Aug
26

Educar es estar equivocado

No sabía si la música que tenía que poner en casa cuando su hijo volvía del colegio debía ser Joy Division u Ornette Coleman. Lo que estaba claro es que no pondría nada que a él mismo no le gustara. La educación de su hijo, y de esto estaba seguro, provendría más de lo que el pequeño iba a oir que de lo que iba a escuchar. Simplemente, le confundía el prejuicio de que, a la larga, el after-punk convertiría a su hijo en un nihilista, y el free-jazz en un resabido repelente y demasiado precoz. Él quería que el chaval percibiese únicamente estímulos inequívocos y que provocaran en él la reacción más edificante posible; sencillamente, se negaba en redondo a exponer aquellos oidos y aquella materia gris a los peligros de la radio-fórmula, el “Top 10″ de Standard FM, la radio de moda en los coches de medio país donde sonaban los ‘artistas’ que, para él, eran productos comerciales e insufribles, de estribillos facilones y composiciones baratas.

El chaval tenía once años y ya empezaba a tocarse por las noches. Él le había visto una noche, las sábanas revolviéndose en penumbras a través de un resquicio en la puerta del cuarto. ¿En qué o en quién pensaría? No fue capaz de interrumpirle y nunca pudo entender por qué no lo hizo, si bien no le gustó nada lo que sintió en el momento en que descubrió la lujuria en su hijo. La curiosidad de algunos padres es una fuerza tan poderosa como la que empieza a gestarse en los chicos a las puertas de la pubertad. Todo es, efectivamente, confusión; confusión en el hijo que se ve guiado por un instinto que aún no entiende, confusión en el padre que siente que tiene que reaccionar y descubre que no hay reacción posible. Si le interrumpía en ese momento, la vergüenza les alejaría y se perdería confianza. Si le dejaba en paz, tendría que tragarse la impotencia de no poder controlar, de sentir que aquella persona no era total y absolutamente suya.

A veces le embargaba esa duda, a veces necesidad, siempre benigna o cuanto menos bienintencionada y efectiva en su opinión, de controlar la mente de su hijo… Por ejemplo, ¿qué película ponerle esta noche? Una de ésas de dibujos animados modernas generadas por ordenador con un guión políticamente correcto convertiría al chaval en uno más de los millones que después se lanzarían a comprar todos aquellos productos derivados del marketing. Era obvio; se condiciona a los niños y, con el tiempo, todo es estímulo (película) y respuesta (ansiedad materialista en el crío). Odiaba éso. A él no le había pasado, y no lo quería para su único descendiente. Tampoco le pondría una de terror, de las que a él mismo tan ávido seguidor era, pues podría afectarle o traumatizarle, provocarle pesadillas o inculcarle ideas como, por ejemplo, aquella en la que redundan multitud de películas en las que cometer un asesinato, o al menos contemplarlo, puede resultar algo atractivo con lo que matar el tiempo. Por supuesto, no había accedido ni accedería jamás a comprarle una videoconsola, y no le apetecía hacerse a la idea de que esa decisión, precisamente, era lo que entre sus amigos de clase le estaba convirtiendo en un paria al ser el único que desconocía la combinación de botones que te permite liquidar a Sonor, el malvado enemigo de la fase de fuego del increíble juego Hood Killer del que todos los niños tenían la camiseta, los cromos y el poster gigante. ¿Qué clase de padre permitiría que una persona que está en proceso de formación se pervierta con esa clase de vicios consumistas que evidentemente sólo beneficiaban a los accionistas de la empresa que vendía los muñecos y que contaminaba el río que fluía en una provincia china junto a la fábrica de la que salían? ¿Qué clase de padre limitaría las posibilidades de aprender de un niño, cuando más capacitado está un cerebro para retener, limitando su bagaje de experiencia a imágenes y sonidos estereotipados y, dicho sea de paseo, estéticamente despreciables? Y qué decir del influjo, o mejor dicho, la falta de influjo moral que perforaba las mentes infantiles. No, él nunca le llevaba a comer a las cadenas de hamburguesas por todos archiconocidas para no maltratar su sentido del gusto, para no habituar su cuerpo a comida innegablemente perjudicial que podría convertirle en una persona obesa o diabética o dios sabe qué, para no acabar con la sensibilidad de su paladar… excepto quizá en el cumpleaños de algún amigo al que irían todos los padres y en el que era él mismo el que no quería dar apariencia de maniático, y de paso se colgaba la medalla de no ser absolutamente inflexible. De comer le daba pescado, sopa y fruta, y esto al niño le gustaba, lo cual interpretó como un éxito de proporciones épicas del que no cesaba de jactarse en la oficina, a la salida del colegio, en los foros de Internet que debatían la educación correcta de los chicos y las chicas. Nunca se le ocurrió que a su hijo le gustaba la verdura porque sí, y no porque él se la diera.

