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Jan
29

Alan Moore Superstar

Alan Moore Superstar | Click para agrandar

Lo reconozco, soy un fan incondicional de Alan Moore. Crecí leyendo sus cómics de Swamp Thing (la saga ‘American Gothic’ fue uno de mis ritos mensuales de juventud preferidos durante todo un año), maduré un poquito leyendo V de Vendetta (aunque él mismo lo considere una obra de inmadurez), y las puertas del cielo del cómic se me terminaron de abrir con Watchmen, esa enciclopedia del noveno arte. Pero ahí no quedó todo. Su Miracle Man me convenció por completo como homenaje al superhéroe clásico, From Hell me enganchó con su erudicción y su realismo, y hasta Tom Strong me retuvo entre sus páginas por su gran sentido del humor. Obras inolvidables como su Batman: The Killing Joke han pasado a la historia de los cómics. Puedo añadir que, al contrario de lo que les ha pasado a otros gigantes del cómic como Frank Miller, Alan jamás se ha vendido; siempre estuvo en contra de las versiones cinematográficas de V de Vendetta y Watchmen para mantener la esencia pura y no ‘manchar el nombre’ con la existencia de productos comerciales relacionados. En contra del genio inglés, he de decir que no me gusta nada el rollo que se trae con los anillos.

Bueno, no sólo eso. Verán, hace unos meses me enteré de que Moore estaba preparando junto al dibujante Jacen Burrows Neomomicon, una miniserie inspirada en los Mitos de Cthulhu y el universo de H. P. Lovecraft. No hace falta decir que la conjunción de los apellidos Moore y Lovecraft excitó mi interés y decidí comprar en el acto el prólogo a la miniserie, un cuaderno titulado The Courtyard que estaba bien pero que no me entusiasmó en exceso. Moore edita la obra pero el guión no es suyo, sino que está basado en una historia que escribió en 1994 para un tributo al genio de Providence. Sin ser gran cosa, era un proyecto que prometía grandes cosas si esa misma atmósfera pudiese ser prolongada y mejorada con un guión del propio Moore. Según Burrows, “las historias de Lovecraft canalizadas a través de Alan Moore son oscuras, perturbadoras y, créeme, afectan a la mente”. Suena bien, ¿no?

Neonomicon Hornbook (http://www.flickr.com/photos/25273637@N05/4323598833/)Lo siguiente fue comprar una edición especial del Neonomicon Hornbook (una tirada de sólo 1500 copias), con tapa de cuero y firmada por el propio Burrows, del ‘teaser’ que la editorial Avatar sacó para ponernos los dientes largos a todos los flipados del mundo. Pues bien, la tapa es en verdad alucinante, todo negro, con rótulos plateados y símbolos místicos de lo más chulos. Sin duda, todo un despliegue de encuadernación, a todas luces inadecuados para… ocho páginas. ¡Ocho páginas! Las tapas son más gruesas que las hojas, de papel normal. Nos muestra una conversación entre dos policías que llegan a una institución psiquiátrica de alta seguridad para hacer una visita de cuatro viñetas a un preso que parece hablar en el retorcido idioma de los Arcanos. Y ya. Menudo timo, puro reclamo comercial, engañifa fetichista. Yo pensaba que Moore no iba a jugar tan sucio. Sí, es cierto, el editor es un tal William Christensen, pero el viejo Alan, a estas alturas y con su reconocimiento y fama, tiene libertad total para decidir sobre este tipo de cosas y para mí es responsable directo de esta decisión editorial que alguien como él no debería permitir. Yo pensaba que alguien como él respetaría los formatos y, sobre todo, las maneras. En fin, esto podría no parecer mucho, pero es que no es el único detalle desagradable que rodea a este proyecto.

TentáculosEl caso es que ya han salido dos números de Neonomicon en USA. No los he leído porque donde vivo no lo venden en ninguna parte, y prefiero esperar a que hayan salido los cuatro para leerlos sin parones. Pero el otro día estuve en Lincoln (capital de Nebraska), y cuando pasé junto a una comic book store me acordé de Neonomicon (fíjense mi nivel de obsesión), le pedí a mi mujer que parase el coche, y me bajé con la intención de comprar un par de cómics para el fin de semana.

Allí no los tenían, por desgracia. Así que no puedo comentarles nada acerca de la calidad de la serie. Pero sí que mantuve una interesante charla con los dependientes. Me dijeron que la serie no era “regular”, es decir, que no aparecía periódicamente. Comentaron que los autores llevan un ritmo muy lento, y que nunca se sabe cuándo va a aparecer el próximo número. Sinceramente, hacía mucho tiempo que no oía nada parecido. Ciertamente he oído de dibujantes lentos, por supuesto. Pero nunca había visto que una miniserie de 4 números pudiese llegar a tardar más de un año en ser publicada, tal y como pronosticaban los expertos que tenía ante mí. Al fin y al cabo, los libreros son los que mejor conocen los ritmos de publicación y distribución. Dijeron que lo mejor sería esperar a que estén todos reunidos en un solo volumen, cosa que evidentemente se hará al finalizar la serie.

No se me ocurre ningún otro autor que, lejos de conseguir disipar el interés a su obra, consigue incentivarlo a base de retrasar la aparición de un nuevo número de poco más de 20 páginas. A estas alturas, tan sólo Alan Moore puede hacer eso. Les aseguro que contar esto me jode, pero además, aumenta mis ganas de que esté todo fuera para devorarlo de una vez y ver si todas las expectativas generadas con este goteo de viñetas estaban justificadas o no. Lo que me extraña es que un tío tan íntegro y enamorado de lo que hace se dedique a este tipo de estratagemas comerciales. O eso, o no le interesa este proyecto. Y eso no dice nada bueno.

Cthulhu awaits and dreams in R'lyeh

Cthulhu awaits and dreams in R'lyeh

Jan
16

Voy camino Waco, TX

Camino a Mount Carmel. By cabezaBomba

Adversity is the path to truth
Lord Byron

Apoteosis Friki

cabezaBomba en el Assassination Site de JFK, Dallas, TXEn diciembre teníamos unas vacaciones y decidimos hacer un road trip por el grandioso y extraño Estado de Texas. Tras pasar por Dallas (y visitar el lugar donde JFK fue asesinado, ver fotos) y mientras íbamos camino a la moderna y juvenil Austin, el mismísimo día de Navidad y de modo totalmente improvisado, decidimos detenernos en Waco — una pequeña ciudad que significaba mucho para mí. La verdad es que fue buena idea hacerlo, porque resultó ser una de las cosas más chulas que hicimos durante aquellos días, al menos en cuanto a curiosidades. Y como este blog hace tiempo que dejó de ser un show and tell de viajes y otras experiencias en USA, me centraré únicamente en la visita que hicimos a Mount Carmel, cercano a Waco, donde se desató el infierno sobre la tierra en el año 1993. Desde aquel día, la figura de David Koresh ha sido para mí un sinónimo de ambigüedad, de algo inclasificable, una mezcla de sensaciones: inocencia e injusticia, tragedia y fanatismo, culpa compartida…

Museo del Dr Pepper en Waco, TXWaco es una ciudad de unos 100,000 habitantes que cuenta con hijos predilectos tan famosos como Steve Martin o Jennifer Love Hewitt. También es, curiosamente, la ciudad natal del Dr Pepper, o sea, que es allí donde comenzó a fabricarse y comercializarse la que ahora mismo es una de las bebidas de soda más populares del mundo; al menos aquí, en los EE UU, es omnipresente. Tanto el museo del Dr Pepper como el renombrado museo ‘oficial’ de los Texas Rangers se encuentran aquí y son parte de los panfletos turísticos que te presentan un Waco colorido y ameno. Y no, no nos cruzamos con Chuck Norris, afortunadamente.

