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Asterios Polyp

La primera vez que leí algo con dibujo de David Mazzucchelli fue hace más de 15 años, el día que volví a casa ––tras mi periplo semanal por las tiendas de cómic madrileñas–– con todos los números de la miniserie “Batman: Year One” (DC, 1987) bajo el brazo. Por entonces, yo no sabía que lo que me disponía a leer iba a terminar siendo considerada como una de las obras cumbre del hombre murciélago (y, por ende, del cómic de superhéroes) que redefiniría al personaje, cubriéndolo de sombras e impregnándolo de un realismo impresionista difícil de olvidar. Todavía recuerdo perfectamente algunas de aquellas viñetas como si fueran fotos de familia. Algún tiempo más tarde (no demasiado) cayó en mis manos “Daredevil: Born Again”, obra que adquirí guiado, sobre todo, por el renombre de su guionista. La verdad es que jamás olvidé algunas de las viñetas que desfilaron ante mis ojos con aquella lectura. Aquellos cuerpos y escorzos, aquellas composiciones de página, aquel ensamblaje de viñetas y aquellos dibujos a plena página no hacían más que abrirme los ojos a una realidad que ha definido mis gustos y mi forma de ver la narrativa desde que tengo uso de razón: que el cómic es el modo de expresión más avanzado de este siglo. Lamento parecer exagerado, pero así lo siento.
No fue hasta bastante más tiempo después que me entregué al placer de “City of Glass” (Avon Books, 1994), una versión ilustrada de la obra literaria homónima de Paul Auster, guionizada por el novelista neoyorquino y con dibujos de… ¡¿Mazzucchelli?! Y a aquellas alturas ya no sabía decir si quería leerlo por una firma o por la otra. Lo cierto es que ya había leído, entre otras, la novelita del afamado autor (que, por cierto, me había parecido sensacional) y la oportunidad de ver ambos talentos en conjunción me pareció ineludible. Efectivamente, se trataba de un cómic arrebatador en todos los sentidos: en el plano estético, en sus cualidades narrativas, en todas las sensaciones que provocaba. Se trataba de una obra postmoderna (entiéndase el término en toda su extensión y en su sentido más estricto) que pretendía fundir forma y fondo, línea y letra, obra y realidad, persona y personaje. Era una historia relativamente pretenciosa, pero que de algún modo se presentaba a sí mismo como una propuesta que no parecía tener excesivas ambiciones comerciales, editada en un modesto pero adecuado blanco y negro. Se trataba de poner a trabajar a dos talentos en la misma dirección, y ver qué pasaba. Daba la impresión de ser una colaboración entre amigos. Resultó ser una obra que aún se recuerda.
“Asterios Polyp” (Pantheon Books, 2009), bebe de “City of Glass” en bastantes ámbitos, algunos de ellos ya mencionados. Más estilizado, igualmente intelectual, más pretencioso (pero no cargante), más comercial, más preciosista. O más modernista, debería decir. El nuevo cómic de Mazzucchelli ––ahora sí, obra totalmente suya en todos los sentidos: guión, dibujo, color, rotulación… todo––, es un canto al estilo, al diseño, al arte y a los dominios del pensamiento abstracto, pero también a las personas y los sentimientos más universales que las unen. Y cuando digo ‘cómic’ quiero realmente decir cómic porque, a modo de nota aparte, me gustaría recalcar el rechazo que me produce la denominación ‘novela gráfica’ cuando se usa para dar un aire de elevación y superioridad artística a algo que no deja de ser… un montón de viñetas. Porque, aunque parezca increíble, el lenguaje que ha utilizado Mazzucchelli para contarnos su obra cúlmen, es el mismo lenguaje que se usa desde siempre para contarnos las aventuras a todo color de Flash, Superman o la Liga de la Justicia Internacional: el tebeo. Así de claro. Y éso es lo que hace grande a este autor y a esta obra. Que no es nada nuevo. Que los amantes del cómic van a babear, literalmente, al disfrutar del despliegue que hace este hombre de todos los recursos que permite dicho arte. De hecho, Mazzucchelli ha ilustrado tantos ‘tebeos intrascendentes’ de superhéroes como el que más, no es que provenga del cómic intelectual underground europeo, ni mucho menos. Tiene una cierta experiencia en eso de los leotardos.
