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Sep
26

205 libras

Ya es oficial, y ahora, público: peso 205 libras. Eso significa que tengo 100 kilos embutidos en la piel. Qué diferencia con aquellos días en los que llegué a pesar poco más de 70 kilogramos, allá por el año 2000 y antes. Es cierto que mido 1,85 y que aquellos escuálidos días tenían su explicación en mi vegetarianismo, que se prolongó durante unos 8 años. Pero no sé que es peor; aguantar los tópicos de la gente sobre tu “barriguita” o los que soporté pacientemente durante años acerca de mi delgadez extrema y mi decisión de no comer ciertas cosas (“no sabes lo que te pierdes”, “pareces enfermo”, y algunos más que rozaban la categoría de afrentas).

Es evidente que “comer de todo” ha colaborado en esta acumulación de grasas. No voy a negar que mi sedentario trabajo colabora bastante en todo esto. Pero también es cierto que “comer de todo” es sólo un tópico más, ya que en realidad suele significar “comer lo mismo que todo el mundo”. Los españoles estamos especialmente orgullosos de nuestra dieta mediterránea, y ni siquiera se nos ocurre pensar que ninguno de nosotros la sigue realmente. Todo son, al final, aceite y carnes. Y los intentos de ‘variar’ cuando cocinamos en casa se limitan a poner los mismos ingredientes de una manera o de otra.

Ahora voy con mi pareja una media de 3 días por semana al gimnasio. Mi lema interno es que, “cuanto menos te apetece, más lo necesitas”. Es cierto. Un cuerpo abotargado se niega a moverse. Paradójicamente, un cuerpo que ha hecho ejercicio tiene más energía que antes de hacerlo. Y, afrontémoslo… tener 34 años es estar metido de lleno en “esa edad” en la que tienes la obligación moral (si tienes amor propio) de cuidarte un poquito. Por mi parte, ya llevo 7 u 8 meses sin fumar. Es un requisito fundamental para meterte a hacer deporte; si no, las toses, la saliva y los pinchazos lo convertirán en una experiencia odiosa.

Además, me resulta algo ridículo el ambiente de los gimnasios, todos esos tíos cachas mirándose al espejo después de cada serie, por si los músculos les han crecido medio milímetro desde la última vez que se miraron, todas esas arengas de macho que se dedican entre sí… incluso el factor estético que lo impregna todo va poco conmigo; toda esa parafernalia con la ropa, los colores, etc… Cuando más me gusta es cuando llegamos y no hay nadie. Así sé que si hago un ejercicio mal no tengo a un cachas mirando por el rabillo del ojo y riéndose de mí. En fin…

De niño sufrí un soplo en el corazón relativamente severo. Cuando iba al colegio, en clase de gimnasia, todos los chavales de mi clase daban vueltas y vueltas corriendo al campo de fútbol sin inmutarse… pero yo tenía que sentarme a recuperar el aliento al cabo de cinco minutos de carrera. Tenía unos pinchazos terribles en el pecho, me faltaba el aire y notaba dolor y fatiga intensos. Con el tiempo, el soplo fue desapareciendo, pero mi mente terminó por asociar el ejercicio físico con el dolor y la agonía, de forma que desarrollé una especie de fobia al deporte.

Ahora simplemente pienso que, si no me enfrento a la pereza de ponerme los shorts y las zapatillas, es que soy un tipo de lo más débil. Sé que es algo duro de decir, pero si no nos ponemos esa clase de castigos o disciplinas, terminaremos con sobrepeso, hipertensión, colesterol, y  toda la pesca. A veces hay que ser antipático con uno mismo, qué leñe. ¡Saca esos leotardos, los calentadores, y la cinta para el sudor!

http://www.youtube.com/watch?v=xpgq8tabXOg

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