia es total.

El caso es que, a pesar de esa ignorancia que tengo, impedir a alguien dar ese paso se me antoja como una medida extrema de opresión y censura. Además, muchos estudios parecen indicar que cuanto más se habla de suicidios en los medios, sea en el tono que sea, se incrementan los casos (es el llamado “contagio de muerte” como nos recuerda Arcadi Espada). El mero hecho de convencer a alguien de que no lo haga me parece una forma de lavado de cerebro, un paternalismo inaceptable. En ese saco metería las campañas sociales (ver esta, por ejemplo) para la prevención del suicidio, que sinceramente me parecen muy poco efectivas. No puedes llegar al interior del conflicto de una persona en 20 segundos.

Por supuesto, puedo estar muy equivocado. Ya he dicho que son opiniones muy viscerales. Si algún miembro de mi familia decidiese tomar esa decisión, haría todo lo posible por impedirlo. Incluso daría mi propia vida por impedirlo. Qué cosas, ¿verdad? Qué tema tan retorcido.

Algunos números

Hay datos que rompen muchos mitos acerca del suicidio. Por ejemplo, no hay igualdad de géneros en este tema. Los hombres se suicidan mucho más que las mujeres. La tasa de suicidio en Francia es de 26 hombres y 9 mujeres por cada 100.000 habitantes. En España es de 12 hombres y 4 mujeres. ¡El triple! Aunque, todo sea dicho, las mujeres lo intentan sin éxito más que los hombres. Cuando un hombre se intenta suicidar es mucho más efectivo que una mujer. De haber políticas sociales de prevención del suicidio, deberían ir estadísticamente destinadas a un target masculino. En cuanto al índice de “reincidencia” (obviemos el posible sarcasmo aquí) podemos indicar que en Francia hay 135.000 personas que intentan suicidarse cada año, de las cuales sólo el 10% lo consigue y un 85% de los que fallan no vuelven a intentarlo. Suicidarse es difícil, al contrario de lo que puede uno pensar.

Consideremos, en este sentido, la publicación que apareció hace unos años de un libro de “recetas para el suicidio” llamado Suicidio, modo de empleo con la finalidad de ofrecer soluciones caseras seguras, dignas y no dolorosas al ‘derecho al suicidio’ tal y como se le nombra. La finalidad es evitar la violencia y eficiencia limitada de métodos como pistolas y cuchillas, cuyas consecuencias en caso de no funcionar (y muchas veces ocurre que no funcionan como es deseado) son muy indeseables. Algunos consideraron a este libro una incitación al suicido; otros, por el contrario, lo ven como una manera de evitar horribles secuelas. A mí me parece un caso más de la controversia que despierta un tema que, como el aborto o la pena de muerte, levanta las pasiones más atávicas y sobre cuyos mitos se construye toda una cultura y, por qué no, un sistema de tabúes.

Suicidio, modo de empleo: http://elpais.com/diario/1982/05/19/sociedad/390607204_850215.html

Os dejo con un vídeo de Slayer con los desequilibrados de Atari Teenage Riot y su clásico conjunto “No remorse! I wanna die” (‘Sin arrepentimiento, quiero morir’).

May
4

Aww…

Este blog sería mucho más mierdoso de lo que ya es si no rindiese ahora mismo el debido homenaje a uno de los personajes más influyentes de las tres últimas decadas a nivel musical y humano. Claro que me refiero a MCA, ¿a quién si no?

“Cancer is an asshole”, y se ha llevado por delante a Adam Yauch, integrante de los incomparables y estratosféricos (¿qué coño? ¡intergalácticos!) Beastie Boys.

Desde que yo era un mocoso adolescente que escuchaba a los Poison y a GN’R, siempre estuvieron ahí desde el principio. Se infiltraron en casa con Paul’s Boutique, en vinilo, cuando adquirí a un vecino todos sus discos de hip-hop en busca de nuevos horizontes. Después, mi hermano y yo machacamos el Check your Head y después el Ill Communication, e incluso el sucio Some old Bullshit con maravillas como el Egg Raid on Mojo.