La ciudad

En honor de los muertos del tornado de 1953 (Waco, TX)La verdad es que el downtown es bastante solitario y está tan muerto como cualquier otra ‘small town’ del Medio Oeste. No ves tumbleweeds atravesando Main Street, pero casi. Hay un silencio sepulcral y todo parece cerrado. Tan sólo el edificio de ALICO da cierto acento urbanístico al pueblo. Precisamente, este edificio fue de los pocos que sobrevivió a los tornados de 1953; al parecer, se inclinó varios pies bajo la fuerza del viento pero no se derrumbó. Y aquí es donde uno empieza a aproximarse a la tragedia que se esconde bajo la piel de Waco. Una especie de escultura en medio de una plaza recuerda con tristeza las 144 personas que murieron engullidos por una serie de tornados que arrasaron la ciudad en Mayo de aquel año, coronados todos ellos por el que azotó el centro de la ciudad — de fuerza F5, la mayor posible en la escala que mide a estos monstruos de la naturaleza, que se llevó las vidas de 114 personas de un plumazo.

Fantasmas

Hace ya 18 añitos de aquello, pero todavía recuerdo perfectamente el impacto que me causó aquella noticia y los días que duró el asedio a la comunidad de Branch Davidians que allí existía (rama de los Adventistas del Séptimo Día). Durante 51 días, y hasta el 19 de Abril —justo el día después de mi 17° cumpleaños—, los Davidianos aguantaron el asedio de la ATF (Agencia de Alcohol, Tabaco, Armas y Explosivos). Los que recuerden aquello no podrán evitar un escalofrío al rememorar todo lo que ocurrió y todo lo que estaba en juego. La propia moralidad del mundo parecía estar siendo sometida a juicio. Lo que se suponía que estaba bien colisionó de forma apocalíptica con lo que se suponía que estaba mal.

Quien no recuerde o no conozca lo allí ocurrido, este no es el mejor momento para relatar detalladamente una de las historias más sobrecogedoras del final del siglo XX. Pueden ver el documental Waco: Rules of Engagement que se puede ver por partes en YouTube, siendo esta su primera entrega. A partir de ahí, navegad las siguientes y podréis verlo entero. Por supuesto que lo ocurrido no tuvo las consecuencias letales del tristemente famoso episodio de Jonestown (por cierto, irónicamente hay un Jonestown en Texas), pero la diferencia es tan grande como la que hay entre un suicidio masivo y una masacre encubierta perpetrada por las fuerzas del orden en el “País de los Libres”. Estaba en juego el derecho a la posesión de armas (y Koresh poseía todo un arsenal), la libertad religiosa (¿dónde está el límite de vivir acorde a tus creencias?) y temas tan espinosos como la poligamia o la forma de ver la sexualidad o la familia; ciertamente, hubo ciertas acusaciones de abusos sexuales a menores, si bien nunca demostradas; Koresh había disuelto todos los matrimonios entre sus seguidores porque sólo él podía estar casado; su idea era tener 12 hijos con 12 mujeres de entre sus seguidoras, que serían los futuros líderes de la tribu de Israel; algunas de sus ‘mujeres’ tenían 12 o 13 años cuando quedaron embarazadas… en un país cuyas leyes permiten el matrimonio con menores bajo consentimiento paternal. Koresh se autoproclamaba un profeta, ‘enviado de Dios, Cordero de Dios’, y había decidido que su Apoteosis —y la de otros 100 pobres diablos— sería en Mount Carmel, Waco (Texas) y allí se fue con todos sus seguidores, donde vivieron de forma relativamente tranquila acorde a sus extrañas creencias, hasta que se presentó allí la ATF armados hasta los dientes.

These people remain here because I have thoroughly opened to them the seven seals.
I am more willing to come out when I get my message from my commander
.
David Koresh

Por otro lado, se ha cuestionado hasta qué punto la actuación del FBI fue un abuso de fuerza bruta, pues parece ser que fueron ellos los responsables del gaseo y posterior incendio que acabó con la vida de muchos seres inocentes y de mentir flagrantemente a la opinión pública. Por supuesto, en la historia oficial que escriben los poderosos, David Koresh pasará como el asesino responsable del fuego y de la muerte de sus acólitos y el FBI hizo todo lo posible para salvar a los seguidores ‘cautivos’. Ni que decir tiene que yo, ni por lo más remoto, pretendo defender a David Koresh; era un fanático religioso y probablemente tenía muchas cosas de las que responder. Simplemente, era inocente hasta que alguien demostrase lo contrario en un tribunal de justicia. El hecho de que no nos gusten los modos alternativos de vida que tiene cierta gente no es suficiente para provocar el odio y la represión violenta sin un juicio justo. Así sólo se crean mártires e ídolos pop que otros (como veremos más adelante) se encargan de vengar con virulencia.

Una visita a Mount Carmel

La idea de ir a visitar Mount Carmel puede resultar extraña para algunos. Es como si un par de finlandeses visitaran España y, en el camino entre Cáceres y Córdoba, decider salirse por las carreteras rurales en busca de Puerto Urraco. Salvando las distancias, por supuesto; Puerto Urraco fue una riña venida a más en la España negra, mientras que lo ocurrido en Waco era no sólo una tragedia y un espectáculo mediático de primer orden, sino unos eventos que reunían las peores contradicciones y las más atávicas fuerzas enfrentadas que existen en lo más profundo de la cultura y la sociedad estadounidense. Tuvieron, además, incontables consecuencias de todo tipo. Entre ellas, por ejemplo, la de servir de inspiración a Timothy McVeigh para perpetrar el ataque a la sede del FBI en Oklahoma que tuvo lugar el 19 de Abril de 1995 (yo cumplía 20 añitos el día antes), exactamente dos años después del asedio por parte de esa misma agencia a los Davidianos de Waco en su compound (complejo de barracones, asentamientos donde este tipo de grupos endogámicos viven al margen de la sociedad). Los muertos en Waco a manos del FBI tuvieron su sangrienta venganza… si es que querían tomársela, que lo dudo.

Mount Carmel no está cerca del downtown de Waco. Ni siquiera está en Waco, sino que se encuentra a unas 15 millas al sudeste. Al tratarse de una visita improvisada, no llevaba yo ni mapa impreso ni hubiese sido capaz de ubicar el lugar con el GPS, de modo que se imponía una investigación. Aquello resultó ser lo más interesante, y nos llevó a cruzarnos con un par de personajes, esquivos y huraños, muy propios de la zona. Al tratarse del mismísimo día de Navidad, todo estaba cerrado. De modo que el primero a quien preguntamos fue un encargado del centro de Salvation Army en el centro de Waco. Este fue quien nos dijo que no hay señalizaciones ni carteles, y que resultaba un lugar difícil de encontrar. Aquello parecía un reto.