“Asterios Polyp” es, entre otras cosas, un hermoso y agridulce cuento de amor entre opuestos, un cuento de extremos encontrados, de atracción y repulsión, de amor y… sí, efectivamente, de desamor. La historia es una trenza de biografía, filosofía, vida sentimental, líneas temporales, mundos paralelos, temáticas de la más diversa índole (desde la geometría a la arquitectura, pasando por la música y la psicología). También disecciona esa doble naturaleza entre la América profunda, atávica e ignorante pero también auténtica y mística, y la América moderna de los círculos intelectuales y de gran ciudad. Se puede decir que estamos ante una obra de dicotomías ––de hecho, los extremos opuestos son, en esencia, la visión del mundo que tiene el personaje principal. Y opuestos son los dos personajes que conforman esa pareja que no puede no ser pero que, a la vez, es imposible.
El final (tranquilos, no voy a destripar nada) no me gusta especialmente. Sí, tiene cierto sentido trágico; todos los indicios apuntan hacia esa dirección. De estar en la piel del autor, a mí me hubiese resultado difícil terminar la historia de esa manera que, en cierto modo, encierra un espíritu sádico e irónico. Pero es lo de menos, el final. Es lo que menos afecta al lector, excepto por el hecho de que llega, y que la lectura se acaba ahí. Quizá haya ciertos elementos en la historia, como el gemelo no-nato de Asterios, Ignazio, que son presentados con un cierto peso y que adquieren auténtica significación a lo largo del volumen, y que no son del todo bien desarrollados. De nuevo: no importa. Quizá así es como debe ser. “Asterios Polyp” es una historia de asuntos inconclusos, de cabos sueltos.
De modo que he llegado a la conclusión de que lo que más me gusta de este cómic ––más que su historia–– es, quizá, el diseño de personajes. No tanto por su profundidad y su definición casi literaria, sino por su diseño gráfico. El estilo de cada personaje, incluso la rotulación de sus ‘bocadillos’ de diálogo, refleja perfectamente su personalidad. Algunos de los momentos más emotivos de la historia están basados en el encuentro ‘estético’ de los personajes, en la fusión de sus dos estilos de dibujo. En efecto, los personajes más dionisiacos y apasionados se conforman en base a retazos abocetados y trazos sueltos, como es el caso de Daisy; otros, más apolíneos y sesudos, son representados con líneas y formas geométricas. Es el caso del propio Asterios, del personaje principal. Debo decir que las líneas que componen su rostro me obsesionan. Es, sin lugar a dudas, el mayor hallazgo de la obra. Su cabeza, con forma de concha, me ha llevado a confrontar su contorno con el de un molusco simétrico (ver composición en la imagen), analogía que tiene que ver con los propios impulsos estéticos del personaje, que llega a hablar de su fascinación por el diseño perfecto de la naturaleza. Si tuviera que quedarme con algo de este cómic sería, sin lugar a dudas, con el diseño visual de este gran personaje. Del mismo modo, su evolución personal encontrará un reflejo en el dibujo.
Se mire por donde se mire la cabeza de Asterios, desde cualquiera de los 360 grados, siempre tendrá ésta la misma forma o contorno. Casi se puede adivinar la configuración tridimensional de la misma, como una semiesfera soportada por curvas que se estrechan al bajar hacia los hombros. Asterios es invariablemente mostrado de perfil, con un hieratismo egipcio muy acorde con su personaje, y cuya silueta o contorno es mostrada a veces (quizá al trasluz de una ventana o en medio de la noche) para resaltar la inusitada forma de su cabeza. Solo en muy contadas ocasiones vemos sus rasgos en escorzo; quizá en momentos en que el autor lo presenta algo empequeñecido, humillado o ridiculizado. Y no parece él del todo.
Para terminar, debo decir que los rasgos faciales de Asterios me recuerdan a los de Robert Mitchum. Lo digo por si a alguien se le pasa por la mente la blasfema idea de realizar una película basada en este cómic. Ni lo intenten, señores. El actor ideal está muerto.
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Sixthman
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Daniel



