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Nov
28

Idiología

Uno de los principales problemas (a nivel político) de la sociedad española es su endémica falta de pragmatismo y su obsesivo ensalzamiento de las ideologías, que se suele cristalizar en un sectarismo generalizado. No es difícil que la gente se considere ‘de izquierdas’ o ‘de derechas’, independientemente del momento político o la situación del país y las medidas necesarias para poner remedios. Me parece sencillamente incomprensible cómo una persona puede defender indefinidamente un modelo determinado, sea cual sea, aun siendo evidente que las medidas necesarias para reactivar el empleo y la economía son las opuestas. Es increíble ver, en este sentido, cómo la gente está suscrita a votar siempre la misma opción, generalmente con el mismo comentario: “Yo nunca votaría a los otros”. Qué condicionados al miedo. Qué repulsión a la alternancia democrática.

Esto, sencillamente, no ocurre en otros países europeos, por muy marcada que esté su idiosincracia, que han demostrado adaptarse a cambios radicales sin despeinarse dando auténticas lecciones de cómo no ser conservador. El Reino Unido, Francia e Italia tienen una marcada tradición o tendencia histórica (socialdemócrata los dos últimos) pero no se les caen los anillos a la hora de votar según las necesidades del país. Eso no quita que, cuando lleguen las vacas gordas y se pueda volver al gasto, no dudarán en votar en otra dirección. ¡Para qué hablar de Estados Unidos! Otros ejemplos que me vienen a la cabeza son los planes quinquenales de Lenin con sus retornos transitorios a formas de capitalismo controlado, o las decisiones de Bush en los últimos meses de su mandato en lo relacionado a los bailouts financieros, generando una crisis ideológica interna.

En España mucha gente tiene su ‘carnet de socio’. Muchos españoles son hinchas ideológicos capaces de excusar hasta los errores más injustificables de sus lidercillos. Yo, por mi parte, nunca podré decir ‘soy de izquierdas’ o ‘soy de derechas’ como oigo decir a mucha gente. Adoptaré uno u otro aspecto de las posibilidades según las circunstancias dadas. Esto no es ser “chaquetero” (término predilecto en el diccionario ibérico de piquetes y esquiroles), en mi opinón es ser pragmático, realista; no me importa dejar de ser ‘moderno’ a ratos. Además, por lo general, toda persona suele mezclar en su fuero interno convicciones de un extremo y otro del espectro según se trate de cuestiones económicas o sociales o de otra índole. Todavía no entiendo cómo ambos ‘lados’ se han apropiado de valores que deberían pertenecer indistintamente a un lado o al otro (religión, homosexualidad, aborto, patriotismo, y un sinfín más). Los partidos se aprovechan de todo esto hasta límites insospechados. En consecuencia, desconfía de quien asegura ser de izquierdas ‘para todo’ o de derechas ‘para todo’. No es sincero consigo mismo. El dogma ideológico se ensalza hoy día como si fuese la demostración de coherencia definitiva, cuando en realidad es una muestra de alienación. Sé suspicaz.

En este sentido, os recomiendo un sitio web en el que podéis ver representada vuestra posición en el plano de coordenadas políticas. Sin embargo, y de ésto trata este post, es interesante hacer el test considerando el momento concreto del país y la política que debería ser implementada de acuerdo al análisis de opinión del lector. Por supuesto, no se deben sacar conclusiones definitorias; más bien, se debería realizar el test cada cierto tiempo para comprobar cómo fluctúa la opinión de uno. Porque, si no lo hace, hay que preocuparse. Al menos un poquito.

A mí, hoy, me ha salido libertarianismo (o anarquismo) de izquierdas — izquierda social, pero contra el intervencionismo estatal.

Nov
22

Film: Canino

Han pasado casi un par de semanas desde que vi la joya griega Canino (Dogtooth, 2009, Yorgos Lanthimos)  y aún no me he sobrepuesto a sus implicaciones. Todavía me sorprendo a mí mismo pensando profundamente en todas las cosas que me fueron sugeridas durante aquellos 94 minutos. Y es que no es para menos, porque, en un mundo como éste en el que cada vez es más difícil encontrar historias originales y planteamientos nuevos, “Canino” es un oasis de cine, puro cine. Y bastante literatura, a mi modo de ver. Sinceramente y sin exagerar, creo que no veía nada parecido desde “Los Idiotas” del maestro danés, quien dijo que ‘una película debería ser como una piedra en el zapato’. Pues bien, esta lo es. Una piedra preciosa y afilada.

