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El clavo ardiendo
Ah, Estados Unidos, país de extremos. Donde la gente está enfermizamente obesa, o repulsivamente musculada. Y si alguien está en algún punto intermedio es porque se encuentra en el proceso de alcanzar uno de esos dos estados.
No es fácil hacer amigos en el Bible Belt, en pleno midwest, con sus tradiciones cerradas y una idiosincrasia recta y hermética que haría parecer a los gallegos rurales una gente de lo más afable y campechana. No sólo es que sean ellos cerrados a quien no sea “all american” como ellos, sino que yo tampoco soy gente a quien le interese especialmente tener trato con el perfil conservador, ultrarreligioso y virtuoso que se estila por aquí. De forma que todos los amigos que he hecho han sido mexicanos, (no mejicanos, sino mexicanos), colombianos, guatemaltecos.
Y es que es cierto, esta gente es virtuosa. No se permiten una. Diréis que existe la América hipócrita, la de “American Beauty”, de gente que da una fachada y después en su vida son tristes alcohólicos o adictos al porno. Puede ser, pero creedme, aquí en medio de la Nebraska central, no he visto muchos casos de eso. En serio, la gente es realmente pía. Son castos. Decentes. Rectos, virtuosos de verdad. No beben, no fuman, van a misa 2 horas los miércoles y otras 2 en domingo, donan dinero a la parroquia para colaborar en la comunidad y jamás dicen un taco. Dicen “oh my gosh” por no mentar el nombre del Señor en vano.
Hasta que encontré a Josh, un tipo con el pelo rapado, gafas de sol polarizadas, perilla de palmo y medio, tatuajes de calaveras, telarañas y Mickey Mouse (¡sí!, está obsesionado con el ratón de Disney), un fan del heavy metal, gran apreciador de la cerveza (trae su etiqueta preferida desde Colorado), fumador ocasional de puros y jugador de poker como debe ser, con dinero y whiskey. Además dice tacos y no es precisamente practicante en lo concerniente a asuntos religiosos (se define un “calvinista vago”, con lo que yo evidentemente me descojono) y no respeta las formas sociales de ‘be nice’ y la sonrisa espectacular. O sea, un tío de verdad, un hombre, alguien imperfecto, que da la cara y sabes quién es desde el principio, sus virtudes y defectos, lo bueno y lo malo expuesto al aire libre. Desde luego, es honesto, leal y noble, y nunca le he pillado mintiendo a mala idea, con lo cual pensé que había dado con alguien con quien relacionarme a fondo, el primer americano real, un americano de pick-up, rifle de caza y cerveza, algo auténtico sin el estigma de la perfección.

Pero resulta que tuvo que ser él, precisamente él, quien estuvo el año pasado en la cárcel por pegar a su mujer, quien acosada y escondida en un desván, llamó a la policía, que se llevó a Josh esposado. La había pegado con el agravante del ensañamiento, el muy hijo de puta. La esposa mantuvo la denuncia 24 horas. Después la retiró y el maltratador volvió a su casa. Una mujer vive atemorizada en una casa blanca y algo destartalada en un pueblo olvidado del Medio Oeste, sometida y humillada, absolutamente entregada al hipnótico poder masculino de un cafre.
El único clavo al que agarrarse está ardiendo.