Siguiendo su imprecisa guía de “id al sudeste”, llegamos hasta una gasolinera perdida en una carretera solitaria y de asfalto agrietado. Unas cuantas casuchas de rednecks asomaban por detrás de la estación de servicio. Al entrar, el dependiente, enfundado en un sucio mono de trabajo, me indicó una serie de carreteras de campo (back roads, casi impracticables) que debía tomar para llegar hasta Mount Carmel. No se extrañó cuando le pregunté por el lugar donde Koresh y los suyos fueron aniquilados, pero dejó bien claro que allí nunca iba nadie, que allí no había nada. Bien, pensé, estoy harto de turistas.

Evidentemente, nos perdimos. Dimos vueltas como peonzas (aquello está trufado de cientos de iglesias de todos los credos cristianos habidos y por haber!) hasta dar con un montón de roulottes aparcadas a modo de viviendas, rodeadas de cubos donde crecían hierbas y ropas tendidas. Una señora bastante redneck y con un acento tejano profundísimo nos indicó una dirección totalmente distinta a la que llevábamos. Salimos de allí pitando cuando vimos que un grupo de tipos sin dientes y con ropa de caza nos miraba suspicazmente. Ni que decir tiene que volvimos a perdernos.

Cambio de rasante en "Double Ee Road" antes de llegar a Mount CarmelEstábamos en el corazón de Texas, ‘the Heart of Texas’, en plena América profunda, rodeados de granjas, cobertizos, iglesias, ranchos, extensos campos de cultivo totalmente secos por el invierno… hasta que vimos la señal de la Boys Ranch Road, una carretera sin asfaltar que resultó ser la pista definitiva. Gracias a las indicaciones de una señora oriental (el bizarrismo aumentaba por momentos) que salía de casa conduciendo un bicharraco enorme, llegamos a otra carretera de grava, flanqueada por árboles secos y arbustos que parecían espinas y esqueletos: la carretera de campo “Doble E”. Un campesino en una pickup destarlatada nos indicó que estábamos en buen camino. Y asi fue; pasamos el cambio de rasante que veis en la foto que sacó mi mujer y llegamos a Mount Carmel, a la parcela de los Davidianos.

En casa de David

Al llegar a la cima de Mount Carmel y bajar del coche, te azota un viento gélido y un silencio inmenso. Todo está rodeado de campos yermos y esporádicos árboles secos. Al entrar en la finca de los Davidianos, te saluda una piedra labrada que indica que allí todavía hay unos pocos que continúan la misión. De hecho, al cabo algunos minutos y tras leer varias placas y carteles, queda claro que hay un grupo de irreductibles Adventistas que pretender reconstruir el legado. Aceptan donaciones, por supuesto.

Bajo un bucólico y melancólico árbol inclinado está el recuerdo a las víctimas, una estructura que sirve de soporte a las placas que recuerdan los nombres de las víctimas del 19 de Abril; mujeres, niños, no-natos… así como los 7 pastores o líderes de la Rama (‘Branch’) Davidiana; el último a la derecha, el mismísimo Vernon Wayne Howell. Prestad también atención, en las fotos que incluyo a continuación, al ‘memorial’ donado por la Northeast Texas Regional Militia, un grupo paramilitar antisistema que se solidariza con los davidianos y su destino fatal, seguramente por su manera de entender las armas, la religión y la resistencia a un ejército prostituido a las órdenes de un demócrata como Clinton responsable de lo que ellos consideran un “acto de terrorismo doméstico”. La extrema derecha, haciendo suya la causa.

Más adelante hay una vista del solar donde estaba el ‘compound’. No queda absolutamente nada excepto un terreno ennegrecido y algunos cimientos de hormigón. Hay algunas construcciones habitadas al final del camino, pero está prohibido ir más allá de un serio cartel que indica “Keep Off / No trespassing / Private property”. Parece buena idea seguir su consejo. Ha llegado el final de nuestro viaje. Por unos minutos, me dejé llenar de ese aire fantasmal, ese residuo histórico del que parecen estar impregnados lugares como este si te dejas llevar por la imaginación.
Entrada a las tierras de los 'Branch Davidians' en la actualidadArbol y placas conmemorativas de los muertos en el asaltoPlaca con los nombres de todas las víctimas y una breve  explicación de lo que ocurrió allí; obviamente, culpando al FBIPlacas con los nombres de algunas de las víctimas del asalto del  FBIPlaca que los nuevos Davidianos han instalado a la entrada del  compoundRestos de los cimientos del 'compound' davidianoSolar donde solía estar el compound. Hoy, no hay absolutamente NADA.Nombres de los fundadores y líderes de los Davidianos en la época de la tragedia

 

Aftermath

La leyenda que se formó alrededor de lo ocurrido en Mount Carmel ha proporcionado mucha ‘chicha’ donde la cultura popular ha encontrado una mina de oro. Como muestra, la canción de Acie Cargill sobre los eventos de Waco, en la que se dice que los Davidians eran ‘white suprematists’, lo cual es “mentira y gorda” pues era una comunidad multirracial con miembros venidos de todas partes del mundo, entre ellas África. Pero es curioso como documento, una especie de corrido country:

Waco | Burning Death of The Branch Davidians | Acie Cargill

 

Enlaces

Hay una infinidad de recursos interesantísimos en Internet sobre Waco y los Davidianos. Indico sólo algunos para evitar labores de búsqueda y porque son muy completos.

  1. Aquí se puede ver la tumba de David Koresh, situada en Tyler, TX | http://www.findagrave.com/cgi-bin/fg.cgi?page=gr&GRid=6610999
  2. Enlaces e información detallada sobre muchos aspectos de los eventos de Mount Carmel | http://web.archive.org/web/20080320065640/http://www.fountain.btinternet.co.uk/koresh/index.html
  3. Waco: The Inside Story | http://www.pbs.org/wgbh/pages/frontline/waco/
  4. Vernon Wayne Howell adoptó el nombre de David Koresh en honor al Rey David judío y de Cyrus, rey persa que permitió la reunión de los judíos en diáspora. Esta conversación entre David y uno de los negociadores del FBI demuestra sus conocimientos teológicos | http://www.pbs.org/wgbh/pages/frontline/waco/bookofrevel.html

A continuación se puede ver la entrada de las tierras donde se ubica la nueva comunidad de Branch Davidians en Mount Carmel. Se puede recorrer en Google Streetview como si se estuviese allí mismo; en la esquina inferior derecha está el mapa de localización y se puede ampliar para consulta:

Jan
14

Cine Bovino

Ayer estuve viendo ‘Vacas’ (Julio Medem, 1992), una de mis grandes asignaturas pendientes, y durante todo el metraje tuve la sensación de que estaba ante una obra maestra. Tiene sentido del arte y de lo escatológico, provoca revulsión y ternura, habla de la locura y del amor, es regional y universal, surreal y mágica. Stanley Kubrik se la proyectaba a sus invitados en casa, eso tiene que significar algo. Igual me equivoco y no es tan obra maestra, pues tiene sus momentos torpes y quizá se me pase el entusiasmo tras un segundo visionado. Pero lo importante no es eso. Lo importante es que, después de verla, no podía quitarme de encima las declaraciones de Icíar Bollaín en las que aseguraba que “el cine español ya no echa para atrás”.  No he visto su nueva película, ‘También la lluvia’, pero voy a hacer uso de mi “licencia postmoderna” para interpretar sus palabras a mi manera.

