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El hombre que fue Jueves
G. K. Chesterton (1874-1936) fue un personaje extraño. Expresó profundas dudas sobre la evolución, era antivegetariano y antisufragista, cristiano bizarro, gran ilustrador, autor de una balada contra los vendedores de comestibles, filósofo y humorista, conservador en el mejor sentido de la palabra: “para Chesterton, el cristianismo es una futura salvación, el mal está en el pasado (el pecado original) y el bien en el porvenir. Abandonarse es declinar hacia atrás. Hay que revolucionar para ser conservador, porque las cosas tienden, espontáneamente, a degenerar en su esencia” (Alfonso Reyes). Un católico revolucionario. A este tío había que leerle.
“El hombre que fue Jueves” es una delirante mezcla entre una novelita de aventuras detectivescas y un ensayo de disertaciones metafísicas. Es una alegoría coral y global sobre la eterna lucha de los aspectos enfrentados de la realidad, el bien y el mal, el orden y el caos, el policía y el asesino. Es una historia de misterio y crimen donde los papeles se intercambian con macabra rapidez. Nada es lo que parece; el hombre vive sumido en un eterno estado de confusión en el que no sabe si está persiguiendo algo o está siendo perseguido. A la vez es divertido y ameno, fácil de leer, trepidante a ratos (el episodio “La inexplicable conducta del profesor De Worms” es desternillante), lleno de imágenes simbolistas, pinceladas de humor surrealista, exageraciones desmedidas, personajes esperpénticos y situaciones descabelladas. En ocasiones, el relato recuerda a aquellas persecuciones de la serie de dibujos animados de Sherlock Holmes, cuando una masa informa de centenares de policías perseguían al malévolo Moriarty dispuesto a despegar en su máquina voladora.
Syme (el héroe de la historia) es un ‘poeta del orden’ (a la sazón policía secreto) que, de mano de un ‘poeta del caos’, se infiltra en un grupo de anarquistas que planean destruir el mundo y derrocar la mismísima existencia. Se adentra en ese mundo y se hace amigo de ellos. Poco a poco, los personajes comienzan a desvelarse como agentes dobles; anarquistas que trabajan para la policía, detectives a las órdenes del hampa criminal. Entonces, el enigma de quién es la mano que mueve todos los hilos se extiende y enmaraña, las apariencias se confunden y nada es lo que parece.
—Mi impresión sobre [el Presidente] llegó a una crisis suprema ayer, cuando corrí en pos de él para tomar un coche y, al correr, le veía siempre la espalda (…) De pronto se me figuró que aquella cabeza vista de espaldas, ciega y sin fisionomía, era su verdadera cara: horrible cara que me contemplaba sin ojos. Y que aquella figura que huía de mí era la de un hombre que corre de espaldas, danzando al correr (…) ¿Quieren ustedes que les diga el secreto del mundo? Pues el secreto está en que sólo vemos las espaldas del mundo. Sólo lo vemos por detrás, por eso parece brutal. Eso no es un árbol, sino las espaldas de un árbol; aquello no es una nube, sino las espaldas de una nube. ¿No ven ustedes que todo está como volviéndose a otra parte y escondiendo la cara? ¡Si pudiéramos salirle al mundo por enfrente!…
Lo único que se puede echar en cara a la narrativa en “El hombre que fue Jueves” es su lenguaje saturado de adjetivos, sobrecargado, demasiado barroco. La traducción (por una vez, leo en español) no atenúa esta impresión, quizá en su afán de replicar dicha exageración, con términos arcaicos y expresiones polvorosas o farragosas. Aun así es una lectura muy recomendable. Se piensa, se ríe, se aprende. Las aventuras (duelos, carreras, retos detectivescos) se ven trufadas de conversaciones filosóficas con la mayor naturalidad y comicidad. Es toda una apología del orden desde el desorden, una negación de las paradojas basada precisamente en esa figura literaria. Es una gamberrada, una chiquillada, un placer que algunos paladares agradecerán con una sonrisa.
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Sixthman
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