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¡¡Blasfemia!! ¡¡Película de Watchmen!!
El bastardo que perpetró el video-clip ése de hora y media que se estrenó bajo el mismo título que el bastante bueno (pero no magistral) cómic de Frank Miller “300″ tiene la indecencia de preparar una versión cinematográfica de la mejor obra jamás publicada del noveno arte: WATCHMEN. Es ya inevitable. Nada se puede hacer para evitar que este desastre ocurra. La percepción que la gente va a tener de la maravillosa historia del mejor guionista de cómics de todos los tiempos será una idea deformada, tergiversada y totalmente infiel al original. Era mejor que su conocimiento y disfrute hubiese quedado reducido a los amantes del arte secuencial.
Retrospectiva: Hemos llegado a un momento en que las películas de superhéroes tienen un ‘algo’ que hace que todo el mundo, incluso aquellos que no leen nunca cómics (qué decir de los que piensan que “los tebeos son para niños”), vayan en masa a los cines a verlas, como si fueran eventos sociales, algo que “hay que ver” por narices, cuando películas como Spiderman, los 4 Fantásticos y Batman (excepto Batman Begins, esta es buena), son infinitamente más infantiles, burdas y simples que los personajes que las inspiran. De hecho son rematadamente malas, mezclando humor malo e inofensivo con trepidantes escenas de acción en 3D difíciles de apreciar, todo ello aderezado con una buena dosis de moralina para todos los públicos. Quizá el exceso de producciones basadas en las aventuras de los superhéroes de Marvel y DC son un síntoma (uno más, quiero decir, como también lo es la fijación por los remakes) de la falta de ideas que afecta a los grandes estudios, del miedo a “cambiar el chip”. ¿Que funcionó ‘El motorista Fantasma’, aunque fuese una película execrable? Hagamos la segunda parte, y vayamos preparando otra del Castigador, que hace mucho que no se oye hablar de él.
Hay excepciones. Sin City resultó ser digna, si bien evidenciaba algo muy a tener en cuenta, y es que llevar a la pantalla ciertas historias que fueron originalmente narradas de cierta manera es sencillamente imposible. Esta película del sobrevalorado Robert Rodriguez no tiene sentido, en su afán de meter seis historias distintas (seis comics distintos) cuando hubiese sido mejor hacerla de una sola de ellas, por ejemplo centrándose en la novela gráfica que lo inició todo (la historia en la que sale Harry Potter, bleugh…). Al final, todo se queda en el interés estético del cineasta por demostrar que es capaz de representar en audaces imágenes el ambiente de blanco y negro, de siluetas y sombras, que ofrece la violenta obra impresa de Frank Miller. Pero pensemos por un momento en éso de la imposibilidad de adaptar ciertos formatos a otros. Intentad hacer una película de la escultura El Pensador de Rodin, por ejemplo. Bien, esto es quizá una exageración, pero intentad entender lo que quiero decir. Meter en una hora y media de imágenes con personajes reales (con la falta de fantasía en la que se incurre con el mero hecho de prescindir de los dibujos) algo que fue concebido en un formato estático es, sencillamente, no entender qué es el cómic. Esto no invalida la posibilidad de hacer películas a partir de ciertas obras que efectivamente fueron concebidas de un modo más cercano al lenguaje cinematográfico. Gracias a Dios la influencia del cine sobre los comics es bastante menor que la de los cómics sobre el cine, y hay pocos ejemplos de esto último. Por cierto, están empezando a abundar los cómics basados en películas que fueron basadas en cómics, llevando a las páginas el guión de la película, con lo cual la perversión es ya total. Un fan auténtico de Spiderman no puede ser capaz de leer el cómic que se editó basándose en Spiderman 2, para empezar porque suelen ser productos realizados por ilustradores novel y porque, en sentido opuesto al comentado y con la misma validez, se trata de lenguajes distintos. Ciertas escenas de la película quedarán pobrísimas reproducidas en viñetas, desprovistas del efectista acompañamiento musical, del frenesí que imprime el montaje de los planos de una secuencia de acción.