Ah, qué tiempos. Toda una juventud. Es cierto que quien terminó convirtiéndose en un puto fanático de los Beastie fue mi hermano, pero creedme si os digo que los Beastie Boys son parte de mi juventud de una forma que va más allá de lo normal. Siento como si se hubiese muerto un miembro de la familia (aunque suene exagerado), porque el tipo estaba siempre en casa sonando a todo trapo.

Os cansaréis de las noticias sobre Adam Yauch, pero mostrad un respeto porque nada será suficiente para rendir tributo a uno de los responsables de cambiar el paradigma de la música, la rigidez de los géneros y de abrir la mente, no solo musicalmente, a toda una puta generación. O dos, o tres.

Celebrad su vida a vuestra manera, con un incienso y Namasté de fondo, o quizá como yo, abriendo una cerveza y recordando toda esa energía y pasión juvenil zambulléndome en un océano de nostalgia y head-banging al ritmo de beats and scratch.

Awwww…

Mar
27

That’s what freedom is all about

Llevo 4 años viviendo aquí, y os aseguro que la opinión pública en EEUU está tan radicalizada como lo está en España, si no más. Al mismo tiempo, la biodiversidad ideológica es mucho mayor; las etiquetas son múltiples y complicadas. El debate político es enconado; distinto que en España pero tan puntiagudo o más.

Rollo liberal o rollo garantista

Estos días las cosas están apasionantes en EEUU con el Via Crucis legal al que están siendo sometidos ciertos elementos clave de la reforma del sistema sanitario de Obama (Affordable Care Act) en el Tribunal Supermo, en Washington DC. Más concretamente, la constitucionalidad o no del “individual mandate”, o sea, de que el Gobierno pueda obligar al ciudadano a contratar un seguro médico y, si no lo hace, hacerle pagar una ‘multa’ (más detalles de todo esto, aquí). Se dice que es un cambio fundamental en la relación entre el individuo y el Gobierno, una intrusión del poder en las decisiones personales. Y es que en EEUU el tema de la libertad de opciones es sagrado. A la gente aquí (y sobre todo aquí, en los “Red States” de las planicies) no le gusta nada que el Gobierno les diga lo que tienen que hacer. No les gusta pagar impuestos para que el dinero que han ganado con el sudor de su frente se redistribuya entre desconocidos que probablemente no han hecho nada por merecerlo. Eso sería sostener una economía de subsidio y subvención que promovería la muerte de la iniciativa personal.

Mantén tu política fuera de mi salud

Mantén tu política fuera de mi salud

El otro día un compañero de trabajo, All-American él —de visera y corte de pelo a cepillo— me expresaba con sinceridad lo incomprensible que le resulta que el Gobierno sea subsidiario de servicios públicos que, en principio, los ciudadanos deberían pagarse por sí mismos. Decía que el problema del sistema sanitario americano radica en los precios, los proveedores y los enchufes entre políticos y la industria farmacológica, pero niega que se deba a un mal sistémico. Decía que las familias deben proveer para los suyos y educar a sus hijos en la autosuficiencia, no depender del welfare (lo cual es deshonroso y además un expolio social) y que en eso descansa la auténtica virtud, en la autosuficiencia absoluta. Llegó incluso a decir que una ciudad sin homeless people le inspira sospechas; “alguien le está pagando el piso a aaalguieeeen…”

Incluso llegaba a decir que el Gobierno no tenía por qué obligarle a ponerse el cinturón de seguridad cuando conduce su SUV, o el casco cuando va en moto porque, al fin y al cabo, él se iba a pagar todos los gastos médicos (imagino que las compañías de seguros serían entonces las que incluirían cláusulas de no cobertura en caso de no llevar casco). Supongo que eso le hacía sentirse más “libre”. Qué narices, la mismísima National Motorists Association dice que “the NMA encourages seatbelt use, but it does not support mandatory seatbelt laws and the intrusive and punitive policies they spawn.”

Para que os hagáis una idea de la consecuencia lógica de esta cultura de la autosuficiencia, os recomiendo ver este vídeo de las primarias republicanas de este año, que por cierto están resultando tan apasionantes como ridículas. No os lo perdáis, por favor.

Ron Paul sobre la cobertura sanitaria

O sea, para gente como Ron Paul y muchos americanos que piensan como él, una persona que decide no adquirir un seguro médico (simplemente porque no quiere pagar uno) no merece después atención médica de urgencia si, pongamos que por un accidente, entra en coma y necesita respiración asistida y una cama en un hospital. “That’s what freedom is all about: Taking your own risks”. Esa frase me persigue.

