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Mi espejismo (…o ‘Supersticiencia II’)

La primera gran virtud del hombre fue la duda, y el primer gran defecto la fe.
Carl Sagan
El mundo debe aniquilar y olvidar el legado de Paulo Coelho;
ese daño tan irreparable al sentido común debe ser reparado.
cabezaBomba
Tengo una visión. En mi visión del mundo no existen valores ni entidades no-físicas (metafísicas). El mundo que experimentamos, si efectivamente existe, es un mundo positivista y fenomenológico. En mi visión, gran parte de todo lo que sentimos y experimentamos como personas es un espejismo que en poco se parece a la ‘Realidad’.
Estoy convencido de que casi absolutamente todas nuestras creencias, recuerdos, emociones, intuiciones espirituales, sentimientos, convicciones morales, impulsos sociales, convenciones culturales e incluso las palabras y el lenguaje… son todos ellos espejismos, sinapsis, creaciones virtuales que tienen sentido únicamente en el contexto de la alucinación constante que es nuestra consciencia. Grandes espejimos neuronales conocidos por todos son conceptos como Dios, la Justicia, el Bien, el Mal… Son no-realidades que cumplen una u otra funcion social o adaptativa (evolutiva). Pero hay muchos otros espejismos que componen, a modo de collage ficcional, el espejismo global que es nuestra consciencia: tales como el libre albedrío, el concepto de felicidad, amor y amistad, y muchos otros. A todos ellos les otorgamos un valor muy distinto al que tienen realmente, si es que existe una contrapartida real para muchos de ellos.
La Belleza, el Alma, la Democracia… la idea de Dios, la Justicia, el Bien, el Mal… el valor del dinero, del estatus social, del poder, de la raza, del sexo, del Amor… todos ellos, “cajones” en el armario de nuestra mente donde creamos criaturas a base de estímulos de experiencia que, de otro modo, no tienen sentido alguno para nosotros.
El cerebro se ha especializado (=complicado) tremendamente en su lucha por la supervivencia, en su necesidad de replicación del código genético y el mantenimiento de la especie; sus necesidades, ansiedades, su capacidad de proyección, imaginación y abstracción (tanto individual como social), son mucho más sofisticados que los de cualquier otro animal, y tal intensidad generada en nuestro interior nos supera y nos parece real.
El resultado de todo esto es un intrincado e inescrutable mundo mental, un sistema de sensaciones y una serie de valores convencionales asociados a las mismas, valores que damos por reales a pies juntillas porque los sentimos en nuestras carnes pero que no tienen entidad alguna más allá de la información eléctrica (aunque en realidad todo ocurra a nivel molecular a través de neurotransmisores) y la red neuronal de las que están compuestos, como mapas variables de información (ver ‘Connectome‘). Vivir es auto-engañarse y creerse el espejismo codificado en esa intrincada red, en ese entramado virtual interno; es creer a pies juntillas la ensalada ficticia que nuestro cerebro elabora a partir de los ingredientes (datos reales) que nos entregan los cinco sentidos… y disfrutar con ello.
Creer y disfrutar, como el niño que, durante su infancia, se cree todos los cuentos y fábulas como si fuesen reales, y que elabora un mundo fantástico lleno de amigos invisibles que bien puede parecerse a las explicaciones míticas de los supersticiosos o seguidores de lo místico/religioso, de igual modo el cerebro adulto no termina —desgraciadamente, a pesar del arduo camino que supone la maduración personal hacia la realidad y la lógica— no termina, digo, de librarse de figuraciones, apariciones y mitos mentales que expliquen o le den valor a las extrañas y absurdas cosas que hacemos día a día.
Mi visión consiste en saber que todo lo que experimentamos como consciencia es una ficción, una alucinación neuronal que excita nuestro cerebro. He llegado a dicha conclusión/visión usando la lógica y la razón, del mismo modo que aprendimos que los colores no existen como tal, sino que sin (de nuevo) ficciones inducidas por nuestra propia estructura neuronal, y que bien pueden ser distintos para cada uno — y no hay manera de saberlo nunca. Tan solo podemos fiarnos de lo que todos nosotros, sin excepción, podemos compartir usando la razón y la lógica y llegar al consenso de que, en efecto, ciertas cosas, ciertos fenómenos, existen en nuestro entorno, fuera de nosotros. No son como las vemos o intuimos, pero podemos crear algo con ellas. Las matemáticas, por ejemplo, nos unen maravillosamente a todos en algo en lo que podemos estar de acuerdo unánimemente. Otras cosas basadas en la opinión o los sentimientos, intuiciones, ‘sensaciones’, son sin duda engaños de nuestra mente. Toda espiritualidad, todo valor, toda moral, todo misticismo, no son más que engaños que cada uno percibimos de una forma totalmente distinta.