Por otra parte estaba bastante contento de que no había sido una niña, del hecho de poder comprenderle mejor aún que si hubiese sido del otro bando, del bando de la regla, de la virginidad, de la falda corta, de los chicos malos que, a diferencia de su hijo, comenzarían a babear repugnancias sobre la incipiente belleza femenina. Las obsesiones en ese caso hubiesen sido insoportables. Y más aún a esta altura, con once años cumplidos y a punto de criar vello. De lo que se había librado. Y también era mejor tener uno sólo, un hijo único. Un hermano es una interferencia demasiado fuerte sobre la influencia que él quería tener. Dos hermanos, a veces, son un motín.

De forma que se puso los cascos y escuchó “Peel Sessions” para él mismo, dejando al chaval sin música ni tele, pero permitiéndole entretenerse con el periódico. Sin embargo, en cuanto pensó en la cantidad de miseria, guerra y mezquindad que se despliegan sin advertencia en la prensa, en ocasiones a todo color rojo y negro (los colores preferidos de las noticias), se abalanzó sobre él, le arrebató el papel y le dio a cambio, sin pensarlo mucho, el suplemento infantil, lleno de crucigramas ilustrados y facilísimos de cumplimentar que desde luego a su hijo no le interesaban y tiras cómicas de estética demasiado actual que su hijo no lograba entender ya que los autores de esas historietas generalmente no entienden a su propio público.

¿Y la madre? La madre estaba muerta; literalmente muerta, no simplemente desaparecida o lejana o desentendida. Había muerto en el parto. Él había cargado con un peso que suele llevarse entre dos. Se suele decir que un matrimonio es tan pesado que hay que llevarlo entre dos; pues bien, él había concluido con el paso de los años que a un niño es mejor llevarlo uno solo. A él su hijo le aligeraba de sí mismo, con lo que la angustia existencial para él era ya una quimera, un invento de los ociosos, de los estériles. La controversia que sin duda hubiese surgido entre la madre y él en la forma de educar al niño hubiese significado un problema serio para la estabilidad de la pareja. Nunca se alegró, evidentemente, del hecho de que ella no estuviese allí (de hecho seguía enamorado profundamente y en ocasiones hablaba con ella al afeitarse ante el espejo, o al meterse en la cama y apagar la luz), pero secretamente aquella situación le proporcionaba la comodidad y la libertad de moldear con un criterio unificado a quien sería un futuro ciudadano, si no ejemplar, por lo menos presentable, decente, educado y culto a la vez que con ese toque de personalidad, de criterio, que le alejaría de la masa: el toque Joy Division, el toque Ornette Coleman, el toque que otorga al alma todo aquello que él consideraba como el cúlmen de lo que alguna vez ha conseguido el hombre.

Porque, seamos sinceros, pensaba él, todo lo que ha conseguido la humanidad al cabo de su milenaria historia de errores y supuestas rectificaciones (si se exceptúan la cultura, el arte, la poesía y todas esas manifestaciones que otros calificarían como inútiles o sin sentido) no es más que un saco de magnitudes planetarias repleto de inmundicia que tiene todas las papeletas para acabar autodestruyéndose en un apocalipsis total, un colapso universal y sin remedio que a él le parecía no tener ya marcha atrás y estar demasiado cercano en el tiempo. Quizá un par de siglos de historia humana, y después la roca sobre la que reptamos serán los anchos dominios de la forma de vida nueva que prevalecerá, someterá a las demás, y se sentirá como pez en el agua en el clima post-nuclear o infestado de gases invernadero que se impondrá en la atmósfera y los océanos, si éstos sobreviven.