Una familia —padre, madre y tres hijos; dos hembras y un varón— viven a las afueras de una ciudad indeterminada, en una casa de campo con una piscina y una gran parcela rodeada por elevados setos. Los hijos rondan los veinte años pero jamás han salido de la casa. Están siendo educados, quién sabe por qué motivo, de un modo totalmente distinto al habitual y sin contacto con el mundo exterior. A través de unas cassettes que el padre graba en casa, les enseñan un vocabulario alterado (un “coño” es una lámpara, un “mar” es una butaca de cuero, un “teléfono” es un salero), les enseñan a ladrar en los confines de la parcela cuando existe la amenaza del peor monstruo que existe en el mundo: un gato. Incluso les llegan a decir que la madre está embarazada de un perro que nacerá pronto. Según el padre, los hijos sólo podrán salir de la casa cuando maduren, es decir, cuando se les caiga el colmillo derecho. Ni que decir tiene que los jóvenes se comportan de un modo totalmente diferente a los demás jóvenes de su edad.

La cinta es una sobredosis de absurdo extremo, como por ejemplo la escena del baile de las hijas (¿cómo baila alguien que nunca ha visto a nadie bailar?) o la propia forma de hablar de los miembros de la familia (un galimatías de palabras intercambiadas), o el modo en que los hijos creen que un hermano muerto (del cual no sabemos si no es otro mito inventado por los padres) se encuentra al otro lado del seto y a quien lanzan objetos a modo de recuerdo. Hay otras escenas mucho más extrañas e impactantes, pero no pienso desvelarlas. Sólo decir que este film no entiende el significado de la palabra “tabú”. Por momentos, de hecho, parece zambullirse en ellos con una facilidad sobrecogedora.

Una de las mayores virtudes de “Canino” es la multitud de interpretaciones que admite. Estoy seguro de que cada persona le dará su propia ‘explicación’ a los eventos que se desatan en la pantalla. Desde mi punto de vista, la película propone una visión alternativa de lo que son las convenciones sobre las que construimos nuestras vidas y del modo en que todo lo que damos por sentado es —en mayor o menor medida— una convención. El lenguaje, las creencias, los significados… todos estos pilares los aprendemos de algo externo que nos posee, de lo que nos gobierna y domestica absolutamente: el poder. Así, el argumento de ‘Canino’, la historia que nos cuenta, se ensambla siguiendo una deconstrucción de valores y convenciones. ‘Deconstruir’ es dislocar el centro que convencionalmente determina la estructura de un sistema. Si cambiamos de sitio el centro del significado nos resulta más fácil vislumbrar aspectos más profundos. El hecho de que los niños nos parezcan anormales —y su comportamiento, totalmente aberrante— no debe indicarnos que nuestro entorno es el ‘normal’ y el suyo no; más bien, que nuestras vidas y sistemas de creencias, las órdenes que seguimos ciegamente, las palabras y mensajes que articulamos, son igualmente anormales y aberrantes… no son el centro, no son verdades unívocas. Y no nos damos cuenta. No podemos salir de nuestra parcela, no se nos termina de caer el colmillo. Nunca abandonamos la inocencia, la ignorancia, nunca crecemos ni maduramos. Tan sólo ladramos de miedo, como perros condicionados por el padre, por el dueño. La película, finalmente, parece representar una explosión de la voluntad (que no rebeldía) a pesar de toda opresión. Esto no significa, sin embargo, ninguna concesión optimista al humanismo.

En todo caso el cinéfilo está de enhorabuena, ya que todas estas consideraciones de fondo encuentran un vehículo efectivo en la forma. Esa dislocación del centro se reproduce en los encuadres de los planos, que se resisten a colocar en el foco de atención lo que en principio debería serlo. En multitud de escenas, lo que debería ser el ‘centro’ se queda fuera de plano o en los márgenes del encuadre. Es el centro que no es un centro, que está fuera del sistema. Lo que importa es lo marginal.

