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Cine Bovino
Ayer estuve viendo ‘Vacas’ (Julio Medem, 1992), una de mis grandes asignaturas pendientes, y durante todo el metraje tuve la sensación de que estaba ante una obra maestra. Tiene sentido del arte y de lo escatológico, provoca revulsión y ternura, habla de la locura y del amor, es regional y universal, surreal y mágica. Stanley Kubrik se la proyectaba a sus invitados en casa, eso tiene que significar algo. Igual me equivoco y no es tan obra maestra, pues tiene sus momentos torpes y quizá se me pase el entusiasmo tras un segundo visionado. Pero lo importante no es eso. Lo importante es que, después de verla, no podía quitarme de encima las declaraciones de Icíar Bollaín en las que aseguraba que “el cine español ya no echa para atrás”. No he visto su nueva película, ‘También la lluvia’, pero voy a hacer uso de mi “licencia postmoderna” para interpretar sus palabras a mi manera.
Probablemente, Bollaín se refiera al hecho de que el cine español ya no provoca el rechazo que provocaba antes entre los espectadores patrios (por malo, por cutre, por repetitivo en temáticas, por criticones y quejicas, por lo que fuere). Pero, para mí, lo que ocurre es que el cine español ya no echa para atrás… por desgracia. ‘Vacas’ es una película que echa para atrás: vísceras, mutilación animal, partos violentos, locura, violencia familiar. Como dice von Trier —y me vais a perdonar repetirme— “una película debería ser como una piedra en el zapato”, es decir, el cine (todo arte) tiene que ser molesto, debe ser capaz, de vez en cuando, de remover las tripas, de incomodar, de hacernos sentir mal. Hay buenísimas películas que no nos gusta ver. Ciertas escenas con las que hemos sufrido y que nos han traumatizado han resultado ser, con el tiempo, parte de las mejores películas de nuestra vida y las que más nos han influido y modelado como personas. Eso es capacidad para transformar la realidad, y lo demás es tontería. Y lo que creo que realmente quiere decir Bollaín (subconscientemente, por supuesto) es que el cine español ya no es capaz de conseguir eso. Es un cine adocenado, comercial. Ya no es “español”, ni para lo malo, ni para lo bueno. Ahora son productos muy preocupados por la taquilla, como se evidencia en la charla con Bollaín que enlazo arriba. No será fácil ver de nuevo películas como ‘Vacas’, no tal y como está montado el tinglado de la cultura en España.
El cine, finalmente, se ha transformado para no transformar. Para gustar. Craso error.
P.S.: Tengo mis esperanzas puestas en ‘Balada triste de trompeta’ (de la Iglesia, 2010), pero no sé si será capaz de ser una piedra en el zapato en condiciones. Sé que le gusta a Boyero y en general a la crítica pero, sinceramente, eso no es garantía de nada.
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Daniel
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Sixthman
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