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El enigma del salón español
Hoy hemos visitado una granja. Otro día os contaré los detalles de cómo se cultiva y cosecha el maíz en Nebraska… Apasionante, ¿verdad?. Pero de momento quería dejar constancia de un pensamiento que me ha venido a la mente nada más entrar en esa casa, que, por cierto, era preciosa. Se trata del para mí nunca comprendido “Enigma del Salón Español” (así lo llamo yo), que es un tema que me ha tenido siempre desconcertado.
En la casa donde hemos estado hoy, nada más entrar por la puerta principal se encuentra uno en una especie de salón (sin vestíbulo previo), pero no un salón como lo podría imaginar un español. En el centro de la estancia destacaba entre todas las cosas una barra semicircular, con sillas giratorias a lo largo de ella, y detrás de la cual había una mesa-encimera, dotada de grifo y cajones, perfecta para preparar alimentos y bebidas, y detrás de ella, al fondo, una sencilla cocina. A la derecha de todo esto tenían preparado un espacio con sofás en torno a una mesa de té. A la izquierda de la barra central, una sencilla mesa para comer. Aquel “salón” era el lugar perfecto para tomar una copa, pero también para desayunar, para leer el periódico, para hacer una tertulia o para prepararse un sandwich antes de salir por la mañana. La distribución era perfecta para un sinfín de situaciones; cotidianas, sociales, íntimas… era genial.
Y, sin quererlo, me he acordado de repente de cuando era niño e iba a las casas de mis amigos en Madrid. Al entrar en la mayoría de ellas, se veía uno dentro de un angosto recibidor lleno de zapatos, abrigos y paraguas. Para qué hablar de la típica repisa de cristal con un par de figuritas horribles. Pues bien, me he acordado de que la mayoría de las veces la puerta del salón (generalmente acristalada) estaba siempre cerrada, porque era una estancia que, sencillamente, no tenía uso. O sea, era como un lugar que se limpiaba a diario y se tenía impoluto, ¡pero que no era utilizado! De hecho, a muchos amigos míos sus madres les regañaban si se les ocurría entrar al salón, que era un sitio donde se ponían objetos decorativos; la mesa cara, el mueble con la vajilla, el tresillo y el sofá con la tapicería impoluta, el reloj dorado en una carcasa de mármol y la alfombra radiante como el primer día. Y para siempre se me ha quedado el “enigma del salón español”, ese lugar inútil, desaprovechado y desolado… pero inmaculado. ¡Qué extendida está {Edito: estaba} esta práctica en España! ¡Qué ridículo ha sido ver durante años a familias enteras apiñadas en un reducido “cuarto de estar” (nombre absurdo hasta lo indecible) delante de una televisión!
No me entendáis mal. No pretendo comparar un piso de Madrid con una casa de campo americana. Pero he estado en casas de campo en España y estaban cortadas por el mismo patrón de “No tocar”.
El apartamento que ocupamos aquí, en este pueblo perdido en Nebraska, tiene una distribución perfecta para mí; diáfano, abierto, útil, funcional, y sin una sola esquina inútil. Con cocina americana, que te puede gustar o no, por aquello de los olores, pero a la medida de personas sencillas. No tenemos que sorprender a las visitas con una lámpara de araña.
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