Pero no sólo es éso. Son las interpretaciones de los actores, el aséptico montaje, la puesta en escena, el guión, el retorcido humor que se va configurando escena por escena tras la extrañeza inicial, los sutiles y efectivos efectos de sonido, y toda una batería de virtudes cinematográficas que hacen de este título una de las mejores películas que recuerdo en mucho tiempo. En años, quizá.

Nov
21

El hombre que fue Jueves

G. K. Chesterton (1874-1936) fue un personaje extraño. Expresó profundas dudas sobre la evolución, era antivegetariano y antisufragista, cristiano bizarro, gran ilustrador, autor de una balada contra los vendedores de comestibles, filósofo y humorista, conservador en el mejor sentido de la palabra: “para Chesterton, el cristianismo es una futura salvación, el mal está en el pasado (el pecado original) y el bien en el porvenir. Abandonarse es declinar hacia atrás. Hay que revolucionar para ser conservador, porque las cosas tienden, espontáneamente, a degenerar en su esencia” (Alfonso Reyes). Un católico revolucionario. A este tío había que leerle.

“El hombre que fue Jueves” es una delirante mezcla entre una novelita de aventuras detectivescas y un ensayo de disertaciones metafísicas. Es una alegoría coral y global sobre la eterna lucha de los aspectos enfrentados de la realidad, el bien y el mal, el orden y el caos, el policía y el asesino. Es una historia de misterio y crimen donde los papeles se intercambian con macabra rapidez. Nada es lo que parece; el hombre vive sumido en un eterno estado de confusión en el que no sabe si está persiguiendo algo o está siendo perseguido. A la vez es divertido y ameno, fácil de leer, trepidante a ratos (el episodio “La inexplicable conducta del profesor De Worms” es desternillante), lleno de imágenes simbolistas, pinceladas de humor surrealista, exageraciones desmedidas, personajes esperpénticos y situaciones descabelladas. En ocasiones, el relato recuerda a aquellas persecuciones de la serie de dibujos animados de Sherlock Holmes, cuando una masa informa de centenares de policías perseguían al malévolo Moriarty dispuesto a despegar en su máquina voladora.

Syme (el héroe de la historia) es un ‘poeta del orden’ (a la sazón policía secreto) que, de mano de un ‘poeta del caos’, se infiltra en un grupo de anarquistas que planean destruir el mundo y derrocar la mismísima existencia. Se adentra en ese mundo y se hace amigo de ellos. Poco a poco, los personajes comienzan a desvelarse como agentes dobles; anarquistas que trabajan para la policía, detectives a las órdenes del hampa criminal. Entonces, el enigma de quién es la mano que mueve todos los hilos se extiende y enmaraña, las apariencias se confunden y nada es lo que parece.

—Mi impresión sobre [el Presidente] llegó a una crisis suprema ayer, cuando corrí en pos de él para tomar un coche y, al correr, le veía siempre la espalda (…) De pronto se me figuró que aquella cabeza vista de espaldas, ciega y sin fisionomía, era su verdadera cara: horrible cara que me contemplaba sin ojos. Y que aquella figura que huía de mí era la de un hombre que corre de espaldas, danzando al correr (…) ¿Quieren ustedes que les diga el secreto del mundo? Pues el secreto está en que sólo vemos las espaldas del mundo. Sólo lo vemos por detrás, por eso parece brutal. Eso no es un árbol, sino las espaldas de un árbol; aquello no es una nube, sino las espaldas de una nube. ¿No ven ustedes que todo está como volviéndose a otra parte y escondiendo la cara? ¡Si pudiéramos salirle al mundo por enfrente!…

Lo único que se puede echar en cara a la narrativa en “El hombre que fue Jueves” es su lenguaje saturado de adjetivos, sobrecargado, demasiado barroco. La traducción (por una vez, leo en español) no atenúa esta impresión, quizá en su afán de replicar dicha exageración, con términos arcaicos y expresiones polvorosas o farragosas. Aun así es una lectura muy recomendable. Se piensa, se ríe, se aprende. Las aventuras (duelos, carreras, retos detectivescos) se ven trufadas de conversaciones filosóficas con la mayor naturalidad y comicidad. Es toda una apología del orden desde el desorden, una negación de las paradojas basada precisamente en esa figura literaria. Es una gamberrada, una chiquillada, un placer que algunos paladares agradecerán con una sonrisa.