Y sabiendo todo esto, es decir, teniendo uno como única certeza la (casi) profecía intelectual de un final definitivo y certificado de la especie humana tan cercano que no hay margen de tiempo para evolucionar lo suficiente como para escapar a él, tiempo suficiente para crear o emprender una última obra común con un mínimo de dignidad consensuada que redima nuestro parasitarismo, algo así como un último estertor de civilización, un acto como especie o forma de vida que demostrase un supuesto potencial de grandeza, o sincero entendimiento y por tanto arrepentimiento, si se está convencido de todo esto, ¿por qué, por qué traer un niño a este mundo?… Esa era la pregunta que siempre se había hecho, siempre, durante toda su vida, antes de que su mujes se quedase preñada y que, tras el alumbramiento del bebé, no se atrevió a repetirse a sí mismo de nuevo ni una vez más. Ella murió y todas las preguntas retóricas o filosóficas previas a ese hecho, incluida esa, por supuesto, quedaron atrás. Ahora las preguntas eran nuevas y muy distintas. ¿Le ocurrirá a su hijo algo malo caminando por la calle yendo a por el pan? ¡Ah, cuánto le costaba mandarle a por el pan sin acompañarle, esa extraña mezcla de deseo de hacerle realizar tareas que le edificarían (responder del dinero, tratar con desconocidos, descubrir ritos sociales) y también de temer por su inocente integridad, tan blanda y vulnerable, a la intemperie en las calles, en este mundo, este cúmulo de accidentes, crímenes, palabras y actos de insondable idiocia puramente humana!

En ciertos momentos todo este sentir se acumulaba en un pequeño punto en el centro de su cerebro que iba ganando densidad como un agujero negro que se alimenta de todo lo que comete el error de acercarse a él, y así se formaba y reconcentraba un punto infinitesimalmente pequeño de locura destilada e invisible que todo lo succionaba por su propia gravedad, incluída la luz. Era el odio a las amenazas de un mundo que en realidad odiaba y que amenazaba la vida de los hombres. Esta última contradicción, esta pequeña concesión de que la vida merecería la pena ser vivida si todo fuera distinto, fue lo único que teniendo veinte años le había quitado de la mente consumar una serie de impulsos suicidas arrebatadores que se habían convertido con el tiempo en su secreto mejor guardado, lo único que le hacía sentir vergüenza por su forma de pensar, lo único que le había hecho vivir el resto de su vida como un tesoro sin valor que no podría venderle nunca a nadie, tan sólo regalarlo. Eso, y los inexplicables sentimientos que le provocaba el amor por su mujer y que se impusieron sobre todo aquel desierto barroco, fue lo que hizo que algún tiempo después decidieran traer un hijo al mundo. No para traer vida al mundo, sino para justificar el único sentido que le podía encontrar a la suya. El regalo sin valor, la prolongación de esa gigantesca e incómoda duda, por si en un futuro llegase a darse esa posibilidad de evolución. Y él quería formar parte de ese imposibilidad metiéndose en el cuerpo de su hijo a través de la educación.