No propongo abandonarnos al nihilismo que todo esto supone de forma evidente e innegable. Efectivamente, mi propuesta implica que el universo y la realidad, de tener algún sentido, no es un sentido que desde luego nosotros podamos entender. Más bien se diría que no existe un sentido propiamente dicho; quizá lo más parecido a una fuerza que lo mueva todo sea la selección natural y la evolución, motivo de ser del funcionamiento de nuestro cerebro descrito antes. Pero no tenemos manera de cancelar ninguna posibilidad; como digo, nuestros sentidos son cinco y a cinco están limitados nuestros canales de contacto con el exterior unívoco. Fácilmente podrá ver el lector que en este momento nos estamos dejando llevar por el más gigantesco espejismo, esa fascinante herramienta de estructurar la realidad que tiene nuestra mente: la ‘Verdad’. Quiero aquí destruir totalmente dicho concepto, y reemplazarlo por ‘Realidad’, mucho más creíble y auténtico, y desde luego, mucho menos manipulable, mucho menos diseñado para el mundo de la interpretación, la moralidad, la subjetividad. No existe la “verdad”, ni nos podemos entregar al nihilismo (nuestra propia naturaleza nos exige no hacerlo, nos imposibilita a ser auténticamente nihilistas al 100%); quedémonos con la posibilidad de una Realidad alcanzable hasta cierto punto y hasta cierto punto compartida, que nos permita avanzar en la medicina y la tecnología, y también con la presencia constante del engañoso, hipnótico e irrezachable Espejismo que nos empuja y manipula y define nuestras humanas vidas, nuestra sociedad y los comportamientos indescriptiblemente bizarros de la especie humana.
Ya hablamos en su momento de la Supersticiencia, los lectores habituales lo recordarán. No quiero que mi propuesta sea, como digo, la de una incapacidad irrevocable de que nuestras vidas ‘sean’ algo. Todo lo contrario, propongo creernos nuestro espejismo, cada uno el suyo, sabiendo que es una ficción, un cuento, una narración mental sin correspondencia en el mundo ni en los demás, pero que nos lo creemos como el niño cree en los fantasmas, del modo en que creemos que es real lo que nos cuenta una novela de ciencia-ficción, mirando nuestra vida desde dentro y no desde fuera.
Mirar la vida desde dentro es vivir un espejismo;
mirarla desde fuera es sufrir una visión.
cabezaBomba
Esta visión de la que hablo, en efecto, no es en sí misma un espejismo, porque es inferida a partir de razonamientos compartidos por todos; los hallazgos científicos, los razonamientos de la lógica y los constantes ridículos a que son constantemente expuestos otros acercamientos de la realidad son innumerables, si bien incapaces de convencer a las masas a lo largo de los siglos. No hay nada como una buena visión para derrocar a un maléfico espejismo. Como los promulgados por Paulo Coelho. Porque, efectivamente, hay espejismos nefastos: los que contradicen la Realidad compartida, lo único que nos une. No hay nada peor que renegar del único instrumento que se nos ha dado de entrar en contacto con la realidad, por muy limitado que sea.
Ciertamente, la ciencia no puede explicarlo todo ni arreglarlo todo. Soy el primero que sospecha de todo dogmatismo cientificista, debido precisamente a que considero la ciencia totalmente limitada por nuestras propias limitaciones ontológicas y de percepción e inteligencia. Tampoco deseo que el ser humano se convierta en una raza de seres puramente lógicos y desprovisto de valores. Abogo por la mentira que despierta pasiones, mentiras, amores y guerras, sangre y fuego por los más absurdos e indefendibles motivos. Adoro la capacidad LITERARIA del cerebro humano de convertir la realidad en una ficción, una narración alucinada a partir de impulsos obtenidos con terminaciones orgánicas, aunque estén constituidas de ínfimos rangos de percepción en una realidad infinitamente más compleja de lo que la más avanzada religión o dogma espiritual pueda jamás intentar acompasar en biblias o excusas basadas en la inescrutabilidad de lo sublime o los más sugerentes “misterios” que deseen inventarse. Todos ellos son espejismos recreados en las mentes de gurús tan auto-engañados como lo estamos tú y yo.
Edito: Una lectura recomendada y relacionada con todo esto sería, sin lugar a dudas, “El Inmoralista“, de André Gide, una obra introspectiva y pseudo-autobiográfica de una importancia literaria tal que podría entrar, si por mí fuese, en lo que Harold Bloom llamaba “el Canon Occidental“. Os haréis un gran favor leyéndola. A mí me cambió el modo de pensar, y no muchas obras consiguen tal cosa.
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