Nov
11

Pastiches y clichés

En el cine y el teatro suele haber una serie de estructuras narrativas standard que se repiten desvergonzadamente hasta la saciedad. Existen “películas tipo” que tienen la peculiaridad de que sabemos cómo van a terminar desde la primera escena debido a que ya hemos visto 500 películas exactamente iguales anteriormente. Vamos a ver algunos de los paradigmas más extendidos:

#1 Un grupo de hombres, mujeres o (¡peor aún!) parejas, se reunen periódicamente (cada año, cada diez años), para rememorar viejos tiempos y comprobar cómo les ha ido la vida según van haciéndose mayores; suelen estar casados, alguno con hijos, pero siempre está el clásico ligón que sigue siendo soltero y un poco “loser” que siempre llega tarde y es un poco impresentable; también aparecen siempre la solterona tímida, el freaky mascota, el guapo perfecto, la salidorra, el borrachito… ya sabéis. Cada uno de ellos arrastra a la citada cita todas sus frustraciones y tragedias personales, que intentan disimular ante los demás tras una sonrisa hasta que, poco a poco, va saliendo toda la mierda y los conflictos y las miserias empiezan a saltar entre ellos. Al final suele morir uno de los personajes más entrañables (¿el anfitrión?), hecho que vuelve a unirles a todos en armonía.

#2 Un ex-combatiente o ex-madero retirado del servicio vive apartado en un lugar rural. Un buen día llega (en helicóptero) un alto mando, que solía ser su mentor y único protector en la época en que solía ser un soldado/policía perfecto, una máquina de matar difícil de tratar. El alto mando le intenta convencer de que vuelva para “una última misión” (que será la penúltima para cuando saquen la segunda parte), a cuya proposición en ex-combatiente se niega. “Venga va, porfa”, le dice el alto mando, que recibe de nuevo negativa tras negativa hasta que le dicen que su hermana, o su prima, o su hamster, están en peligro si no accede a intervenir, tras lo cual accede. Al final mueren muchos en la película excepto el alto mando, el ex-combatiente y el hamster, que es rescatado in extremis.

#3 Grupo de jóvenes decide ir de excursión, de nuevo a un paraje rural, lo suficientemente apartado como para que no haya cobertura ni posibilidad de comunicarse en modo alguno con la sociedad; Suelen dirigirse hacia su destino o bien en coche viejo y desvencijado, o en super-monovolumen o pick-up moderna y nueva, dependiendo de si son pijos de ‘college’ o freakies en paro. Suelen estar tod@s buenísim@s o por el contrario ser una colección de monstruitos, que en las luminosas secuencias iniciales van camino de su perdición mientras escuchan en la radio del coche la última sensación del rock americano, quizá fumando un poco de hierba, contando chistes de tetas o tocando la guitarra acústica mientras sacan un pie descalzo por la ventanilla. Tras un par de indicios de que algo no va bien por la zona como por ejemplo una cabeza decapitada pinchada en un palo (indicios que ellos ignoran totalmente), ocurre lo siguiente: Tras poner el camping o acomodarse en la cabaña de turno, las parejas que al caer la noche hacen guarrerías sexuales (o aquellos que se hacen una pajilla en soledad) van siendo asesinadas uno tras otro, cayendo como moscas, a diferencia de los que se mantienen castos, quién sabe por qué. El caso es que alguien a quien nunca se le puede ver la cara los está matando de las formas más rebuscadas y poco creíbles, por ejemplo con una percha recubierta de centenares de anzuelos o algo similar. Al final mueren todos, claro, excepto uno de los jóvenes, a quien vemos en el plano final huyendo por una carretera lleno de sangre, gritando traumatizado. El asesino resultaba ser, simplemente, un loco de la zona. Títulos de crédito con recortes de periódicos de los días posteriores a la matanza con música metal.

