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Nov
15

Mujer negra casada busca

Hace ya algunas semanas leí en un períodico una frase de la que me es imposible dar la referencia por falta de memoria o interés, pero que me pareció espectacular por su potente contenido de ironía, provocación y lucha por la tolerancia. Yo mismo puedo ser un intolerante redomado para ciertas cosas (y vamos a dejar de lado por ahora el debate de la definición de tolerancia), pero ideas como esta son las que están destinadas a remover las conciencias.

La frase decía: “Una mujer puede ser tan inteligente como un negro”.

La verdad, esta expresión es una bomba. Puede levantar ampollas si es mal interpretada, y por otro lado puede hacer ver muchas realidades a una gran cantidad de machistas y racistas que tengan la fortuna de llegar a entenderla, no como un chiste, sino como lo que es: un manifiesto.

No veía necesidad de explicársela a nadie (no se debe suponer nunca la falta de agudeza de nadie), hasta el otro día. ¿Qué pasó el otro día? Pues pasó que después de ocho horas de trabajo maquetando una revista (es decir, con la cabeza llena de columnas, márgenes e índices), se me ocurrió desestructurar un poco mi pensamiento con la siempre saludable actividad de ir de copas. Esta vez fui solo. No suelo hacerlo porque en realidad me gusta ir con Miriam, y hacía años que no visitaba un bar sin contrapartida para conversar o brindar. El caso es que la mente, después de dos chupitos a los que me invitó Salva, de la Mazmorra, y azuzado por la nostaliga hortera de Judas Priest, nos enzarzamos de madrugada cuatro monos solitarios entre semana en una conversación patética acerca de política, fascismo, Franco, España, inmigrantes, y un saco entero de tópicos. El caso es que allí había un señor de 50 años (aparte de una pareja de buen aspecto y otro chaval que parecía majo, inteligente y borracho), que no dejaba de repetir que él era franquista, racista y machista. Al principio todos nos reíamos, incluso yo llegué a decir cosas del tipo “¡yo también! ¡dí que sí!”, para, como dije, desordenar mi cabeza alineada, justificada, centrada. Pero al cabo de un rato la insistencia de sus agravios comenzó a resultarme severa y no pude evitar un punto de ofensa en mi interior. Al cabo de un rato, salté con una chorrada típica: “Pero macho, ¿tú sabes que esta conversación no podríamos tenerla con Franco? ¡Nos fusilarían a todos!”… “A todos menos a mí”, espetó él, avispado. “¿Y a tí te gustaría que me fusilaran después de las copas que hemos compartido? ¿Te gustaría verme muerto, aquí en el suelo?”. Y aquel camionero con los ojos perdidos contestó con toda la sinceridad del mundo: “Sí, a tí, puto rojo, y a todos los negros, inmigrantes, y las mujeres que se creen que son mejores”. Todos se echaron a reir excepto el novio de la chica y yo, que nos miramos y suspiramos.
Entonces solté la frase, como si la hubiera tenido calzada sobre un resorte en mi pecho durante mucho tiempo.
“¿Tú no sabes que una mujer puede ser tan inteligente como un negro?”…
El hombre ni entendió la frase, de lo alcoholizado que estaba. Miraba al fondo de su vaso; su cabeza y su cuerpo no daban para más. Pero el resto de la gente me miraba ahora con los ojos como platos.
Salva, desde el otro lado de la barra, me miraba perplejo. Ese comentario que hice no le cuadraba en absoluto con lo que él pensaba que era mi forma de pensar (si es que alguna vez podrá acercarse a entenderla), forma de pensar una y mil veces expresada durante esa y otras noches en la patética, fría, vacía y ahora sin música Mazmorra.
“Pero macho, ¿qué dices?, ahora resulta que eres un racista, y un machista, córtate un poco, ¿no?, en mi bar somos antinazis, antifascistas y antiracistas y así no se habla. Al camionero le dejo porque es un personaje sin remedio, pero a tí más te vale explicarte porque no te entiendo, colega”.
No sirvió de nada decir que aquella frase era exactamente igual que decir “un negro puede ser tan inteligente como un blanco”, o que “una mujer puede ser tan inteligente como un hombre”. Aquella mención mixta de intolerancias les pareció a todos los presentes intolerante.
No sirvió de nada apelar a la ironía, pues alegaron que “en ciertos temas no se puede ser irónico”, sino que hay que “ser serio”. ¿No es serio lo que dije? ¿No es solemnemente recio? No tiene ni pizca de gracia, y ellos confundían mis retorcidas explicaciones con un humor negro bastardo, provocador, egocéntrico incluso pues la conversación empezó a centrarse en mí, en mi persona, sintiéndome inquirido e investigado moralmente.
Me fui a casa decepcionado por el lenguaje y su pretendido poder. No lo tiene. Sólo lo tiene cuando se convierte en tópico, en refrán, en proverbio, en cliché. Por ejemplo:
· “La democracia (o el capitalismo) es el menos malo de los sistemas” (conformismo)
· “La esperanza es lo último que se pierde” (optimismo de quien nunca la ha perdido)
· “El que no mama no llora” (disfraz para un egoismo humillado)
· “Las mujeres son todas iguales” (resentimiento personal)
· “Los políticos son todos unos ladrones” (frase típica de un ladrón)
· “No creo en la violencia” (corrección política de alguien que nunca ha experimentado la necesidad de la venganza, que nunca ha sido pisoteado o nunca ha visto sufrir a los que ama por culpa de alguien)
· “Yo perdono pero no olvido” (hipocresía del que nunca perdona, y por eso tampoco olvida)
· “Yo olvido pero no perdono” (mentira del que nunca olvida, y por eso tampoco perdona)

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