Si ni siquiera se asegura la fidelidad en los casos de novelas gráficas u obras limitadas (historias autosuficientes, unitarias, que empiezan y acaban en un volumen o, a lo sumo, en unos cuantos) de las cuales no hay un sólo ejemplo, qué decir de la idea de hacer películas a partir de personajes cuyo habitat natural es la “serie regular”, como son el caso de Spiderman o la Patrulla X (grupo este último que quizá haya gozado de cierta calidad en las películas que han protagonizado, sobre todo la segunda, regular la primera y nefasta la última de ellas), series regulares, digo, cuya aparición en los quioscos es quincenal o incluso semanal, cuya naturaleza se basa totalmente en el “to be continued” y la ansiedad que supone esperar a la aparición del próximo número, y cuyos personajes, su evolución y personalidad, sólo se entienden al cabo de años de fidelidad. Son formas de contar las cosas muy similares a las telenovelas, salvando las distancias por supuesto, en las cuales las cosas nunca terminan, simplemente unas llevan a otras, los argumentos se solapan y se dan paso unos a otros, además del hecho de que en los cómics generalmente hay multitud de apariciones e interacciones de muchos otros superheroes del universo que pueblen (lo cual hace imposible, por ejemplo, que Spiderman y Batman se encuentren, si bien ciertos ‘joint-ventures’ entre las editoriales han dado luz a historias magníficas que los colocan codo con codo). Así, al intentar hacer una película de un personaje clásico con años y años de evolución a sus espaldas, sin más criterio que la misma necesidad industrial de hacerla, se hace necesario incluir en ella miles de cosas; hay que contar el origen del superhéroe (por supuesto), hay que elegir a un malvado (qué ansiedad, con todos los que hay, aunque últimamente se están decidiendo por incluir varios como en Spiderman 3, donde aparecen Veneno, el Duende Verde y el Hombre de Arena), hay que meter a capón también, por supuesto, todos los tópicos del personaje (su forma de ser, sus motivaciones tipo “un gran poder lleva asociado una gran responsabilidad” o “me tomo la justicia por mi mano porque asesinaron a mis padres a la salida del cine”, etc.), todas estas obligaciones que el lector de cómic da por sabidas pero que el espectador profano necesita para hacerse una idea del superhéroe de turno… Todas ellas obligaciones que entorpecen la narración y la reducen a ‘villano amenaza la Tierra o la ciudad y héroe la salva’. Gracias a Dios el espectador no esparaba más que los efectos especiales prometidos. Lo de menos es que los guionistas modifiquen cosas fundamentales, como en el primer Batman de Tim Burton donde se sugiere que el asesino de sus padres fue el Joker (invención barata y simplificadora). Lo que realmente encadena los guiones de estas películas es la repetida obligación de presentarlo como si no lo conociéramos. En este sentido, Batman Begins de Christopher Nolan (por poner un ejemplo que evite generalizar la puerilidad del género, y para insistir en mi juicio positivo de esta película que, por cierto, tiene a bien presentar al irrepetible Ra’s Al Ghul como enemigo, además del en mi opinión innecesario Espantapájaros) no evita esas obligaciones pero las aplica de un modo bastante aceptable. Además, la elección para esta película del actor Christian Bale en el papel del Caballero de la Noche es mínimamente aceptable, a diferencia de muchas otras (¿Michael Keaton como Bruce Wayne? ¿Tobey Maguire como Peter Parker?). Reconozco que tengo ganas de ver “The Dark Knight”, también de Nolan, si bien me parece herético el uso de tal insigne título para una película que seguramente no tenga nada que ver con la magistral y clásica obra que firmó (este tío está en todas partes) Frank Miller. Por lo que leo en la sinopsis no tiene relación con el cómic; además, dudo que tengan los cojones de poner a Superman en su mítica lucha final con ese Batman crepuscular embuido en aquel traje de poder que le iguala en poder al Héroe de América.
Hemos dicho que el cómic es un lenguaje estático. Efecticamente, está compuesto de fragmentos de tiempo enmarcados y organizados simultáneamente como un mosaico en la página. Sinceramente, no le veo ninguna similitud con el cine. En mi opinión, el elemento específico del cine es el montaje; efectivamente esto es así, pues la imagen en movimiento en sí no hace cine (además, se puede decir que la pintura y la escultura tienen movimiento). La unión de imagen y sonido tampoco define al cine, pues en ese caso los videoclips serían cine. El guión tampoco es propio del cine, sino de la literatura. Los encuadres y los planos tampoco, porque éso es fotografía. El trabajo de los actores es el drama, la sustancia del teatro. ¿Qué es el cine? El cine es montaje. Es la comunicación a través de una sucesión de planos, cuyo contraste entre ellos no sólo crea o sugiere el espacio en el que se desarrolla la acción, sino que también transmite valores. Ese es el valor del cine. En el cómic no hay movimiento. No hay música. No hay interpretación. Tan sólo hay encuadres, definidos por los bordes de la viñeta (lo cual tampoco es cierto pues el cómic ha evolucionado mucho y se ha ‘salido’ de las viñetas) y quizá algo parecido al montaje en lo que tiene de secuencial. Pero incluso esto último es sólo una apariencia de similitud, pues en realidad, y tal como dice el maestro Alan Moore, el lector de cómic se detiene en cada viñeta el tiempo que quiere, apreciando el dibujo, acelera o ralentiza la lectura, salta de los bocadillos y las cajas de texto a las ilustraciones, imagina el sonido y las voces (o no, si no tiene o no quiere tener esa percepción ‘auditiva’), pasa de página cuando quiere, y se sorprende al hacerlo cuando al hacerlo aparece, a toda página, una ilustración espectacular en la que (por ejemplo) el villano aparece a toda página en todo su esplendor y crea un efecto de sorpresa. Del mismo modo, y como también apunta Moore, el lector de cómics tiene ante sí dos páginas cada vez; la izquierda y la derecha. De un golpe de vista “ve” con su visión periférica lo que va a ocurrir inmediatamente después, creando una ansiedad que puede llevarle a no mirar, o a adelantarse diez o doce viñetas y detenerse en un momento ‘futuro’ respecto de su punto de lectura, yendo en verdad adelante y atrás en el tiempo. Aquí desempeña un papel importantísimo la estructuración de las viñetas, jugando con la seducción en algunas ocasiones, con la discreción en otras. El cine, por el contrario, nos obliga a seguir siempre adelante, y a percibir las cosas en (más o menos) la hora y media o dos horas que, no sé por qué, es un estándar, como lo es que los discos tengan siempre 12 canciones.