#4 Chico encuentra chica en circunstancias difíciles para ambos; por ejemplo, a ella se le acaba de morir el novio y a él le acaba de dejar la novia. Quedan de vez en cuando y el espectador ve que conectan, aunque ellos aún no se dan cuenta; generalmente son personajes puros e inocentes que no se pueden imaginar que lo que quieren subconscientemente, en realidad, es follar. El caso es que llega el momento del beso, suenan los violines, ha llegado el momento perfecto, el amor vuelve a sus vidas, ella se olvida del muerto, él supera haber sido abandonado. Pero, al día siguiente, ooohhh… ocurre que: A) regresa la novia de él, que vuelve a querer rollo y él se ve obligado a estar con ella porque está embarazada o le extorsiona con un secreto, o B) la chica se da cuenta de que es ella la que está embarazada (del muerto, evidentemente, ya que con el chico aún no se ha acostado) y decide alejarse de él por miedo al rechazo. Durante todo el tercer acto no se llaman, ni se ven, parece que se separan para siempre. Evidentemente en este modelo no muere nadie; después de un par de canciones tristes y un par de escenas de bajón en las que el espectador se entristece por “lo que podía haber sido”, sucede ¡OH! el reencuentro perfecto: ella aborta, o él decide adoptar al hijo, o la ex-novia malvada se lleva su merecido y, no sólo éso, sino que se hace buena y en la boda del final sonríe, orgullosa, de su ex-novio (que no es otro que Ben Stiller, o Adam Sandler, o alguno de estos). Extrañamente, en estas películas siempre está más buena la ex-novia mala que la chica con la que se queda el prota al final, cosa que no ocurre con los chicos de ella. Pensad en ello.

#5 Asesino en serie busca un capítulo chulo de la Biblia que mole y que tenga mazo sangre. Este recurso es bueno porque la Biblia es bastante tocha y de ahí salen miles de películas. Por ejemplo, una de un asesino en serie que sigue los 7 pecados capitales. Otro, que usa partes perdidas del cuerpo de Cristo para reconstruirle en Semana Santa. Otro puede inspirarse en el Apocalipsis, fuente inagotable de inspiración. El caso es que siempre hay 2 policías a quienes adjudican el caso, uno joven y apasionado y otro, algo mayor, más sensato y formal, que suelen enfrentarse pero su enfrentamiento hace que sus dos mentes juntas consigan atrapar al malvado, cosa que no conseguirían solos debido a sus “handicaps”, puestos a prueba por la mente perversa del “killer”. Pero esto da igual, porque el final es siempre el mismo: el asesino, haciendo que nuestros héroes se sientan utilizados, humillados, inútiles y superados, va matando una a una, inexorablemente, a todas las víctimas que tenía en su lista de la compra; una por Lázaro que volvió de entre los muertos fastidiándole su apuesta en internet, otra por el leproso al que Jesús insensiblemente le negó un milagrillo, otra por el agujero del monedero de San Judas… a todas las víctimas excepto a la última, ya que en un último momento aparece una pista del pasado, algo que dejaron por alto cuando al principio de la peli entraron en su domicilio lleno de pinturas macabras y (de nuevo) recortes de periódicos, algo que les enciende una lucecita en forma de flashback revelador y que les dice quién es la víctima y dónde va a morir (como en el Cluedo: el mayordomo, con el candelabro, en el vestíbulo), una pista que les ayuda a detener al villano justo antes de cortarle el cuello a una niña. Al final, todos contentos porque la niña se ha salvado, pero un poco deprimidos porque el caso les ha llevado a un pozo existencial del que tardarán en salir. Música industrial con zumbidos, imágenes de moscas disecadas y mechones de pelo escondidos en un cajón, habitaciones de aire enrarecido.

#6 Nave espacial a punto de volver a la Tierra tras un laaaaaargo viaje interestelar recibe un mensaje anónimo de socorro que proviene de “aquel asteroide de allí, Señor”. Las normas de navegación les obliga, a pesar de que a nadie le apetece estar parando, a desviar su curso y ayudar al emisor de la señal por motivos humanitarios. Pero lo que allí encuentren será todo menos humano: el típico marciano baboso se abalanzará sobre ellos, matando uno a uno a los miembros de la tripulación en un ambiente oscuro y oxidado. Al final, cuando consiguen matar al bicho y escapar en una nave auxiliar, vemos en el último plano cómo el extraterreste ha conseguido dejar antes de morir un montón de huevecillos en la mochila del superviviente. Suena una musiquilla en plan “cuando veas la 2ª parte sabrás lo que ocurre al eclosionar estos huevos en la Tierra”. Y tú no te lo querrás perder, ¿verdad?. (NOTA: Todo aquél que guste de la ciencia-ficción sabrá que no sólo ALIEN, El Octavo Pasajero se ajusta a este modelo. Además, si contamos las películas que siguen este cliché aun sin estar ambientadas en el espacio exterior, el número se multiplica por cien, bueno, por diez al menos).

