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Menos malo que el Malo
A riesgo de enrollarme he decidido ser extremadamente breve en esta ocasión, así que me dejaré de rodeos barrocos y enfollonamientos gramaticales y exceso de verbosidad superflua.
La idea en esta ocasión es la siguiente. Sigue imperando un sentimiento maniqueo a la hora de enfrentarnos a las cosas, sobre todo en lo relativo a la ficción. Siguen habiendo “malos” y “buenos” en las películas, los libros siguen tratando cuestiones morales de forma parcial (si bien no todos, siempre recordaré ‘El inmoralista’), esto es una realidad que se encarna en nuestro sentir en todo momento, por ejemplo al contemplar una noticia en un telediario. Enseguida identificamos la injusticia, localizamos al criminal, urdimos una opinión e identificamos a los ‘damnificados’ (término de moda), a los ‘buenos’ (que coindicen con las ‘víctimas’) y a los ‘malos’ (que son los que matan, censuran, controlan).
Esto es así y no hay manera de escapar, si bien en la vida real sabemos que todo son escalas de grises y que no existen la Cenicienta y la bruja de la manzana, sino que ambos roles se mezclan en una sola persona en muchas ocasiones. Pero, hete aquí (¡odiosa perífrasis!) que muchas veces nos ocurre, y es bastante habitual, que solemos identificarnos con el Malo. Nos gusta mucho El Villano. Es cierto que los personajes que encarnan al antagonista del héroe suelen atraernos con mucha más fuerza, nos identificamos más con su condición e incluso nos compramos una camiseta con su estampa y publicamos nuestro amor por su maldad.
A mí no me ocurre esto. Suelo, por el contrario, identificarme con el “malo menos malo que el malo”. Es decir, con esos personajes atípicos que, si bien han optado por la senda del lado oscuro, no son tan culpables como el Malo Supremo de las historias. Son los “malos víctima”. Hay ejemplos preciosos. Recuerdo, a botepronto (argh!), al personaje detestable que en la película “La Celebración” se dedica durante todo el metraje a pegar a su mujer, a insultar a los criados, a vociferar su racismo. Es sencillamente repulsivo, tanto que cuesta bastante identificarse con él. Sin embargo, cuando la trama se desata, queda tan eclipsado por la Maldad Real, que se convierte en un gusano insignificante y demasiado común, guiado por instintos que ni él mismo ha decidido tener, y no sólo eso, sino que esos instintos son los que le convierten en el único personaje capaz de desplegar el odio y la violencia suficiente como para impartir justicia poética, justicia de odio y maldad, sobre el auténtico villano.
Hablo de personajes como Travis, sí, el protagonista de “Taxi Driver”, que en su maldad congénita, su odio antisocial y su desorden del comportamiento se convierte en el ángel de la venganza contra el imperio de la corrupción que tiene mucha más fuerza y alberga más capacidad de Mal que él mismo. Esto es tanto así que muchos dirían que Travis “no es malo”. No es verdad. Travis es un ultraviolento, un fascista y un pervertido. Queda claro a lo largo del film.
No hablo de los malos que se redimen en el acto final, no hablo de Darth Vader transformándose de golpe y porrazo en un ángel paterno con sólo quitarse el casco. Hablo de malvados débiles y sin culpa que imparten su destrucción inevitable e inconscientemente, de fracasados y frustrados que lo son porque un Malo superior a ellos les ha convertido en eso. Y que, además, y como condición inexcusable para mi clasificación, están en contra de ese Malo Supremo, lo odian, y en cierto modo tienen ese margen de autoridad moral que les permite sentirse buenos e incluso inocentes cuando le plantan cara…
…al Demonio mismo.



