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Entre el fuego y los gusanos
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Voluntad de ultratumba
Es curioso cuando oyes a alguien decir que su deseo es ser incinerado… tras la muerte, evidentemente. Parece que la gente realmente piensa en estas cosas y les da importancia. Ya discutimos en su día cómo aquellos que se autoproclaman ateos suelen optar por esta vertiente funeraria en detrimento del clásico entierro, quizá por considerar a este último como una opción ‘religiosa’ (y me tomo la fea libertad de auto-citarme):
(…) Saramago deseaba que sus cenizas fuesen esparcidas en Lanzarote, donde vivía, y en el pueblo portugués que le vio nacer. Lo de la cremación es práctica (preferencia) atea, pero… ¿no es también una superstición (una cesión al misticismo) eso de esparcir las cenizas sobre los lugares que uno amaba? ¿Acaso no existe tambien algo que podemos llamar ‘superstición poética’, que nos hace pensar de forma plenamente mística sobre algo tan mundano como un puñado de material orgánico carbonizado, por muy ateos o materialistas históricos que seamos?
Incluso dichos ateos y materialistas (y, por descontado, muchos agnósticos) se entregan a darle una significación, una importancia mística, poética e incluso pseudo-religiosa a lo que ocurra con su cuerpo tras el momento de la muerte… porque, en efecto, la muerte es sólo un momento; la muerte no se prolonga, ni es para siempre. Según mi modo de ver, el ‘alma’ no va a ningun sitio, porque no hay ningún alma. La conciencia no pervive. El individuo, esa impresión de unicidad, separación y exclusividad que otorga la vida a cada organismo, se cancela para siempre cuando éste cede a la entropía y muere.
Pero, si no hay alma, si nada queda de nosotros tras ese momento fascinante en que se produce la avería física definitiva —ese instante en que la inestabilidad bioquímica es ya insostenible—, ¿qué nos puede importar lo que ocurra después? Y aun así, a muchos parece resultarles una cuestión de no poca importancia. Una cuestión dramática, un dilema escatológico.
Gusanos… o fuego
Las opciones no son demasiadas, por motivos legales fundamentalmente, pero también por falta de originalidad. Básicamente, el tema se reduce a elegir quién va a disputarse tus perecederas carnes: ¿serán pasto de las llamas, o de los gusanos descomponedores?. De cualquier modo, hay variantes a cada una de ellas, para todos los gustos y sensibilidades.
El entierro
El entierro (ubicar el cadáver en un agujero de unos dos metros de profundidad y “poner tierra de por medio”) es probablemente la opción más extendida y —quizá— la más alineada o acorde con las tradiciones de las religiones mayoritarias, al menos en Occidente y países islámicos. En este sentido, es complicado escapar a la tradición y a la cultura funeraria (o, lo que viene a ser lo mismo, religiosa) dominante en tu comunidad. Sin embargo, el origen del entierro o sepultura es fundamentalmente aséptico y tiene su origen más pragmático en el momento en que los hombres se convierten en criaturas sedentarias y se establecen en asentamientos o poblados. Pronto resultó evidente que cuando uno de los miembros de la comunidad fallecía, no se le podía dejar en medio de la calle descomponiéndose y provocando infecciones y enfermedad. La visión (y el olor) del cuerpo un ser cercano siendo disputado por pájaros y gusanos tampoco es especialmente agradable, de modo que en algún momento —hace probablemente más de 10.000 años— alguien decidió que los cadaveres debían ser enterrados… con más o menos boato funerario. Este último detalle y las formas que adopta dicho boato es plenamente cultural y, desde luego, tremendamente interesante.