Probablemente, Bollaín se refiera al hecho de que el cine español ya no provoca el rechazo que provocaba antes entre los espectadores patrios (por malo, por cutre, por repetitivo en temáticas, por criticones y quejicas, por lo que fuere). Pero, para mí, lo que ocurre es que el cine español ya no echa para atrás… por desgracia. ‘Vacas’ es una película que echa para atrás: vísceras, mutilación animal, partos violentos, locura, violencia familiar. Como dice von Trier —y me vais a perdonar repetirme— “una película debería ser como una piedra en el zapato”, es decir, el cine (todo arte) tiene que ser molesto, debe ser capaz, de vez en cuando, de remover las tripas, de incomodar, de hacernos sentir mal. Hay buenísimas películas que no nos gusta ver. Ciertas escenas con las que hemos sufrido y que nos han traumatizado han resultado ser, con el tiempo, parte de las mejores películas de nuestra vida y las que más nos han influido y modelado como personas. Eso es capacidad para transformar la realidad, y lo demás es tontería. Y lo que creo que realmente quiere decir Bollaín (subconscientemente, por supuesto) es que el cine español ya no es capaz de conseguir eso. Es un cine adocenado, comercial. Ya no es “español”, ni para lo malo, ni para lo bueno. Ahora son productos muy preocupados por la taquilla, como se evidencia en la charla con Bollaín que enlazo arriba. No será fácil ver de nuevo películas como ‘Vacas’, no tal y como está montado el tinglado de la cultura en España.

El cine, finalmente, se ha transformado para no transformar. Para gustar. Craso error.

P.S.: Tengo mis esperanzas puestas en ‘Balada triste de trompeta’ (de la Iglesia, 2010), pero no sé si será capaz de ser una piedra en el zapato en condiciones. Sé que le gusta a Boyero y en general a la crítica pero, sinceramente, eso no es garantía de nada.

Jan
11

Fábula Corporativa

Basada en hechos reales.

Hace unos años —suficientes como para contar esta historia hoy en frío— el que suscribe trabajó durante un año para una editorial médica en la ciudad de Madrid. Se trataba de una empresa multinacional, por supuesto diversificadísima, de origen holandés. Era una compañía en la que merecía la pena trabajar, me dije cuando supe de su nivel de expansión y facturación. Qué mal criterio.

Comencé a trabajar allí como ‘Project Manager’ alrededor del año 2006, en la Calle Orense. Siempre he llamado a aquella calle “la calle de los Prósperos”, gente que camina con la barbilla bien alta, mujeres guapas y elegantes, todos con su iPhone, sus periódicos económicos y su aire altivo y trajeado. Aunque también llamé de aquella manera a la Calle Serrano, donde trabajé igualmente cierto tiempo para una empresa de márketing digital, y que replica ese aire pijo y de auto-satisfacción tan llena de sí misma que me repatea. Los Prósperos. Me parto cuando pienso en ellos. Me parto cuando pienso en todas sus filosofías cutres, sus cenas de empresa, sus reuniones de motivación y toda esa morralla corporativa de “mar azul, mar rojo” y otras alegorías baratas.

Al jefe de mi departamento, el Director Comercial, le llamábamos “el Cuca” (diminutivo de ‘cucaracha’, un ser necio y mezquino como nunca antes conocí y que se pasaba media mañana viendo vídeos en YouTube), y el Director General era ‘el Albóndiga’ (un tipo serio y efectivo pero demasiado españolito para mi gusto), para que os hagáis una idea de la estima que inspiraban estos elementos… a los que más de una vez tuve la mala suerte de contemplar ebrios y babeando detrás de secretarias y demás. Los comerciales (sales person los llaman) con los que trabajábamos los Project Managers eran, sencillamente, insoportables: soberbios, engreídos y antipáticos — excepto entre ellos, eso sí. Entre ellos todo era una coba mutua interminable y que provocaba náuseas. Por supuesto nosotros, de Project Manager, no teníamos más que el nombre; hacíamos de todo. Presupuestos, contabilidad, facturación, contacto constante con el cliente una vez el comercial obtenía el OK, amén de lo que suele encontrarse típicamente en el job description de susodicho puesto. Para que os hagáis una idea, había momentos en que tenía a mi cargo una hoja de cálculo con el ‘status’ de unos 200 proyectos editoriales: publicaciones científicas, libros, CD-Roms, ensayos clínicos, todo ello material para investigadores, médicos y especialistas… todo, por supuesto, para mayor gloria de la puta industria farmacológica, que tan contentos tenía a los comerciales. “Esto se vende solo”, no paraban de repetir, evidenciando ellos mismos lo poco necesario que era su presunto ‘talento vendedor’ para aquello que desempeñaban.

En fin, qué os voy a contar. “Vida y estrés del miltrescientoseurista” porque, por mucho dinero que salga de la Pharma (así llamaban a la Gallina de los Huevos de Oro), y por muy bien que vaya la Compañía, no sobra ni un duro para pagar como es debido.

El caso es que otra de las cosas que estaba entre mis responsabilidades era mantener actualizada una herramienta online de Sales (‘ventas’), que básicamente era una base de datos donde se metían todos los presupuestos y trabajos, los productos que más se estaban vendiendo, el dinero que se movía por países, las moléculas más reclamadas a nivel médico (principios activos ‘de moda’, sí, sé que suena fatal), y otros ‘trends’ de ventas — datos que eran compartidos por otras oficinas de la empresa en toda Europa. La idea era maximizar la venta a nivel mundial; si se está vendiendo mucho material sobre un nuevo parche contra el Alzheimer en España, podemos intentar venderlo en otras partes. Tiene sentido.

Al “Cuca” le parecía fatal que los Project Managers ‘perdiéramos el tiempo’ con estas cosas modernas. Nos quitaba de hacer presupuestos para los comerciales. Un día me dijo, sin miramientos, que dejásemos de introducir datos en la herramienta digital de ventas. Que no estaba bien que otras oficinas del Grupo vivieran a expensas de nuestros esfuerzos comerciales. Que la oficina de Madrid debía ser la más efectiva de Europa, y dicha herramienta reducía las distancias. ¡Básicamente, el tipo este estaba robando a la propia compañía posibilidades comerciales! Yo, evidentemente, contesté que el e-mail de Holanda era muy explícito, y que siendo una directiva de esa envergadura, me parecía algo cuestionable. Sin dejar de sonreir (todavía recuerdo esos dientes picados como si los tuviese delante) el “Cuca” me dijo que bueno, que podía meter algún dato de vez en cuando, pero que mi volumen de preparación de presupuestos para su Ejército de las Tinieblas no podía bajar. De modo que, resignado, contesté “de acuerdo”. Un par de días después tuve la oportunidad de comentárselo al Director General, que hizo un ademán de desdén con la mano, como quitando importancia al tema, pero dejando bien claro que sabía de lo que estaba hablando, y que estaba de acuerdo con su secuaz.

Y pasaron las semanas, con la hiperactividad y el agónico estrés que produce una carga de trabajo inmensa para una plantilla de unas doce personas (oficinas que vendían y producían la mitad que nosotros tenían el doble de empleados), de modo que estábamos contentísimos. La contable estaba a punto de un ataque de nervios, los de Producción andaban constantemente enfrascados en una interminable gresca interna, y los Project Managers sufríamos el acoso de los comerciales (“termíname este presupuesto y pídele perdón a la de Pfizer por haber tardado”), las quejas de Producción (“nosotros no podemos imprimir algo que no está especificado al 100%”) y, por supuesto, el cliente (“¿Cómo?! ¿Que se retrasa la impresión por qué?!). Ni que decir tiene que, con este embolado encima, pocos datos metía yo en la herramienta online dichosa, después de las órdenes explícitas del “Cuca”.