#7 El siguiente cliché es, sin duda, el más prolífico de todos. En esta otra opción hay 2 posibilidades: que el espectador sepa de antemano quién es el policía infiltrado, o que no se desvele hasta el final. En ambos casos se juega o bien con la tensión de saber al “bueno” en peligro, o bien con el golpe de efecto final al ser desvelada su identidad. ¡No me puedo creer que fuera él!. El caso es que tenemos a un grupo de delincuentes, que no se conocían de nada entre sí (o éso parece), reunidos en un almacén convocados por un cerebro criminal que ha ideado un plan para dar un golpe magistral que les permitirá a todos dejar (si eso es lo que desean) su vida de delincuencia para siempre y retirarse para siempre a una playa con mujeres y daikiris fluyendo sin fin; la identidad de este cerebro, dicho sea de paso, puede también ser o no una incógnita. Así que los delincuentes preparan el plan según las instrucciones del autor intelectual, distribuyéndose las tareas, etc., siguiendo siempre en cada escena los tópicos de este tipo de películas: pinceladas de cine negro, empatía por los delincuentes que son mostrados como personas con sentimientos y dudas y miedos, desconfianza entre los personajes, descripción paso a paso del complicado plan del golpe del que se hace partícipe al espectador, que si hay una cámara por aquí, que si conozco a uno que nos deja entrar, que si yo soy el especialista en explosivos, etc. Mientras tanto, el policía infiltrado se ve obligado a matar a alguien (pongamos por ejemplo un traidor) para demostrar su fidelidad, su sangre fría y su maldad infitina al resto y acallar sus suspicacias (le habían pillado antes hablando sospechosamente por el móvil, mira que te habíamos dicho que el contacto con el exterior está prohibido durante la preparación). Evidentemente se carga al tipo, que atado a una silla llorando le implora con ojitos de cordero degollado que por favor no lo haga; se lo carga pegándole un tiro en los sesos, lo cual le generará un dilema existencial y moral que se ve obligado a ocultar ante los demás. Paralelamente a todo esto suele haber de por medio, aunque no siempre, una chica sexy y no muy de fiar que en realidad no influye para nada en la trama, excepto quizá para darle en la cama ánimos al personaje inflitrado (cariño, no pasa nada por matar a alguien, era un criminal y te viste obligado a hacerlo porque tú eres un hombre de verdad que está dispuesto a todo lo que sea necesario y por éso me pones) o quizá más probablemente para seducir con malas artes al miembro más débil e incauto del grupo que, llegado el momento, la caga de alguna manera influenciado por susodicha fémina, de quien ilusamente se ha enamorado, poniendo en peligro al grupo y al plan. Sin embargo, normalmente, esto no es suficiente para echarlo todo a perder; es sólo un pretexto para meter líneas argumentales. Evidentemente el incauto y la chica mueren de una u otra manera. Por norma general, y casi siempre gracias a la ineficacia de los cuerpos y fuerzas de seguridad de uniforme, que no consiguen evitar la huida de la furgoneta ni rastrearla eficientemente, el grupo consigue dar el golpe (si no lo consiguiesen, no se podría mostrar las luchas intestinas y traicioneras que se desatan para quedarse con todo el botín), y normalmente quedan en pie sólo dos personajes: el infiltrado y el más listo y malo de los criminales, que por cierto a esas alturas ya se han hecho grandes amigos a pesar de las dudas; el malo maloso confía ciegamente en el prota, al fin y al cabo se cargó al traidor sin miramientos. Este es el momento climático en que la tapadera del poli bueno es desvelada, y se desata el conflicto definitivo, casi siempre vía tiroteo o duelo dialéctico pseudo-moral. Y al fin, como podréis adinivar, ocurre una de estas 2 cosas: A) El poli infiltrado se las ingenia para apresar a los malosos (de los que se desentiende por completo) y recuperar el dinero de los contribuyentes, o B) El misterioso cerebro de la operación, hasta ahora en la sombra, demuestra su supremacía acabando con el lacayo y dejando al policía infiltrado con dos palmos de narices (hermosa expresión), huyendo a las Bahamas y dándonos la lección de que los malos siempre ganan, o que si te mezclas con el hampa terminas siguiendo sus reglas, o algo por el estilo. Banda sonora a la vieja escuela, dos horas y cuarto de duración, gran reparto de estrellas, al menos una persecución de coches. [NOTA: En otra variante de este pastiche, la chica se queda con toda la pasta al final sin mover un dedo, bien porque ella era el cerebro del plan desde el principio, o simplemente porque era la más lista de la peli. Versión sin duda más realista que las demás.]