De ahí mi comentario inicial de los radicalismos. Es una cuestión cultural; para nosotros los europeos, la democracia está en el estado de bienestar garantista universal. Para los americanos, la democracia está en la libertad total y definitiva que supone la independencia del poder, del Gobierno, de la clase política y sus legislaciones impositivas y casi siempre corruptas. Y sostienen esta creencia en base a su idea de virtud y libertad del individuo.

Este tema de la libertad y que cada uno decida cómo gobernar sus finanzas tiene mucho que ver con esa cultura protestante tan americana que arranca del concepto de exégesis libre. No debería haber un Vaticano que me diga cómo debo interpretar la Biblia. Cada persona (individualismo) tiene una interpretación propia del libro sagrado. Esto ha derivado, obviamente, en la división del cristianismo en decenas de credos: presbiterianos, evangélicos, testigos de Jehová, mormones, baptistas,  luteranos, adventistas, calvinistas o hugonotes, pentecostales, menonitas, del Séptimo día, judíos, católicos… ¿quién es el Papa para decirnos cómo distribuir nuestra Fe? Pues bien, igual con el Tesoro.

Lo de todos o lo mío

Todos los días, a eso del mediodía, entra en la escuela donde trabajo (un Middle School, algo así como un pre-instituto) un padre de gesto sombrío con su hijo adolescente en una silla de ruedas. El chico tiene una minusvalía profunda. Básicamente, aquí se le ayuda a realizar actividades motrices; mover brazos, piernas, mirar a un punto en movimiento. Y eso es todo. No da para más, aquí no hay gente especializada ni nada por el estilo. Le pregunté al director si hay un programa para chicos como él. No lo hay. Se le recibe porque es age appropriate (“está en la edad” de venir a la escuela). Más de una vez se nos ha preguntado a los maestros si nos ofrecemos voluntarios para ayudar con toda la atención que requiere el chico, que va desde masajes y cambio de pañales hasta cargar con él para moverle de la silla y devolverle a la misma. Y os aseguro que el chaval está enorme.

El extremo opuesto, el europeo, vendría a ser el concepto ya mencionado de “democracia = estado de bienestar absoluto y ubícuo” que produce otro tipo de monstruos como, por ejemplo, el extraño y bizarro caso del municipio de Marinaleda, una especie de sueño comunista hecho realidad con pisos a 15 euros al mes (adivinen de dónde sale el dinero para mantener esos precios) y un ideario utópico que incluye fiestas públicas que ofrecen monólogos de Willy Toledo ¡en carne y hueso! o conciertos de Macaco. La cosa se ha convertido en un esperpento, un paroxismo de la subvención y el corporativismo surgido a partir de una serie de expropiaciones y que se mantiene a base de transferencias directas de la Junta de Andalucía y el Estado. Si yo viviese allí, también lo llamaría “el paraíso de los trabajadores”. Por supuesto, este ejemplo no es representativo de la sociedad europea, es evidente que se trata de una rara avis, un esperpento, pero siempre podemos recuperar el tema del abuso de los servicios y la insostenibilidad que ha provocado la forma en que lo hemos dado todo por sentado y sobre todo la corrupción y la negligencia política en el gasto y la inversión públicas. Es un mal endémico y terminará obligándonos a renunciar a parcelas fundamentales del Estado de Bienestar tal y como lo conocemos.

Dónate algo, payo

El sistema americano, sin embargo, tiene otras formas de financiar ciertas obras públicas necesarias como son la ayuda a los necesitados, libros para bibliotecas, instalaciones deportivas, etc. Aquí todo eso se consigue con voluntariado, trabajo para la comunidad, fundraisers, beneficencia, donaciones, eventos para recaudar fondos, etc. Es cierto que todas ellas son causas justas y necesarias, pero en Europa consideraríamos que esos gastos corren de parte del Estado, quien debe garantizar el mantenimiento de las instalaciones, la creación de centros culturales, la entrega de subvenciones, etc. Pues bien, aquí la gente  ha decidido que no es el Gobierno quien debe recaudar y redistribuir, sino la propia población y su