Al cabo de un cierto tiempo, recibimos la visita de 2 enviados holandeses que se pasaban por allí con motivo de unas reuniones que ya no recuerdo de qué trataban. De paso, por supuesto, echarían un vistazo a cómo iba todo por allí. Todo muy informal, muy buen rollo. Ese aire como desenfadado de las compañías modernas, no sé si me explico. Pretenden que todo sea muy humano, muy cálido. Me descojono.

La cosa se puso seria cuando se acercaron a hablar conmigo. Vinieron directamente a por mí. Se sentaron junto a mi mesa de trabajo y se pusieron muy serios. Fueron directos al grano. Me indicaron que la omisión de información en la base de datos de la herramienta de ventas estaba significando pérdidas millonarias al grupo. Dieron una cifra concreta, que no recuerdo, pero que hizo que se me subiera la sangre a la cabeza. “Se están perdiendo centenares de oportunidades de venta en muchos puntos”, comentaron. Lo primero que pensé fue, evidentemente, “maldito Cuca”. Pero no les dije nada, por supuesto. Les pedí disculpas, les dije que tenía que hablar con mi Director General, y les aseguré que volvería a hablar con ellos con una explicación.

De modo que, mientras el resto de la plantilla comía pastelitos Mallorca en la cocina tras la ronda de reuniones y conferencias, yo me metí en el despacho del Albóndiga y cerré la puerta tras de mí. Les comenté el tema del que me acusaban los holandeses y le pedí muy educadamente que intercediera por mí, ya que sabía de lo que estaba hablando y, al fin y al cabo, yo únicamente seguía órdenes de su Director Comercial. Y entonces fue cuando me quedé de piedra.

El “Jefe” me miró muy seriamente y, ni corto ni perezoso, contestó:

—No me digas que no has estado metiendo los datos.

Se me cayó la mandíbula al suelo. Se hizo un silencio.

—Se te dijo explícitamente que metieses todos los trabajos, todos los presupuestos. ¿Puedes decirme por qué no lo has hecho? ¿Qué le digo yo ahora a esta gente?

No sé si el lector se da cuenta de lo que semejante Satán estaba diciéndome. Estaba diciendo que no pensaba interceder por mí ante sus propios jefes, que no pensaba admitir haber aceptado aquella directiva del Director Comercial, que lo negaría siempre. Estaba diciendo que me usaría de escudo humano. Estaba diciéndolo, además, echándome una bronca, con una desfachatez inconmensurable, haciéndose el indignadísimo, como si se creyese su propia mentira. Ni siquiera lo reconocía allí mismo, ante mí, a puerta cerrada. No tenía huevos para eso.

Lo que ocurrió a continuación fue una de las cosas más increíbles que me ha pasado en la vida. Lejos de amilanarme o quedarme mudo, le solté cuatro cosas (todo verdades) en un tono de verdadera indignación, que el tío encajó lo mejor que pudo con su sempiterna cara de póker. Yo creo que, por un momento, le sorprendí. No se imaginaba que su gris y sumiso empleado tuviese voluntad, opinión, y un par de narices para ponerle en su sitio. Quizá pensaba que iba a agachar la cabeza y comerme el marrón. La verdad es que recuerdo poco de lo que le dije; quizá fui demasiado intenso. Sólo sé que, antes de decirle que pretendía presentar mi dimisión aquel mismísimo día, el Albóndiga me dijo en voz baja y mirando a los papeles de su mesa que recogiese mis cosas y me fuese. Estaba despedido. Lleno de orgullo, espeté que me parecía una buena idea, sin omitir que, de no haberlo hecho él, yo mismo me hubiese despedido.

Pasé por delante de dos ojipláticos holandeses, a quienes ni siquiera dije adiós. Mis compañeros, en la cocina, ni siquiera se dieron cuenta de que estaba saliendo por la puerta y que nunca más me verían por allí. Siempre tuvimos tanto trabajo que no nos quedó tiempo para formar amistades, de modo que perfecto.

Al mes siguiente empecé a cobrar el paro. En unos tres meses más, procedí a la capitalización del mismo, e invertí en equipo para montar mi propio negocio. Se había forjado un nuevo e indomable autónomo en este valle de lágrimas y abusos.

Jan
7

Entre el fuego y los gusanos

Pulsa la imagen para verla completa"Fuego y Gusanos" | Pulsa la imagen para verla completa

Voluntad de ultratumba

Es curioso cuando oyes a alguien decir que su deseo es ser incinerado… tras la muerte, evidentemente. Parece que la gente realmente piensa en estas cosas y les da importancia. Ya discutimos en su día cómo aquellos que se autoproclaman ateos suelen optar por esta vertiente funeraria en detrimento del clásico entierro, quizá por considerar a este último como una opción ‘religiosa’ (y me tomo la fea libertad de auto-citarme):

(…) Saramago deseaba que sus cenizas fuesen esparcidas en Lanzarote, donde vivía, y en el pueblo portugués que le vio nacer. Lo de la cremación es práctica (preferencia) atea, pero… ¿no es también una superstición (una cesión al misticismo) eso de esparcir las cenizas sobre los lugares que uno amaba? ¿Acaso no existe tambien algo que podemos llamar ‘superstición poética’, que nos hace pensar de forma plenamente mística sobre algo tan mundano como un puñado de material orgánico carbonizado, por muy ateos o materialistas históricos que seamos?

Incluso dichos ateos y materialistas (y, por descontado, muchos agnósticos) se entregan a darle una significación, una importancia mística, poética e incluso pseudo-religiosa a lo que ocurra con su cuerpo tras el momento de la muerte… porque, en efecto, la muerte es sólo un momento; la muerte no se prolonga, ni es para siempre. Según mi modo de ver, el ‘alma’ no va a ningun sitio, porque no hay ningún alma. La conciencia no pervive. El individuo, esa impresión de unicidad, separación y exclusividad que otorga la vida a cada organismo, se cancela para siempre cuando éste cede a la entropía y muere.

Pero, si no hay alma, si nada queda de nosotros tras ese momento fascinante en que se produce la avería física definitiva —ese instante en que la inestabilidad bioquímica es ya insostenible—, ¿qué nos puede importar lo que ocurra después? Y aun así, a muchos parece resultarles una cuestión de no poca importancia. Una cuestión dramática, un dilema escatológico.

Gusanos… o fuego

Las opciones no son demasiadas, por motivos legales fundamentalmente, pero también por falta de originalidad. Básicamente, el tema se reduce a elegir quién va a disputarse tus perecederas carnes: ¿serán pasto de las llamas, o de los gusanos descomponedores?. De cualquier modo, hay variantes a cada una de ellas, para todos los gustos y sensibilidades.