El entierro permite a los familiares acercarse a un punto concreto, relativamente simbólico pero no del todo (al fin y al cabo, el cuerpo está ahí abajo), un lugar fijo donde pueden honrar al muerto. Hay quien tiene la necesidad de desplazarse hasta dicho lugar a hablarle a la tumba, aunque sólo sea con la voz interior, como si los huesos tuviesen la facultad de escuchar. En mi opinión, este extraño proceso de negación de la realidad resulta más ‘natural’ efectuarlo donde el fallecido vivió y pasó sus dias, no donde se encuentran sus huesos. De ahí venga quizá la costumbre de no modificar la disposición de los elementos decorativos y personales en la habitación que solía ocupar el fallecido, de dejar donde estaban todos los cuadros, recuerdos, e incluso la ropa doblada y guardada en los cajones. Hay quien se niega a reutilizar el dormitorio, aunque suponga el desaprovecho de una estancia en el hogar, por respeto, honor y recuerdo. Por duelo y luto. El dormitorio de uno es la auténtica tumba para los familiares, que pueden sentir la fantasmal presencia entre sus paredes. La familia quizá decida reutilizar la estancia cuando hayan superado el luto, lo cual supone un proceso —como digo— mucho más natural a mi modo de ver. La tumba parece indicar la prolongación de la muerte, o paradójicamente su negación o la no resignación a lo innegable, la imposibilidad de superar la realidad, la condena del recuerdo a un estado inmutable y eterno. La tumba siempre estará ahi. Nunca se supera una tumba.
Como nota humorística, ya hablamos en este blog del “Panic Button”, genial invención ideada por mi madre:
Desde Edgar Allan Poe hasta Kill Bill, todos sabemos que es muy probable (lo dice la estadística) que a alguno de nosotros terminen enterrándonos vivos. Es una situación horrorosa y que no le deseo ni a mi peor enemigo. El caso es, ¿por qué a ningún fabricante de ataúdes se le ha ocurrido la manera de facilitar las cosas en estos casos? Vamos a ver… la solución es muy fácil: Se coloca un botón en el interior del ataúd que, al ser pulsado, emite una señal de auxilio, que es recibida por los empleados del cementerio, quienes nos sacan de allí mientras, en cuestión de minutos, el Samur acude para proveernos de tranquilizantes, suero fisiológico y atención psicológica. En un par de horas el paciente vuelve a casa.
La incineración

La incineración o cremación (ejecutada en una ‘pira funeraria’ en la India en lo que sería su versión más orgánica), es aceptada por el hinduísmo, la cienciología, el budismo, los adventistas… Su predominancia surge, al menos en las grandes urbes, debido a la falta de espacio cuando los campo santos llegan a ser inmensos, a una sensación claustrofóbica que se impone al ver cómo la sepultura queda enterrada (sólo simbólicamente ya; más bien, es encajonada) en una muchedumbre de intimidades, de cadáveres apilados en estructuras anónimas de hormigón. Mucha gente tiene quizá aquella imagen idealizada de ser enterrado entre árboles en un verde prado y contar con una parcelita propia coronada por un mármol o losa más o menos labrada y rodeada de flores silvestres. Sin embargo, a menos gente le atrae la idea, más realista, de ser ubicado en un nicho (columbario) difícil de localizar en un cementerio-colmena como, por ejemplo, el de Canarias que se ve en la imagen. En mi opinión, llegará un día en que la acumulación de restos será tan inmensa y tan contaminante que los entierros serán ilegales y tan sólo unos pocos acomodados podrán disfrutar de esa modalidad. La incineración será la opción obligatoria a no ser que los cementerios sean vaciados, ‘reseteados’ e iniciados de nuevo, con el perjuicio del olvido a quienes ya yacían en ellos. Llegará un punto en que que ni siquiera serán viables opciones como la del cementerio judío en Praga, donde se apilan más de diez cadáveres bajo algunas lápidas, nuevos sobre antiguos, echando tierra sobre tierra.