Seguiremos otro día.

Nov
9

El cerebro del hombre

—Sería una nueva emoción el meterle un cuchillo a un presidente francés y remover después el hierro en la herida.

—Se equivoca usted —dijo el secretario, frunciendo las cejas—. El cuchillo es el arma de la antigua disputa personal con el tirano personal. La dinamita se esparce, y sólo mata porque se ensancha; asimismo el pensamiento, que sólo mata porque se difunde y ensancha. ¡El cerebro del hombre es una bomba! —exclamó, entregándose a su pasión y pegándose con violencia en el cráneo—. ¡Yo siento que mi cerebro es una bomba, a toda hora del día y de la noche! ¡Quiere estallar, quiere estallar! ¡El cerebro del hombre necesita estallar, aun cuando destruya el universo!

El hombre que fue jueves, G.K. Chesterton

Nov
7

Haber qué pasa con la ortografía

Ahora que lo pienso… RAE y SGAE riman.
cabezaBomba

Las reformas introducidas por la RAE en la ortografía “oficial” del español han disparado la polémica, el Infierno se ha desatado en la Tierra. A mí me resulta un indicador de lo conservadores que somos para algunas cosas. No quiero decir que defienda la reforma; quiero decir que me da igual la reforma porque no acepto la autoridad de la RAE. De hecho, siempre me ha parecido gracioso el modo en que los españoles parecen aceptar dicha autoridad, casi como si los desvaríos de sus empoltronados miembros (a cada cual más repelente) fuesen decretazos legales. Las lenguas no necesitan instituciones que las ‘cuiden’. Las lenguas son seres vivos que evolucionan y cambian anárquicamente de mano de su masa de ‘usuarios’, y el papel de las instituciones debería ser, a lo sumo, reflejar el uso más común de la lengua en el momento actual, no marcar el uso correcto. El inglés no tiene una ‘real academia’, a pesar de lo cual su gramática ‘correcta’ se conserva perfectamente.

De todos modos, mi formación lingüística me lleva a comentar algunos de los cambios, porque la lengua se me antoja a veces un divertido juego, y otras algo trascendental que define nuestras vidas, y en todo caso es siempre ‘food for thought’ (lo cual, por cierto, no tiene traducción literal). Como introducción recordaré el sugerente discurso en 1997 de Gabo, que tituló Botella al mar para el dios de las palabras: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?”

Más que jubilar a la ortografía, que sirve bien como lugar común, se trata de abolir las dictaduras academicistas sobre ella. No debería existir un consejo de sabios, remunerados y obedecidos, que marquen el rumbo de algo que se conduce solo. La mera existencia de esa institución responde a dicha mentalidad formalista y conservadora respecto al lenguaje, y que ha quedado en evidencia estos días con las reacciones a la noticia que nos ocupa: los hablantes son más conservadores que la propia institución.

Todos recordamos con orgullo y admiración la originalidad y libertad creativa y expresiva del poeta total que fue Juan Ramón Jiménez y su manera de jugar con la ortografía, recrearla, mover sus fichas, tildes y letras de un sitio a otro, para resonar y explicar cosas encerradas en las palabras. Pero cuidado, eso sólo puede hacerlo Juan Ramón porque es Juan Ramón; cualquier otro no tiene derecho, el resto de mortales debemos atenernos a los mandatos de cuatro ratones de biblioteca.