Adopt a Road

Adopt a Road

buena voluntad. El orgullo que tienen en este sentido es considerable. Es la cultura de la beneficencia, del non-profit, del mecenazgo, del sponsor, del booster, del supporter. No quieren ni oir hablar de partidas presupuestarias públicas, prefieren ir y poner $2,000 en el nuevo ala que se está construyendo en la biblioteca pública. Sí, sí, DOS MIL dólares. No se andan con racanadas. Prefieren donar, colaborar, ofrecer su tiempo como voluntarios. Y realmente funciona, os lo aseguro. Es, cómo decirlo, otra forma de autogestión. Se levantan cantidades increíbles de dinero a partir de la generosidad y la solidaridad individuales. Es fascinante. No quieren pagar impuestos, pero se dejan la pasta en fiestas benéficas, en fondos de ayuda al deporte, en proyectos solidarios de toda índole. Hay todo un entramado montado alrededor de esto, y la comunidad cuenta con ello, lo da por sentado. Ni que decir tiene que si alguien enferma y le supone un problema financiero, o un tornado se lleva la casa de un vecino, las ofrendas en forma de comida, ropa, muebles y dinero no tardarán en llover por parte de todos los vecinos, incluídos desconocidos. La forma en que ciudadanos y organizaciones se dan a su comunidad es innegable y muchas veces sustituye labores propias del Gobierno. En este sentido se puede ver, en las carreteras secundarias, carteles del tipo “Adopt a Road” con el nombre de la asociación que se ofrece a mantenerla, recoger la basura de los arcenes, etc. a cambio del anuncio fariseo de su buena voluntad.

Se puede ver, al entrar en cualquier centro de convenciones o gimnasio público, las placas que indican con letras grandes los apellidos de las familias que más dinero han puesto, seguidos de una lista en letra pequeña con el resto de donantes “menores”. Queda así claro qué familias son la élite del lugar, qué nombres aparecen con más frecuencia en la portada del periódico local; son los temas recurrentes del prestigio social que nos llevan acompañando desde el albor de los tiempos. “Los Wightman somos generosos; los Anderson, compasivos y solidarios. Estamos forrados pero nos debemos a la comunidad.”

Por otra parte, si alguien decide no participar, no donar, no colaborar en la comunidad, a esa persona se le va a mirar con suspicacia. Sí, hay una presión social sobre los que optan por utilizar la misma libertad que te libra de unos impuestos abusivos, propios de un estado socialista (léase “comunista satánico”). Nadie te va a criticar abiertamente, pero si no colaboras con la comunidad, no gustas. Siempre termina uno soltando dólares por un lado o por otro, pues muchas veces es difícil negarse día tras día. Que si boletos para un “pancake feed” (una ‘fiesta de la tortita’), que si unos dólares para una rifa (lo recaudado irá a pagar un viaje de la escuela), que si ofrecerte a servir comida en los partidos del equipo de soccer… en fin. O vives aquí, o no vives aquí. Tiene su lado positivo, no crean. No todo va a ser como en “American Beauty”.

Feb
27

Historias en la oscuridad

La oscuridad es un tapiz tejido con hebras de luz y tiempo. La oscuridad no se detiene nunca, ni está vacía; está trenzada de historias luminosas que se solapan unas a otras, cruzándose y anulándose en oleajes encontrados, creando así el mismo velo que las cubre, como una manta que se tiende sobre sí misma para esconderse. El hálito del tiempo mece el cortinaje de esas historias, y crea en la oscuridad sus mareas. Quienes se creen cubiertos por ellas están en verdad en ese mar de luz, de historias cruzadas que no tienen final, y toda esa luz invisible está ocultando la fuente que la emite, el centro que palpita. La oscuridad nació en el Principio para contener al mundo en su enigma. Y descubrir ese enigma es como volver a taparlo.

cabezaBomba

Feb
20

¿Por qué los del cine son de izquierdas?

Ayer asistimos patitiesos a la perpetración anal, perdón, anual, de los Goyardones al cine español y fuimos testigos (¡víctimas!) de sus momentos cumbre: del mensaje rancio del discurso del nuevo presidente de la Academia, de esa pulverización del récord de los límites del decoro y la vergüenza ajena que supuso el ‘rap del patio de butacas’… en fin. Ya tú sabes.