El entierro

El entierro (ubicar el cadáver en un agujero de unos dos metros de profundidad y “poner tierra de por medio”) es probablemente la opción más extendida y —quizá— la más alineada o acorde con las tradiciones de las religiones mayoritarias, al menos en Occidente y países islámicos. En este sentido, es complicado escapar a la tradición y a la cultura funeraria (o, lo que viene a ser lo mismo, religiosa) dominante en tu comunidad. Sin embargo, el origen del entierro o sepultura es fundamentalmente aséptico y tiene su origen más pragmático en el momento en que los hombres se convierten en criaturas sedentarias y se establecen en asentamientos o poblados. Pronto resultó evidente que cuando uno de los miembros de la comunidad fallecía, no se le podía dejar en medio de la calle descomponiéndose y provocando infecciones y enfermedad. La visión (y el olor) del cuerpo un ser cercano siendo disputado por pájaros y gusanos tampoco es especialmente agradable, de modo que en algún momento —hace probablemente más de 10.000 años— alguien decidió que los cadaveres debían ser enterrados… con más o menos boato funerario. Este último detalle y las formas que adopta dicho boato es plenamente cultural y, desde luego, tremendamente interesante.

El entierro permite a los familiares acercarse a un punto concreto, relativamente simbólico pero no del todo (al fin y al cabo, el cuerpo está ahí abajo), un lugar fijo donde pueden honrar al muerto. Hay quien tiene la necesidad de desplazarse hasta dicho lugar a hablarle a la tumba, aunque sólo sea con la voz interior, como si los huesos tuviesen la facultad de escuchar. En mi opinión, este extraño proceso de negación de la realidad resulta más ‘natural’ efectuarlo donde el fallecido vivió y pasó sus dias, no donde se encuentran sus huesos. De ahí venga quizá la costumbre de no modificar la disposición de los elementos decorativos y personales en la habitación que solía ocupar el fallecido, de dejar donde estaban todos los cuadros, recuerdos, e incluso la ropa doblada y guardada en los cajones. Hay quien se niega a reutilizar el dormitorio, aunque suponga el desaprovecho de una estancia en el hogar, por respeto, honor y recuerdo. Por duelo y luto. El dormitorio de uno es la auténtica tumba para los familiares, que pueden sentir la fantasmal presencia entre sus paredes. La familia quizá decida reutilizar la estancia cuando hayan superado el luto, lo cual supone un proceso —como digo— mucho más natural a mi modo de ver. La tumba parece indicar la prolongación de la muerte, o paradójicamente su negación o la no resignación a lo innegable, la imposibilidad de superar la realidad, la condena del recuerdo a un estado inmutable y eterno. La tumba siempre estará ahi. Nunca se supera una tumba.

Como nota humorística, ya hablamos en este blog del “Panic Button”, genial invención ideada por mi madre:

Desde Edgar Allan Poe hasta Kill Bill, todos sabemos que es muy probable (lo dice la estadística) que a alguno de nosotros terminen enterrándonos vivos. Es una situación horrorosa y que no le deseo ni a mi peor enemigo. El caso es, ¿por qué a ningún fabricante de ataúdes se le ha ocurrido la manera de facilitar las cosas en estos casos? Vamos a ver… la solución es muy fácil: Se coloca un botón en el interior del ataúd que, al ser pulsado, emite una señal de auxilio, que es recibida por los empleados del cementerio, quienes nos sacan de allí mientras, en cuestión de minutos, el Samur acude para proveernos de tranquilizantes, suero fisiológico y atención psicológica. En un par de horas el paciente vuelve a casa.

La incineración

La incineración o cremación (ejecutada en una ‘pira funeraria’ en la India en lo que sería su versión más orgánica), es aceptada por el hinduísmo, la cienciología, el budismo, los adventistas… Su predominancia surge, al menos en las grandes urbes, debido a la falta de espacio cuando los campo santos llegan a ser inmensos, a una sensación claustrofóbica que se impone al ver cómo la sepultura queda enterrada (sólo simbólicamente ya; más bien, es encajonada) en una muchedumbre de intimidades, de cadáveres apilados en estructuras anónimas de hormigón. Mucha gente tiene quizá aquella imagen idealizada de ser enterrado entre árboles en un verde prado y contar con una parcelita propia coronada por un mármol o losa más o menos labrada y rodeada de flores silvestres. Sin embargo, a menos gente le atrae la idea, más realista, de ser ubicado en un nicho (columbario) difícil de localizar en un cementerio-colmena como, por ejemplo, el de Canarias que se ve en la imagen. En mi opinión, llegará un día en que la acumulación de restos será tan inmensa y tan contaminante que los entierros serán ilegales y tan sólo unos pocos acomodados podrán disfrutar de esa modalidad. La incineración será la opción obligatoria a no ser que los cementerios sean vaciados, ‘reseteados’ e iniciados de nuevo, con el perjuicio del olvido a quienes ya yacían en ellos. Llegará un punto en que que ni siquiera serán viables opciones como la del cementerio judío en Praga, donde se apilan más de diez cadáveres bajo algunas lápidas, nuevos sobre antiguos, echando tierra sobre tierra.

Románticos hornos crematoriosLa incineración, como iba diciendo, es una alternativa al entierro que, durante muchos años, llamaba mi atención y era la opción que yo hubiese querido para mi cuerpo. Me parece extrañamente anti-natural, sin embargo, el modo en que se produce (que suele costar unos 400 o 500 euros, mucho más barato que el aparatoso entierro y todos los servicios asociados que conlleva). El método consiste en dos hornos, uno caliente y uno frío. Se introduce al cadáver en el féretro —despojado de anillos y otros objetos metálicos y, por lo general, sin ropa— en el interior del horno caliente, que suele alcanzar una temperatura de 800°C. Allí el cuerpo arde durante aproximadamente un par de horas y es reducido a astillas. Por fin, en el segundo horno los restos calcinados son enfriados, cayendo en forma de polvo de ceniza, y son separados de los restos de madera. De algún modo, me parece mucho más digno y natural el método oriental de la pira funeraria; aquello sí que es un espectáculo, tanto visual como, imagino, olfativo.

Entre un 25% y un tercio de los españoles se decanta por la cremación, según la Asociación Funeraria de España. ¿Será porque una urna sale más asequible que un ataúd de caoba con embellecedores? ¿Será por el precio de todo el tinglado, incluyendo el pago de la cesión de la sepultura o el nicho, que pueden alcanzar varios miles de euros en una localidad grande y que tiene límites debido a la sobreocupación de los cementerios? [En España, el 28 por ciento de los cementerios tiene un grado de saturación superior al 90% y el 5 por ciento, cercano al 100% y sin posibilidad de ampliación (fuente)]. ¿O será porque la gente prefiere, sencillamente, desaparecer? ¿Será que más y más gente siente un creciente rechazo y asco por los gusanos, por el barro, la oscuridad, el moho y la descomposición? ¿Un rechazo atávico a volver a la ‘asquerosa’ naturaleza y ser consumido por una miríada de repulsivos saprótrofos? Quizá sea un poco de todo.

Cada vez más gente se plantea ahora, eso sí, lo anti-ecológico de la incineración. El proceso de la cremación es inocuo para el medio ambiente, pero las cenizas no lo son. En España no existe ninguna ley que regule qué se puede hacer con las cenizas resultantes, y mucha gente (como Saramago) opta por contaminar el planeta con sus nocivos restos. Interesantísima propuesta sueca es la promación, consistente en sumergir el cuerpo en nitrógeno líquido, a casi -200°C, seguido de un proceso que elimina elementos contaminantes como el mercurio. Más sobre ecología funeral aquí y aquí.