Volviendo al desagradable tema de la adaptación de Watchmen, he de decir que no me extraña que Alan Moore esté totalmente en contra del proyecto. Ya se ha demostrado con la Liga de los Hombres Extraordinarios (pufff…) y, sobre todo, con la insoportable V de Vendetta (que traiciona y banaliza todo aquello que significa el cómic) que las historias que han salido de la mente de este inglés no son susceptibles de ser reinterpretadas. Aún más, no es necesario reinterpretarlas, están muy bien como están. Menos mal que la maravillosa visión que dio de la Cosa del Pantano no será llevada al cine, al tratarse de un personaje con pocas posibilidades comerciales (es feo, habla lento y además es una planta). Es verdad, no obstante, que se hizo una película de este personaje hace mucho tiempo, y que, una vez más, es mejor olvidar.
De lo poco que he visto de los avances que se han hecho de la preproducción y el rodaje de Watchmen no hay ni un solo detalle que se salve de la quema. El casting es horrorosamente desafortunado, usando a actores guaperas y cachas para interpretar personajes más bien feos y gordos; la estética general de la película es como la de todas las otras películas de superhéroes, es decir, trajes hipermodernos y sofisticados, la atmósfera oscura de siempre, e incluso reminiscencias del 11-S para darle un toque político o actual o yo qué sé qué. En definitiva, tiene una pinta de bodrio que sólo servirá, como he dicho, para dilapidar el legado de una obra de culto irrepetible. Quien haya leído Watchmen sabrá que es una obra de simultaneidad, la narración va adelante y atrás en muchos sentidos, se hacen composiciones de páginas donde se alternan tiempos y mundos distintos pero asociados por el poder de la viñeta, se alterna con recortes de periódicos insertados aquí y allá, tan pronto está 1000 años en el futuro en Marte como muestra a Nixon dando un discurso. Las asociaciones subjetivas son ricas y profundas, e imposibles de atrapar con un montaje cinematográfico, y menos aún en manos de un directorzuelo de “quiero y no puedo”. En fin, un desastre.
Boicoteémosla.
6
Flácidos
Siempre se ha dicho que los hombres envejecen mejor que las mujeres. Ahí están los tópicos de Sean Connery, Anthony Hopkins, Clint Eastwood, y muchos otros. Algunos de ellos son muy ciertos, pero otros son tópicos asentados en la percepción general del público aunque en realidad son falsos, como es el caso de Robert Redford, de quien se dice que sigue siendo atractivo. Redford no ha perdido sus rasgos juveniles ni sus profundos ojos pero, a diferencia de los ejemplos mencionados (en especial Sean Connery, que todavía triunfaría en una discoteca aunque fuera pobre) se ha ido quedando flácido.
Otros, como es el caso de Dustin Hoffman, quizá hayan perdido su posible atractivo (a pesar de su nariz y de no ser ‘guapo’) pero, qué queréis que os diga, no dan repelús. Tampoco da repelús, por ejemplo, Robert de Niro, cuyo metabolismo de envejecimiento actúa sobre su físico con bastante dignidad. Otros, sin embargo, sí que dan repelús, e incluso grima, y suelen ser aquellos que han recurrido a tratamientos de belleza o incluso cirugías y otras frivolidades escalofriantes como el recurso al botox, aquellos que se injertan pelo, o se maquillan, o van por la vida con el “ponme ese foco allí” o el “cógeme sólo el lado izquierdo o te demando”. Las mujeres, en mi opinión, no es que envejezcan peor, sino que la sociedad es tan exigente con ellas que sólo parecen satisfacernos si son perfectas. Sin embargo, algunas de ellas (qué digo algunas; muchas) nos demuestran que la belleza tiene edades, como por ejemplo Sofia Loren, Rafaela Carrá (no os riáis porque lo de esta mujer es increíble) o Jessica Lange.