Y mientras se sucedían los improperios a la sensibilidad del espectador y las reivindicaciones políticas típicas de este colectivo, yo volvía a preguntarme una vez más algo que siempre me ha intrigado: ¿por qué el mundo del cine se muestra alineado en bloque con la ideología de la izquierda? Es decir, de la izquierda populista, porque su mensaje, para ser sinceros, es simplista y demagogo. Pero izquierda, al fin y al cabo. Es un tema interesante, ¿no creen? Para mí, es algo tan raro como podría ser que los deportistas tuviesen la costumbre, así, en bloque, en plan cofradía, de defender ideas de la derecha. Absurdo, ¿verdad? Cada uno tiene su opinión, y la estadística indica que esas cosas deberían estar más distribuídas.

Que conste que yo no me considero de derechas, y que esta reflexión no viene inspirada por un rechazo a la izquierda recalcitrante, esa izquierda fast-food de saldo y facebook (en realidad lo que me produce es perplejidad y curiosidad antropológica, al igual que su equivalente al otro lado del espectro), sino por lo incomprensible de esa adscripción gremial sin fisuras. Y es que no me pregunto por qué este actor o aquél director concretos son de izquierdas o dejan de serlo, ni por qué a Willy Toledo le da por hacer las cosas que hace (vilipendiado en exceso el pobre, parece que hay gente nacida para caer mal), sino, repito, por qué todos parecen compartir la misma ideología.

Y es que cineastas, actores, actrices, directores y otros oficios del celuloide parece que no desperdician la más mínima ocasión para levantar su puño contra la guerra (de Irak), a favor de Cuba, de la memoria histórica (ese pleonasmo del que hablaba Albiac), de la apología de lo público… Por cierto, en la gala de ayer, Kike Maíllo se ocupó de hacerle prometer a la niña Claudia Vega que continuara estudiando, y que lo hiciera en escuelas públicas. A mí aquello me recordó a los Testigos de Jehová, que prefieren morirse a recibir una transfusión de sangre.

Entre tanta crítica a los recortes a RTVE, tanto momento Anonymous (que seguramente tenían pase backstage) y tanto momento Garzón (aunque, todo sea dicho, Coixet tenía más excusa que nadie), el nuevo Presidente de la Academia se mostró con su discursito de marras como un perfecto iconoclasta, un valiente predicador en un desierto ‘progre’ (agh, odio usar esa palabra, pero aquí calza bien). Y ya he dejado claro que su discurso me produjo urticaria, como lo hace el de Urbizu, esa figura irrelevante que nos trajo el cliché de “Caja 507” y que se empeña a meternos a Resines en la sopa. Todo muy de Antiguo Régimen, muy pro-Ley Sinde, en lo que concierne a sus lentejas claro. Y después nos saltamos el derecho de defensa. Pero dejemos eso, que no es el momento ahora.

El caso es que con todo esto de los Goyas me he quedado barruntando en la pregunta inicial, en por qué si eres del mundo del cine entonces tautológicamente has de ser de izquierdas. Y se me ocurren varios motivos.

Por supuesto, la acusación habitual resuena la primera, y es que la ‘casta’ del cine español defiende los valores de izquierdas porque responden mejor al sistema del que ellos han venido haciendo uso, es decir, el de las subvenciones estatales a la producción cinematográfica (y que yo, personalmente, no critico sino en sus excesos y corrupciones). Evidentemente, la opción opuesta sería reducir el gasto público en algo que no reporte un beneficio económico. En efecto, la consecuencia matemática es una complacencia del colectivo hacia la mano que, en muchas ocasiones, posibilita su trabajo. Este motivo no tiene un soporte de credibilidad, como es de suponer. Nadie se hace de izquierdas porque recibe una subvención, ¿cierto?