Algunos, una vez ‘cremados’, prefieren que se decore con sus restos el salón familiar con una urna situada quizá en una repisa sobre una posible chimenea, como una especie de recordatorio similar a una tumba minúscula doméstica, siempre susceptible de caer al suelo, romperse, y desatar una morbosa y desagradable situación en casa. Esas urnas están siempre como mirándote, diciendo “aquí está tu abuelo, aquí dentro”, casi parece posible frotarla y liberar el genio. A mí me dan igual, no me impresionan, pero entiendo que haya gente a las que les provoque grima e incluso un miedo supersticioso (algo casi fantasmagórico) tener aquello en casa. Esta alternativa decorativa siempre me ha parecido más ridícula aún, si cabe, que la de ser esparcido en el océano o desparramado a los cuatro vientos (por favor, recordemos todos la gran escena de El Gran Lebowski en la que The Dude y Walter esparcen las cenizas de Donnie. Grande, muy grande, donde queda evidenciado lo absurdo de todo este asunto).

Mi elección

Evidentemente, hay que escoger entre gusanos o fuego (está bien, aceptamos nitrógeno líquido, pero sólo para snobs recalcitrantes). No caben las medias tintas, amigos. Hagan juego.

Yo, por mi parte, y despues de darle muchas vueltas, creo que por fin me he decantado por una de las opciones basado en mis creencias o, mejor dicho, mi falta de ellas. Me decanto por los gusanos… pero no por el entierro. Tras sopesar todas las posibilidades comentadas antes, creo que me quedo con la opción más ‘natural’ posible (qué palabra tan devaluada, ‘natural’), o quizá la más orgánica, es decir, aquella del hombre nómada prehistórico, guiado por los ritmos de la naturaleza y la caza. Cuando un miembro de aquellas tribus itinerantes moría, bien por enfermedad o por cualquier azaroso percance, estoy seguro de que era probablemente observado por el resto de congéneres del mismo modo que un gato observa a otro gato muerto: con curiosidad, sin aspavientos, quizá con angustia interior. Y estoy seguro de que, probablemente, el cadáver de aquel ser humano primitivo era abandonado allí mismo, a merced de las fuerzas descomponedoras de la naturaleza. Y que la tribu proseguía su camino.

Pues bien, hay algo en esa imagen que me inspira calma y paz. Imaginar mi cuerpo muerto, desnudo, tendido en medio de un bosque o campo, en cualquier azaroso lugar donde quiera que la muerte me hubiese sobrevenido. Quizá junto a un arbol, en los lindes de un claro, en un valle; quizá en medio de un prado, a la sombra de una roca solitaria. Encuentro dignidad en la imagen de un cuerpo rendido a la naturaleza, rodeado de animales en su trajinar diario, bañado por la lluvia, enfriándose bajo la luna, reduciendo su volumen y cambiando en textura y aspecto según pasan las semanas. Probablemente se pose en mi cuerpo algún que otro pájaro desde donde avistar su alimento, o quizá paste junto a mí algún indiferente venado. Al cabo de un tiempo, no quedaría ni rastro de mí. Una capa de hojarasca, humus después, se habría ocupado de ‘enterrar’, si es que sirve el término, mi montón de huesos.

De una única cosa debo asegurarme para que realmente sea éste es el final que quiero. Es lo siguiente: Nadie, ningún ser humano debería pasar por allí, jamás, al menos hasta que los restos sean irreconocibles. Si tal cosa ocurriese, dicho ser humano sería alertado por su sentido del drama y tomaría medidas para retirar el cuerpo de allí. Nadie responde como un animal; nadie se acercaría, olisquearía curioso, y se retiraría después, indiferente, prosiguiendo su camino.

La alternativa marítima es igual de válida en cuanto a desecho natural, pero no funciona igual. Los cuerpos, en el agua, se hinchan y flotan, y son devueltos a la orilla. De algún modo, el mar sabe que no pertenecemos a él. Los cuerpos despachados en las aguas del mar o un océano deben llevar un peso que les envíe al fondo. De todos modos, respeto profundamente la decisión de cualquiera que prefiera sustituir los gusanos por los peces (pescadores, marinos, poetas).

Epílogo

Un Teatro de noche, cerrado, vacío, tan sólo iluminado por tenues luces en el suelo. Entro en la sala desnudo, y atravieso el pasillo del patio de butacas, acercándome al escenario. Al otro lado del velo deberían estar la tramoya del cosmos, los bastidores del universo. Subo al escenario. Atravieso el velo casi sin separar sus dos hojas. La oscuridad es total aquí, al otro lado. No consigo discernir nada en absoluto. Doy media vuelta y vuelvo a mirar a través del velo, hacia las butacas. Por un momento, vemos el mundo sin nosotros. Sigue igual que antes; vacío, impasible. Es la última sinapsis, el último espejismo, la última mentira. Es simplemente un teatro de noche, cerrado, vacío. Después, miro mis manos y mi cuerpo, y ya no estoy allí. Ya no hay patio, ni pasillo, ni butacas. No hay teatro. Ni siquiera hay oscuridad.

El venado te mira, te olisquea, y después prosigue su camino.

Nota final: Sí, ya sé. No he explicado por qué debería decantarme por uno u otro procedimiento, cuando el punto principal del artículo es, precisamente, que no hay motivos para tener una preferencia u otra. Supongo que soy patético.

Jan
3

Mi espejismo (…o ‘Supersticiencia II’)

La primera gran virtud del hombre fue la duda, y el primer gran defecto la fe.
Carl Sagan

El mundo debe aniquilar y olvidar el legado de Paulo Coelho;
ese daño tan irreparable al sentido común debe ser reparado.

cabezaBomba

Tengo una visión. En mi visión del mundo no existen valores ni entidades no-físicas (metafísicas). El mundo que experimentamos, si efectivamente existe, es un mundo positivista y fenomenológico. En mi visión, gran parte de todo lo que sentimos y experimentamos como personas es un espejismo que en poco se parece a la ‘Realidad’.

Estoy convencido de que casi absolutamente todas nuestras creencias, recuerdos, emociones, intuiciones espirituales, sentimientos, convicciones morales, impulsos sociales, convenciones culturales e incluso las palabras y el lenguaje… son todos ellos espejismos, sinapsis, creaciones virtuales que tienen sentido únicamente en el contexto de la alucinación constante que es nuestra consciencia. Grandes espejimos neuronales conocidos por todos son conceptos como Dios, la Justicia, el Bien, el Mal… Son no-realidades que cumplen una u otra funcion social o adaptativa (evolutiva). Pero hay muchos otros espejismos que componen, a modo de collage ficcional, el espejismo global que es nuestra consciencia: tales como el libre albedrío, el concepto de felicidad, amor y amistad, y muchos otros. A todos ellos les otorgamos un valor muy distinto al que tienen realmente, si es que existe una contrapartida real para muchos de ellos.

La Belleza, el Alma, la Democracia… la idea de Dios, la Justicia, el Bien, el Mal… el valor del dinero, del estatus social, del poder, de la raza, del sexo, del Amor… todos ellos, “cajones” en el armario de nuestra mente donde creamos criaturas a base de estímulos de experiencia que, de otro modo, no tienen sentido alguno para nosotros.