La incineración, como iba diciendo, es una alternativa al entierro que, durante muchos años, llamaba mi atención y era la opción que yo hubiese querido para mi cuerpo. Me parece extrañamente anti-natural, sin embargo, el modo en que se produce (que suele costar unos 400 o 500 euros, mucho más barato que el aparatoso entierro y todos los servicios asociados que conlleva). El método consiste en dos hornos, uno caliente y uno frío. Se introduce al cadáver en el féretro —despojado de anillos y otros objetos metálicos y, por lo general, sin ropa— en el interior del horno caliente, que suele alcanzar una temperatura de 800°C. Allí el cuerpo arde durante aproximadamente un par de horas y es reducido a astillas. Por fin, en el segundo horno los restos calcinados son enfriados, cayendo en forma de polvo de ceniza, y son separados de los restos de madera. De algún modo, me parece mucho más digno y natural el método oriental de la pira funeraria; aquello sí que es un espectáculo, tanto visual como, imagino, olfativo.
Entre un 25% y un tercio de los españoles se decanta por la cremación, según la Asociación Funeraria de España. ¿Será porque una urna sale más asequible que un ataúd de caoba con embellecedores? ¿Será por el precio de todo el tinglado, incluyendo el pago de la cesión de la sepultura o el nicho, que pueden alcanzar varios miles de euros en una localidad grande y que tiene límites debido a la sobreocupación de los cementerios? [En España, el 28 por ciento de los cementerios tiene un grado de saturación superior al 90% y el 5 por ciento, cercano al 100% y sin posibilidad de ampliación (fuente)]. ¿O será porque la gente prefiere, sencillamente, desaparecer? ¿Será que más y más gente siente un creciente rechazo y asco por los gusanos, por el barro, la oscuridad, el moho y la descomposición? ¿Un rechazo atávico a volver a la ‘asquerosa’ naturaleza y ser consumido por una miríada de repulsivos saprótrofos? Quizá sea un poco de todo.
Cada vez más gente se plantea ahora, eso sí, lo anti-ecológico de la incineración. El proceso de la cremación es inocuo para el medio ambiente, pero las cenizas no lo son. En España no existe ninguna ley que regule qué se puede hacer con las cenizas resultantes, y mucha gente (como Saramago) opta por contaminar el planeta con sus nocivos restos. Interesantísima propuesta sueca es la promación, consistente en sumergir el cuerpo en nitrógeno líquido, a casi -200°C, seguido de un proceso que elimina elementos contaminantes como el mercurio. Más sobre ecología funeral aquí y aquí.
Algunos, una vez ‘cremados’, prefieren que se decore con sus restos el salón familiar con una urna situada quizá en una repisa sobre una posible chimenea, como una especie de recordatorio similar a una tumba minúscula doméstica, siempre susceptible de caer al suelo, romperse, y desatar una morbosa y desagradable situación en casa. Esas urnas están siempre como mirándote, diciendo “aquí está tu abuelo, aquí dentro”, casi parece posible frotarla y liberar el genio. A mí me dan igual, no me impresionan, pero entiendo que haya gente a las que les provoque grima e incluso un miedo supersticioso (algo casi fantasmagórico) tener aquello en casa. Esta alternativa decorativa siempre me ha parecido más ridícula aún, si cabe, que la de ser esparcido en el océano o desparramado a los cuatro vientos (por favor, recordemos todos la gran escena de El Gran Lebowski en la que The Dude y Walter esparcen las cenizas de Donnie. Grande, muy grande, donde queda evidenciado lo absurdo de todo este asunto).
Mi elección
Evidentemente, hay que escoger entre gusanos o fuego (está bien, aceptamos nitrógeno líquido, pero sólo para snobs recalcitrantes). No caben las medias tintas, amigos. Hagan juego.