O quizá sea todo lo contrario, es decir, que los artistas, al ser observadores íntimos y espejos líricos del alma humana y los más elevados valores, sean seres humanos de una sensibilidad especial, una sensibilidad de paz, altruísmo, solidaridad, tolerancia, libertad y todos esos ideales a los que la derecha, aparentemente, es insensible. La derecha, al fin y al cabo, es el demonio que aplasta al obrero humilde, que inicia guerras, que traiciona todo lo bueno del espíritu humano. Pero esto tampoco se sostiene, ¿verdad? Y es que para toda regla hay excepciones (y aquí os sorprenderéis), como la actriz Amparo Baró que siempre ha dicho ser de derechas, y otros como Alfredo Landa, Fabio MacNamara… ¿Son todos ellos insensibles e inhumanos egoístas? No lo parece. Eso sí, no expresan sus ideas en voz muy alta, quién sabe por qué motivo. Quizá para que no les pase como a Russian Red.

Puede que no sea ni por interés ni por altruísmo, sino por way of life. Los artistas tienen una vida más bohemia, más libertina, fuera de los parámetros morales convencionales. O, al menos, eso es lo que se espera de ellos, ¿verdad? Excéntricos, promíscuos, coqueteando con las drogas, la vida nocturna… ese es el tópico, ¿verdad? Y la derecha siempre ha sido esa vigilante moral, esa madre superiora gorda y con verrugas que te fustiga y te obliga a rezar un Ave María, que te dice que irás al infierno. La derecha, esa religión que te corta todo el rollo. Pero nadie es de izquierdas para justificar políticamente su poligamia o sus extremos, ¿verdad? Los mayores escándalos sexuales han venido siempre de la derecha, al fin y al cabo. Mirad a Pedro J.; de hecho, “El Mundo” tiene una línea editorial muy abierta y moderna en este sentido.

O quizá sea algo mucho más profundo. Algo específicamente cinematográfico. ¿Es posible que haya una conexión hermenéutica entre el lenguaje del cine, de la imagen en movimiento y el montaje, y cierta cosmovisión política? ¿Es la crítica social burguesa que representa el cine una manifestación cultural del socialismo? ¿Es el cine una demanda de estado de bienestar, de igualdad de clases, de eliminación de la diferencia y el privilegio? Eso explicaría por qué, como decía Vicente Aranda, la derecha se niega a ver cine español. Pero parece que no es así. No solo porque el cine, como lenguaje burgués, también es el lenguaje de la individualidad, el canto a la personalidad y al héroe, la seducción inmediata y la satisfacción capitalista de un intercambio frívolo (de hecho, el cine es el dominio de la superproducción, de las cifras multimillonarias… el negocio definitivo). Sino también porque hay muestras de lo contrario: Leni Riefenstahl, José Luis Sáenz de Heredia y muchos otros probaron que el lenguaje del cine puede ser el lenguaje del franquismo y la propaganda fascista.

En fin, que me quedo como estaba, sin aclararme. Quizá en los comentarios podáis aportar alguna luz. Lo agradezco de antemano.

Vivimos un momento en el que el PP tiene mayoría absoluta, y entiendo que ha llegado el momento en que la izquierda debe refundarse. Esta entrada, hasta cierto punto sarcástica, no pretende hurgar en la herida de la derrota de la izquierda en las últimas elecciones. Pero creo que es el momento de ser honestos, pragmáticos y serios. El corporativismo es la muerte de la opinión verdadera y no debemos perpetuar los tópicos de una España que ya aburre.

Feb
19

Pelis del revés

Ya sé que no soy el primero en hablar de “Irreversible” (Noé) y “Memento” (Nolan) y sus características narrativas comunes. Pero no puedo evitar escribir un par de párrafos acerca de las profundas diferencias que quedan en evidencia precisamente por un parecido anecdótico.

Todos sabemos que ambas películas son contadas “hacia atrás”, es decir, que empiezan con el final (cronológicamente hablando) y al finalizar cada escena se produce un ‘salto’ a un tiempo anterior al principio de la misma. Esto, evidentemente, tiene consecuencias dramáticas e implicaciones que, en cada caso, son más o menos evidentes.