—Me han dicho en el cole que los elefantes pueden oir sonidos muy bajitos que nosotros no podemos oir porque son muy bajitos a muchísimos kilómetros de distancia.
—Eso ya te lo dije yo viendo un documental. Sabía que no me estabas escuchando.
—¡Tu nunca me has dicho eso!
—Sí, y te conté también lo de los murciélagos, ¿no te acuerdas?. Tampoco te acuerdas de los murciélagos, ¿verdad?
—No. ¡Pero me acuerdo de lo que dijiste de los israelitas y los americanos!
—Déjate de israelitas ahora. Aunque mira, ahora que lo dices, los israelís son como murciélagos. Ratas con rabia. Voladoras, pero ratas.
—¿Con rabia? O sea, ¿muy enfadados? Los murciélagos tienen colmillos y supongo que son para cuando están enfadados morder.
—Podría ser, pero en realidad me refería a la enfermedad, la rabia es una enfermedad que…
—Papá.
—Qué.
—¿Mamá estaba enferma?
—Mamá no estaba enferma. Mamá tuvo un problema un día, de repente, y su cuerpo falló y dejó de respirar y su corazón se paró.
—¿Ella estaba enferma de mí?
—Mira hijo, yo no lo puedo saber todo. Pero.. No, no estaba enferma de tí. Olvida esa tontería. El mundo es lo que está enfermo.
—¿Enfermo de rabia?
—Sí, hijo, el mundo es un murciélago rabioso, de ésos que te chupan la sangre. Uno que está ciego pero que éso no le impide ir tras los insectos en medio de la noche y masticarlos con sus colmillos.
—No lo entiendo.
—Lo entenderás.
—Se me va a olvidar, papá. Ya casi lo he olvidado. ¿Cómo era? El murciélago es un mundo enfermo de noche…
—Vamos a cenar. He comprado brócoli, y unas picotas. ¿Ves?, el brócoli y las picotas son cosas buenas. No tienen nada de malo, son seres inocentes. Nos los comemos porque tenemos que hacerlo, y porque son incapaces de sufrir dolor. Si no, yo personalmente los dejaría en paz. Eso lo entiendes, ¿verdad?
—Bueno, éso sí. Pero el brócoli no es de mis preferidos. Prefiero los garbanzos.
—¡Ése es mi chico! Haremos garbanzos entonces. No puse en remojo, pero tengo un frasco que ya vienen cocidos. Haremos ensalada de garbanzos con pimiento rojo, cebolla, huevo cocido, tomate troceadito, aceite del bueno, un chorro de vinagre balsámico y pimienta.
—¡Yupiiii!
—Y, mientras me ayudas a hacerla lavando los tomates, vamos a escuchar la banda sonora de la peli que han hecho de Hood Killer. Me la he bajado de Internet para tí porque me han dicho que es orquestal.
—Pero papá, yo prefiero el grupo ése que pones tú cuando estás en el ordenador y que canta un señor con una voz que da miedo y es muy chula, ¿podemos, papi?
—Se llaman Joy Division, hijo. El álbum se llama “Peel Sessions” y yo tenía exactamente tu edad cuando lo grabaron. Por cierto, ¿sabías que el cantante se suicidó con veinticuatro años?
—Pues eso es porque estaría malito, ¿no? Han dicho en clase que hay una cosa que se llama sicología y que hay gente que tiene formas de pensar raras porque hay enfermedades que son del pensamiento y que no se pone malo sólo el cuerpo sino también los pensamientos. La seño lo explicó bien y puso el ejemplo de una persona que no puede evitar robar aunque no lo necesite y aunque tenga cosas mejores que hacer porque es como si le controlaran.
—No sé si el cantante que te digo estaba enfermo, hijo. Pero seguro que estaba mucho más confundido de lo que se puede aguantar. Estar confundido no es una enfermedad, es haber tenido una mala educación, o mala suerte con la forma que tenía de entender las cosas que aprendía. Las cosas hay que verlas con optimismo siempre, ¿has oido? Eso no significa que todo es fantástico y que todo está bien porque éso no es verdad, pero tienes que intentar vivir tranquilo y eso es lo único que importa. Para conseguir eso hay que pensar mucho, aunque hay quien dice que lo mejor es no pensarlo. Yo creo que hay que pensar mucho las cosas, pero mucho, mucho.
—El papá de Teo es muy tranquilo y tiene cincuenta años y a mí me cae muy bien porque tiene moto.
—El papá de Teo es un caballero, eso lo sé yo. Es un burgués algo engreído, pero muy buen tipo. Quédate con las cosas que te gustan de él, pero yo creo que tanta seguridad en sí mismo le viene de pensar más bien poco. Es el peor entrenador que ha tenido el equipo de futbol del cole y está tan seguro de que su alineación es la mejor que me recuerda al seleccionador nacional, pero qué le vamos a hacer. Nadie es perfecto, y tú no eres central, eres lateral izquierdo, y zurdo. El padre de Teo no le da margen a la duda. Debería dudar del lateral que tiene ahora.
—Yo no tengo ninguna duda de que me cae bien y que me gusta su moto y que Teo es mi mejor amigo y cuando voy a su casa tienen perro y tres televisiones. ¿Por qué no tenemos tele, papá?
—Pues porque la tele detiene tu pensamiento, como lo detienen la prensa rosa y las comidas copiosas, como la moda y el exceso de dinero, como el alcohol y los crucigramas.

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