Jessica, siempre fuiste mi musa. Es verdad que personajes como la (durante décadas) muy deseada Michelle Pfeiffer han caido en estados lamentables (ver abajo) mostrando un cierto grado de flacidez, pero por caballerosidad no profundizaré en estos casos. Al fin y al cabo, las mujeres pasan por embarazos, menopausias, desajustes hormonales que no tienen los hombres, y otros muchos accidentes metabólicos que los hombres no experimentan.
Pero volvamos a los hombres. Es obvio que algunos envejecen de forma estrepitosa y quedan decrépitos, consumidos, cadavéricos; tales son los casos obvios de los dos últimos Papas católicos, del antinatural Michael Jackson, o de Al Pacino, de quien abajo podéis ver una foto muy reveladora de la FLACIDEZ que ha llegado a acumular. De hecho el bueno de ALPA ha sido quien ha inspirado este articulillo. Otros, como Clint Eastwood, pueden en efecto estar auténticamente viejos y demacrados, pero insisto: no son flácidos.
Los flácidos de los que hablo son una clase de hombres maduros que, independientemente de tener o no unas facciones o unos rasgos faciales más o menos armoniosos, han sufrido procesos (naturales o quirúrgicos) que han llevado a su piel y sus carnes a caerse y descomponerse en colgajos o en depósitos de grasa y/o líquidos corporales retenidos. Estos personajes suelen tener un semblante vanidoso, pues son conscientes de su deterioro, o quizá sea su obsesión por la eterna juventud la que les ha llevado a desfigurarse de un modo tan característico que evidencia su propia decadencia, tanto externa como interna. Algunos de ellos, como Paul MacCartney (Dios nos libre de su presencia mediática de una vez por todas; Beatle tenía que ser) se han convertido en señoras con el pelo ahuecado (extraña manía la del pelo ahuecado, que acabáis de ver también en Al Pacino), seres con aspecto de marujas (con perdón de la incorrección política) a las que sólo les falta ir llevando un caniche de la correa. Vean, vean.
No querría resultar cruel; en efecto, esta foto evidencia signos de vejez que cualquier hombre mayor podría tener. Pero insisto con McCartney empujado por el odio que le profeso:
¿Veis lo que digo? ¿A que vuestro abuelo no se tiñe su lacia masa capilar de esta manera tan marujil? ¿A que vuestro abuelo no luce esa asquerosa combinación de rasgos/cara/expresión pretendidamente jóvenes con piel/carnes/abultamientos anormales? Seguro que vuestro abuelo ha envejecido como Dios manda y es, por ende, perfectamente anciano. Sin paliativos. Quizá el abuelo de alguno de vosotros se tiña el pelo de marrón (pues el canoso ya nunca será ‘castaño’), pero, ¿a que vuestro abuelo no se parece a Angela Merkel como este tío? ¿A que no da la impresión de ser un ex-presidente cuyas preocupaciones y/o maquinaciones al borde de lo soportable por un sistema nervioso le han llevado a un estado de salud lamentable? Necesitamos que MacCartney deje de componer música, deje de hacer giras ‘revival’ interpretando los engendros musicales de sus amortizados ‘beatles’ y, sobre todo, que se divorcie de una vez para dejar de darnos la vara. No quiero ni imaginarme su pene.
Prosigamos. El siguiente en la lista es de sobra reconocido por todos como paradigma de personaje ‘Flácido’; de hecho, puede que sea el mayor y más sorprendente de todos ellos. Hablo, sí, del irrepetible SYLVESTER STALLONE, quien, por cierto, nunca fue guapo. Como huelgan las palabras, simplemente reproduciré aquí su ya famosa careta de goma que lució sin pudor alguno por el mundo para el estreno de su nuevo Rambo.
Es increíble. Sus (maquillados) labios llenos de silicona han acentuado su mueca en forma de ‘M’; de hecho, el labio inferior tiene altibajos que cubren, ora sí, ora no, su dentadura. El botox le otorga a su rostro esa expresión de estulticia, de imbecilidad. El sudor de su pelo, chorreando y mezclándose con la gomina, evidencia el uso de drogas (es sospechoso de haber introducido sustancias prohibidas en Australia). Esos mofletes hinchados no son los de un tipo obeso, no; son las deformaciones de su masa adiposa facial. La nariz se le ha desfigurado definitivamente y apunta ahora a Parla, y sus párpados aparecen entrecerrados, quién sabe si debido a los compuestos que consume o a nervios faciales inutilizados por la cirugía.
Habrá segunda parte, no lo dudéis.
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