En “Memento” este tratamiento viene dado por la condición que sufre nuestro protagonista, una patología neuronal que le impide recordar nada a medio o largo plazo. Su memoria se va ‘reseteando’ cada pocos minutos. De este modo, cuando el espectador ve la secuencia inicial, está exactamente igual que el protagonista, es decir, no sabe nada de lo que ha ocurrido previamente. Esto genera curiosidad y ganas de saber qué está ocurriendo. Cuando la historia comienza a rebobinarse, vamos juntando las piezas, y el espectador va aprendiendo lo que el protagonista sigue sin saber… hasta cierto punto. Y digo hasta cierto punto porque la pieza más importante (¿se puede confiar en Teddy?) se deja sin aclarar por aquello de la tensión y el thriller. Si bien “Memento” nos habla de las bases de la confianza, de traición y abuso, este método narrativo no pasa de ser una audacia formal, como todo el cine de Nolan, siempre preocupado por la seriedad, la perfección del artefacto que tiene entre manos. Para él, una película son engranajes formales, estilísticos, en los que anda tan preocupado que descuida siempre el elemento humano, el componente filosófico. Nolan es Escher.

En el caso de “Irreversible”, este artificio narrativo viene dado, en cambio, por un intenso sabor filosófico: las ondas expensivas del tiempo y del devenir de nuestras acciones están guiadas por el determinismo más absoluto. Así, la brutalidad de las secuencias iniciales (el club gay, la escena del túnel) deja paso a todo lo que ocurrió antes de la tragedia, lo cual puede parecer un anti-clímax total (lo que no ocurre en “Memento”, siempre repleta de persecuciones y acción hasta el final), un anti-clímax que deviene en un lirismo y una paz profundamente desasosegante… porque sabemos lo que va a ocurrirles a los personajes. Vemos a los personajes reir, bailar, hablar de nimiedades, pero nosotros no vemos eso, vemos lo que va a ocurrirles, y lo triste que supone su desconocimiento de lo que les espera. En efecto, nuestra mente sufre cuando se oye a sí misma decir “No sabéis lo que os espera”. Os espera lo peor. Y vosotros, mientras, hablando de chicas y tomando una copa, con la guardia baja. Disfrutad mientras sois ignorantes de lo inexorable, lo inevitable. Este conocimiento es tan amargo, que cuando se alcanza el lirismo de las escenas finales duele recordar el inicio, es decir, el final que empaña su futuro próximo, el modo en que esa belleza será aplastada. Es incluso terrorífico, produce auténtico terror pensar que no podemos cambiar lo que va a ocurrirnos, que algo terrible nos acecha a la vuelta de la esquina, que estamos plácidamente intalados en nuestro pensamiento de que todo está bien, todo está bajo control. En este sentido Noe se acerca (salvando las distancias) a la reflexión que hay tras el cine de Haneke. Ah, si tan sólo supieras el horror que te espera. Y que no hay manera de cambiarlo. Las escenas iniciales ahí están, lo demuestran. La tragedia te manipulará y la ilusión de tu libertad se resquebrajará. El artilugio narrativo pasa a ser la mismísima fuerza que empuja tu vida real a través del determinismo del tiempo.

Y esto son las “pelis del revés”, esa visión del narrador por encima de las ataduras del tiempo, ese conocimiento que no sabes muy bien si quieres tener. “Memento” hace sentirte bien, te hace sentir ‘clever’, ‘inteligente’, porque consigues poner la penúltima pieza en el puzzle — y el hecho de que falte la pieza final le da un cierto caché a la película, un punto de apertura a la interpretación. “Irreversible” no te hace sentir listo; te hace sentir frágil, temeroso, impotente. Todas las piezas están ahí, tú no tienes que poner ninguna. La pieza final en tu vida la pone un violador, un desconocido. La diferencia es tan inmensa que la comparación entre estas pelis es, como decía, puramente accidental.

[NOTA: No confundir con ‘backwards movies’, que es el ejercicio de contar películas como si las estuviésemos viendo hacia atrás. Por ejemplo…

Alien. La historia de una nave espacial donde hay un monstruo que va reduciéndose de tamaño y vomitando a los tripulantes, hasta que se mete en la tripa de uno de ellos, calmando el pánico general.

Rambo es la historia de un tipo que va resucitando gente con su aspirador de balas.

Cloverfield. La historia de un monstruo creado por la Fuerza Aérea de EEUU que va por Nueva York arreglando edificios hasta que se va a dar un baño, tras lo cual todo el mundo hace una fiesta.

El precio del poder. La historia de un hombre que deja la cocaína y el crimen para cumplir su sueño de convertirse en un lavaplatos para ahorrar dinero y poder visitar Cuba.