Yo, por mi parte, y despues de darle muchas vueltas, creo que por fin me he decantado por una de las opciones basado en mis creencias o, mejor dicho, mi falta de ellas. Me decanto por los gusanos… pero no por el entierro. Tras sopesar todas las posibilidades comentadas antes, creo que me quedo con la opción más ‘natural’ posible (qué palabra tan devaluada, ‘natural’), o quizá la más orgánica, es decir, aquella del hombre nómada prehistórico, guiado por los ritmos de la naturaleza y la caza. Cuando un miembro de aquellas tribus itinerantes moría, bien por enfermedad o por cualquier azaroso percance, estoy seguro de que era probablemente observado por el resto de congéneres del mismo modo que un gato observa a otro gato muerto: con curiosidad, sin aspavientos, quizá con angustia interior. Y estoy seguro de que, probablemente, el cadáver de aquel ser humano primitivo era abandonado allí mismo, a merced de las fuerzas descomponedoras de la naturaleza. Y que la tribu proseguía su camino.
Pues bien, hay algo en esa imagen que me inspira calma y paz. Imaginar mi cuerpo muerto, desnudo, tendido en medio de un bosque o campo, en cualquier azaroso lugar donde quiera que la muerte me hubiese sobrevenido. Quizá junto a un arbol, en los lindes de un claro, en un valle; quizá en medio de un prado, a la sombra de una roca solitaria. Encuentro dignidad en la imagen de un cuerpo rendido a la naturaleza, rodeado de animales en su trajinar diario, bañado por la lluvia, enfriándose bajo la luna, reduciendo su volumen y cambiando en textura y aspecto según pasan las semanas. Probablemente se pose en mi cuerpo algún que otro pájaro desde donde avistar su alimento, o quizá paste junto a mí algún indiferente venado. Al cabo de un tiempo, no quedaría ni rastro de mí. Una capa de hojarasca, humus después, se habría ocupado de ‘enterrar’, si es que sirve el término, mi montón de huesos.
De una única cosa debo asegurarme para que realmente sea éste es el final que quiero. Es lo siguiente: Nadie, ningún ser humano debería pasar por allí, jamás, al menos hasta que los restos sean irreconocibles. Si tal cosa ocurriese, dicho ser humano sería alertado por su sentido del drama y tomaría medidas para retirar el cuerpo de allí. Nadie responde como un animal; nadie se acercaría, olisquearía curioso, y se retiraría después, indiferente, prosiguiendo su camino.
La alternativa marítima es igual de válida en cuanto a desecho natural, pero no funciona igual. Los cuerpos, en el agua, se hinchan y flotan, y son devueltos a la orilla. De algún modo, el mar sabe que no pertenecemos a él. Los cuerpos despachados en las aguas del mar o un océano deben llevar un peso que les envíe al fondo. De todos modos, respeto profundamente la decisión de cualquiera que prefiera sustituir los gusanos por los peces (pescadores, marinos, poetas).
Epílogo
Un Teatro de noche, cerrado, vacío, tan sólo iluminado por tenues luces en el suelo. Entro en la sala desnudo, y atravieso el pasillo del patio de butacas, acercándome al escenario. Al otro lado del velo deberían estar la tramoya del cosmos, los bastidores del universo. Subo al escenario. Atravieso el velo casi sin separar sus dos hojas. La oscuridad es total aquí, al otro lado. No consigo discernir nada en absoluto. Doy media vuelta y vuelvo a mirar a través del velo, hacia las butacas. Por un momento, vemos el mundo sin nosotros. Sigue igual que antes; vacío, impasible. Es la última sinapsis, el último espejismo, la última mentira. Es simplemente un teatro de noche, cerrado, vacío. Después, miro mis manos y mi cuerpo, y ya no estoy allí. Ya no hay patio, ni pasillo, ni butacas. No hay teatro. Ni siquiera hay oscuridad.
El venado te mira, te olisquea, y después prosigue su camino.
Nota final: Sí, ya sé. No he explicado por qué debería decantarme por uno u otro procedimiento, cuando el punto principal del artículo es, precisamente, que no hay motivos para tener una preferencia u otra. Supongo que soy patético.
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JC
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