El cerebro se ha especializado (=complicado) tremendamente en su lucha por la supervivencia, en su necesidad de replicación del código genético y el mantenimiento de la especie; sus necesidades, ansiedades, su capacidad de proyección, imaginación y abstracción (tanto individual como social), son mucho más sofisticados que los de cualquier otro animal, y tal intensidad generada en nuestro interior nos supera y nos parece real.

El resultado de todo esto es un intrincado e inescrutable mundo mental, un sistema de sensaciones y una serie de valores convencionales asociados a las mismas, valores que damos por reales a pies juntillas porque los sentimos en nuestras carnes pero que no tienen entidad alguna más allá de la información eléctrica (aunque en realidad todo ocurra a nivel molecular a través de neurotransmisores) y la red neuronal de las que están compuestos, como mapas variables de información (ver ‘Connectome‘). Vivir es auto-engañarse y creerse el espejismo codificado en esa intrincada red, en ese entramado virtual interno; es creer a pies juntillas la ensalada ficticia que nuestro cerebro elabora a partir de los ingredientes (datos reales) que nos entregan los cinco sentidos… y disfrutar con ello.

Creer y disfrutar, como el niño que, durante su infancia, se cree todos los cuentos y fábulas como si fuesen reales, y que elabora un mundo fantástico lleno de amigos invisibles que bien puede parecerse a las explicaciones míticas de los supersticiosos o seguidores de lo místico/religioso, de igual modo el cerebro adulto no termina —desgraciadamente, a pesar del arduo camino que supone la maduración personal hacia la realidad y la lógica— no termina, digo, de librarse de figuraciones, apariciones y mitos mentales que expliquen o le den valor a las extrañas y absurdas cosas que hacemos día a día.

Mi visión consiste en saber que todo lo que experimentamos como consciencia es una ficción, una alucinación neuronal que excita nuestro cerebro. He llegado a dicha conclusión/visión usando la lógica y la razón, del mismo modo que aprendimos que los colores no existen como tal, sino que sin (de nuevo) ficciones inducidas por nuestra propia estructura neuronal, y que bien pueden ser distintos para cada uno — y no hay manera de saberlo nunca. Tan solo podemos fiarnos de lo que todos nosotros, sin excepción, podemos compartir usando la razón y la lógica y llegar al consenso de que, en efecto, ciertas cosas, ciertos fenómenos, existen en nuestro entorno, fuera de nosotros. No son como las vemos o intuimos, pero podemos crear algo con ellas. Las matemáticas, por ejemplo, nos unen maravillosamente a todos en algo en lo que podemos estar de acuerdo unánimemente. Otras cosas basadas en la opinión o los sentimientos, intuiciones, ‘sensaciones’, son sin duda engaños de nuestra mente. Toda espiritualidad, todo valor, toda moral, todo misticismo, no son más que engaños que cada uno percibimos de una forma totalmente distinta.

No propongo abandonarnos al nihilismo que todo esto supone de forma evidente e innegable. Efectivamente, mi propuesta implica que el universo y la realidad, de tener algún sentido, no es un sentido que desde luego nosotros podamos entender. Más bien se diría que no existe un sentido propiamente dicho; quizá lo más parecido a una fuerza que lo mueva todo sea la selección natural y la evolución, motivo de ser del funcionamiento de nuestro cerebro descrito antes. Pero no tenemos manera de cancelar ninguna posibilidad; como digo, nuestros sentidos son cinco y a cinco están limitados nuestros canales de contacto con el exterior unívoco. Fácilmente podrá ver el lector que en este momento nos estamos dejando llevar por el más gigantesco espejismo, esa fascinante herramienta de estructurar la realidad que tiene nuestra mente: la ‘Verdad’. Quiero aquí destruir totalmente dicho concepto, y reemplazarlo por ‘Realidad’, mucho más creíble y auténtico, y desde luego, mucho menos manipulable, mucho menos diseñado para el mundo de la interpretación, la moralidad, la subjetividad. No existe la “verdad”, ni nos podemos entregar al nihilismo (nuestra propia naturaleza nos exige no hacerlo, nos imposibilita a ser auténticamente nihilistas al 100%); quedémonos con la posibilidad de una Realidad alcanzable hasta cierto punto y hasta cierto punto compartida, que nos permita avanzar en la medicina y la tecnología, y también con la presencia constante del engañoso, hipnótico e irrezachable Espejismo que nos empuja y manipula y define nuestras humanas vidas, nuestra sociedad y los comportamientos indescriptiblemente bizarros de la especie humana.

Ya hablamos en su momento de la Supersticiencia, los lectores habituales lo recordarán. No quiero que mi propuesta sea, como digo, la de una incapacidad irrevocable de que nuestras vidas ‘sean’ algo. Todo lo contrario, propongo creernos nuestro espejismo, cada uno el suyo, sabiendo que es una ficción, un cuento, una narración mental sin correspondencia en el mundo ni en los demás, pero que nos lo creemos como el niño cree en los fantasmas, del modo en que creemos que es real lo que nos cuenta una novela de ciencia-ficción, mirando nuestra vida desde dentro y no desde fuera.

Mirar la vida desde dentro es vivir un espejismo;
mirarla desde fuera es sufrir una visión.

cabezaBomba

Esta visión de la que hablo, en efecto, no es en sí misma un espejismo, porque es inferida a partir de razonamientos compartidos por todos; los hallazgos científicos, los razonamientos de la lógica y los constantes ridículos a que son constantemente expuestos otros acercamientos de la realidad son innumerables, si bien incapaces de convencer a las masas a lo largo de los siglos. No hay nada como una buena visión para derrocar a un maléfico espejismo. Como los promulgados por Paulo Coelho. Porque, efectivamente, hay espejismos nefastos: los que contradicen la Realidad compartida, lo único que nos une. No hay nada peor que renegar del único instrumento que se nos ha dado de entrar en contacto con la realidad, por muy limitado que sea.

Ciertamente, la ciencia no puede explicarlo todo ni arreglarlo todo. Soy el primero que sospecha de todo dogmatismo cientificista, debido precisamente a que considero la ciencia totalmente limitada por nuestras propias limitaciones ontológicas y de percepción e inteligencia. Tampoco deseo que el ser humano se convierta en una raza de seres puramente lógicos y desprovisto de valores. Abogo por la mentira que despierta pasiones, mentiras, amores y guerras, sangre y fuego por los más absurdos e indefendibles motivos. Adoro la capacidad LITERARIA del cerebro humano de convertir la realidad en una ficción, una narración alucinada a partir de impulsos obtenidos con terminaciones orgánicas, aunque estén constituidas de ínfimos rangos de percepción en una realidad infinitamente más compleja de lo que la más avanzada religión o dogma espiritual pueda jamás intentar acompasar en biblias o excusas basadas en la inescrutabilidad de lo sublime o los más sugerentes “misterios” que deseen inventarse. Todos ellos son espejismos recreados en las mentes de gurús tan auto-engañados como lo estamos tú y yo.

Edito: Una lectura recomendada y relacionada con todo esto sería, sin lugar a dudas, El Inmoralista, de André Gide, una obra introspectiva y pseudo-autobiográfica de una importancia literaria tal que podría entrar, si por mí fuese, en lo que Harold Bloom llamaba “el Canon Occidental“. Os haréis un gran favor leyéndola. A mí me cambió el modo de pensar, y no muchas obras consiguen tal cosa.

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