Un pequeño repaso

A pesar de todo esto, siempre podemos meternos en vereda normativa y olvidarnos de la naturaleza casi biológica y evolutiva de la lengua, para discutir sosegadamente algunos aspectos de la reforma (click para desplegar)

En fin, tampoco conviene ponerse demasiado tiquismiquis, ni profundizar demasiado en el juego. Lo importante, lo realmente importante, es que no se cometan burradas como la del título de este post, y muchas otras similares, que son las que realmente hacen daño a la comunicación y la expresividad de una lengua —como el pérfido dequeísmo—, propias de la falta de amor a la lectura y a una expresividad rica basada en la decisión y necesidad comunicativa individual y no en la ignorancia y el analfabetismo.

Nov
2

Un final. Caprica.

Breve post para dar la despedida a una serie que no me tenía especialmente contento, pero sí perdidamente enganchado. Caprica ha sido una serie que ha intentado lo que ninguna antes; de hecho, pocos libros y menos películas se han propuesto narrar algo tan grande como la caída de la humanidad, el inicio de la vida sublimada (en formas robóticas), y una épica religiosa que marca el inicio de la Nueva Era (más atractiva, no os lo niego) que se nos presentó en Battlestar Galactica, una de mis creaciones audiovisuales favoritas de la ciencia-ficción e hito de calidad en el mundo de las series de televisión.

Ni siquiera me apetece utilizar la palabra “precuela”. Caprica ha sido la excusa semanal para entregarnos a un sinfín de meditaciones acerca de temas auténticamente propios del género y que fascina a sus más ‘serios’ seguidores. De hecho, Caprica es una serie que resulta mucho mejor cuando se piensa en ella que cuando se ve. Quizá este ha sido uno de sus problemas con la audiencia. Acaso también sea cierto que la narrativa, en ocasiones, dejaba algo que desear. Debemos reconocer que la inclusión del mundo virtual (‘New Cap City’), si bien absolutamente imprescindible a nivel argumental, nunca debió diseñarse y filmarse como un videojuego. También se ha dicho que Caprica no ofrecía ninguna figura ‘positiva’ en la que identificarse; que ningún personaje en su plantel coral −trufado de mafiosos, terroristas, empresarios sin escrúpulos y odiosos líderes conspirativos−, ninguno ofrecía un ‘alivio moral’ para el lector, con ninguno cabía identificarse o alinearse. Sin embargo, para mí, era ésa precisamente una de las principales virtudes de Caprica: la absoluta decadencia de la humanidad. Ni siquiera hay espacio para el anti-héroe, esa figura irónica a la que se agarran los cínicos. No. Caprica es honesta, fría, brutal. Para desatar el infierno Cylon, para abrir la caja de Pandora de la fruta prohibida, es necesario caer muchas veces, pecar muchas veces, repetir muchas veces el mismo error de forma consciente. Y eso es lo que hacen el señor Greystone y toda la pléyade que puebla esta fantástica serie.

Creo que la ficción especulativa, sobre todo la que tiene tintes metafísicos, es un hueso duro de roer para quienes buscan el (innegable) glamour de una patrulla de Cylons liándose a tiros con todo lo que se menea, o las batallas intergalácticas de naves espaciales, momentazos que eran auténticas maravillas en Battlestar Galactica. Pero, digo yo, hay tiempo para todo, y nada mejor que una pseudobíblica recreación del inicio de la vida sintética o inteligencia artificial, puesta en paralelo con la posibilidad de la vida después de la muerte, para estimular las neuronas.

No quiero entrar a analizar por qué una serie tan prometedora es cancelada antes de finalizar la primera temporada, ni al error que ha supuesto dividirla en dos partes separadas por un año, lo cual, evidentemente, ha matado al show. Y me cuesta trabajo creer que se haya decidido suspender la emisión ipso facto y dejar ‘en latas de conserva’ los 5 capítulos restantes, ya producidos, hasta que se emitan “en algún momento en 2011″ como por obligación. Es simplemente inaudito. Tampoco le quiero dar vueltas a la nueva trayectoria que ha abrazado SciFi, perdón, ahora SyFy, y mucho menos sabiendo que ahora les ha dado por programar wrestling, o lucha libre, o como se llame. Es el principio del fin de un canal que, sin ser una panacea, de vez en cuanto ha ido ofreciendo algún que otro producto entretenido. En fin. Todo el mundo sabe que la avaricia es la reina de este mundo. Sobre todo, los que veíamos Caprica.

Consuelo (o patética consolación) será Battlestar Galactica: Chrome and Blood. Esto sí que va a ser una precuela.

R.I.P.

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