Rocky es la historia de un tipo que recibe tantas hostias que se ve forzado a casarse con la tía más fea de la ciudad.

La pasión de Cristo es la historia de un grupo de fanáticos religiosos que resucitan a un tipo cubierto de sangre que se dedica a hablar a la gente y convertirlos en bastardos materialistas.]

Nov
30

Public Display of Affection

El otro día aprendí una nueva abreviatura, de esas que tanto les gustan a los estadounidenses. Si ya pusieron el listón bien alto con BYOB y OOT (“Bring your own beverages” y “Out of town”), de nuevo han vuelto a hacerlo, han vuelto a llamar mi atención plenamente con ‘PDA‘. Y no, no se refiere a personal digital assistant ni a una especie de smartphone. Las iniciales PDA significan “Public Display of Affection” (demostración pública de afecto), y me recuerdan a otras que ya conocía, TMI, que significan “too much information”, aplicables cuando alguien está siendo demasiado explícito con algo.

Public Display of Affection

Y es que el otro día recibí un e-mail de uno de mis jefes en este santo lugar, enviado a toda la comunidad docente, diciendo literalmente que “le revuelve el estómago ver demostraciones públicas de afecto”. Que es absolutamente inapropiado que los estudiantes se abracen en una escuela, por no hablar de besarse. Que es profundamente vergonzoso, tanto para quienes lo practican como para los que tienen la ‘desgracia’ de contemplarlo. Involuntariamente, claro. Y estoy transcribiendo literalmente, que conste.

El e-mail venía rematado con una de esas firmas personalizadas que, a continuación de los datos de contacto, incluía el “Husker Prayer”, la oración al Señor pidiendo por el equipo universitario de football de Nebraska, los Cornhuskers. Un himno sagrado. No, no estoy de coña.

Pero es que el tema sexual es algo que alcanza cotas de puritanismo difíciles de describir, si bien después se da la contradicción de que hay una tasa de embarazos adolescentes que rompe todos los moldes, al menos los europeos. “Kids having kids”, es como se refieren al tema. Y es que si no dejas a los chavales que se miren, ni se rocen, ni se sienten juntos, y comprar condones es algo impensable (en un pueblo pequeño como este, la noticia se extendería como la pólvora), qué esperas que hagan cuando se emborrachen por primera vez y se queden a solas en el maizal. Para que os hagáis una idea, en mi instituto (600 chavales de entre 12 y 15 años) había 5 estudiantes embarazadas el año pasado. Y en el High School tienen guardería. Para los hijos de las estudiantes, muchachas de entre 15 y 18 años. En serio.

Y es que los estudiantes, en los autobuses, no se pueden sentar junto a compañeros del mismo sexo. Chicos y chicas forman filas separadas para entrar en clase tras el recreo. Toda ocasión en la que se puede dar cercanía física, o contacto directo, se evita. Las niñas de 11 años reciben reprimendas si llevan leotardos, por dejar ver su figura. Por el amor de dios, 11 años. Hay que estar muy mal para pensar que el cuerpo de una niña de 11 años es algo que produce pudor o excitación. Es increíble. Del mismo modo, cuando se organiza un juego de football mixto, se organiza de tal modo para que el Center y el Quarterback sean también del mismo sexo, ya que al inicio de una jugada el Center se agacha y se queda con el trasero en pompa, tan sólo medio metro por delante de la cara del Quarterback, también agachado y justo detrás del Center. Os recuerdo que estamos hablando de niños de 12 años.

Pero qué os podéis esperar de un lugar donde la gente se pone pegatinas en el coche que dicen “We support our troops”, “Freedom is not Free”, “Proud mom of a Marine”, “It’s a child, not a choice”, “We do not call 911″ (con un dibujo de un revólver), o mi preferida, la que dice “Miss me yet?” (con una foto de un sonriente George W. Bush). Y seguro que me estoy olvidando muchas otras, igualmente jugosas. Las puedes comprar en todas las gasolineras, desde donde terminan las Rocosas hasta el borde Oeste de Illinois.

Os dejo con la mencionada “Oración de los Huskers”. No os la perdáis, por favor… (estaba entre esto y el vídeo de Vulgar Display of Power de Pantera, pero he optado por la divulgación)

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