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Alexington
Es increíble cómo es el lugar donde estamos viviendo, que en un mes ha modificado mi manera de entender ciertas cosas. Es cierto que en sitios como éste uno se va conociendo a sí mismo mejor, gracias al aislamiento y a la forma de vida. Todos pensamos que nos conocemos, pero no es así. En el poco tiempo que llevo aquí, en este semidesolado pueblo perdido entre campos infinitos de maiz, mi cerebro parece haberse adaptado a las nuevas circunstancias mucho más rápido de lo que yo pensaba, ajustándose a las particularidades del clima, el paso del tiempo, el trato con la gente… y se va dando cuenta de lo que es importante y lo que es prescindible.
El paso del tiempo. Yo siempre he sido un culo de mal asiento, lo saben quienes me conocen; no puedo parar quieto y en seguida me entra la ansiedad de salir de donde estoy e ir a otro lado, siempre impaciente y nervioso. Ahora parece como si los amplios paisajes, los enormes cielos abiertos y los horizontes circulares dieran una dimensión distinta de las horas y los días; hay más espacio para ellos, es más placentero ver pasar el tiempo más a sus anchas, hacer las cosas con calma, tener paciencia para todo, disfrutar del devenir de las horas, el avance de la mañana a la tarde y de la tarde a la noche, e incluso observar los pequeños cambios como el color de los cultivos, la progresiva pérdida de hojas de los árboles, el modo en que cada día anochece un poco antes que el anterior… todos estos procesos, lentos pero inexorables, van acompañando a un nuevo modo de hacer más cosas de un modo más expandido, más humano; más eficiente en definitiva, aprovechando mejor cada parte del día. ¡Ah! Y nunca, nunca me aburro, cosa extraña en mí.
Las estrellas. Mi fascinación por el cosmos y sus maravillas se ve recompensada aquí. Al caer la noche comienzan a brillar las primeras estrellas, a las que van sumándose otras, y otras, hasta que pueden contemplarse un sinfín de constelaciones… y cuando la oscuridad es total, no sólo puede verse la Vía Láctea cruzando la bóveda en todo su esplendor, sino que el cielo se llena de tantas estrellas que llega un punto en que los espacios entre ellas también se rellenan de estrellas más lejanas todavía que también se hacen visibles, convirtiendo el cielo en un auténtico manto de brillo. Espectacular, un regalo de la naturaleza que nos es privado en las grandes ciudades y que considero absolutamente imprescindible para el equilibrio mental de las personas.
La soledad. Es cierto que no conocemos aún a mucha gente por aquí; además, no es que haya demasiada gente para conocer. No hay lugares especialmente pensados para socializar… hay una bolera, vale, pero desde luego no hay discotecas ni asociaciones culturales, de modo que mientras Miriam está trabajando básicamente me encuentro solo conmigo mismo. En Madrid siempre existía esa necesidad de quedar con gente; que si para tomar un café, que si unas copas por la noche, que si ir a comprar un regalo para Fulanito que celebra su cumpleaños en breve, que si ir a ver a Mengano a su casa… todas ellas excusas, creo, para no quedarse uno enfrentándose a sus propios pensamientos, o al ya mencionado aburrimiento. No tengo ninguno de esos síntomas, privado como estoy de las (muchas veces) triviales relaciones sociales de las que abusamos en lugares como el hiperactivo Madrid. Creo que muchas veces quedamos con gente con la que ni siquiera tenemos amistad real, creando distintos niveles de superficialidad de relaciones, con diversas finalidades respectivas: tomar cafés con los compañeros de trabajo al terminar la jornada, conocer restaurantes con otra parejita, etc. Aquí me he dado cuenta de que sé estar sólo, de que me gusta estarlo, y de que es condición necesaria para entender el tiempo y el espacio tal y como se dan en este rincón del mundo.
La ropa y otras cosas superfluas. Llega un punto en que hay ciertas cosas que van revelando su naturaleza prescindible. La ropa, por ejemplo. Evidentemente, es imprescindible llevar algo puesto. Pero mientras vayas limpio y protegido del frío, ¿a quién le importa la estética? No quiero decir que vaya hecho un gañán, pero desde luego me importa un bledo lo que pone escrito en mi camiseta o el color del ribete de la lengueta de mis zapatillas, me da igual la marca mientras no me estén robando y me estoy dando cuenta de qué es la ropa realmente. Aquí, en los dominios del frío y el hielo, la ropa es un instrumento, una defensa, un arma si se quiere, contra el enemigo. Es una necesidad y no un ornamento. No sirve para convencer a nadie de nada, no te inscribe en grupos ni tribus, no es un reflejo de tus gustos musicales ni de tu situación en el espectro cultural. Es, simplemente, ropa.
Y básicamente eso es todo lo que quería compartir hoy. Comienza el día; me he levantado a las 6 y media y tengo una idea bastante clara de lo que voy a hacer, cosa que me encanta.
Manos a la obra.








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