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La voz dentro
Una noche me fui sin despedirme de mi familia ni de mis amigos. Metí el ordenador portátil en el coche y salí a toda velocidad de Madrid; pronto me encontré surcando la noche de arriba abajo, hacia latitudes más cálidas. Doce horas después había alquilado una casa de piedra en el pueblo natal de mi padre, y para el mediodía ya me había instalado totalmente en ella. El coche lo dejé metido en un pajar, bajo una oscuridad de aleteo de pájaros y polvo de trigo que colgaba en el aire. Mediodía. Con el calor que hace, oí a mi espalda, lo mejor es dejarlo ahí. Después, en la casa, desconecté el teléfono –el único en kilómetros a la redonda– y enchufé el ordenador. Tiene razón, pensé, mirando la plaza desolada; los pocos habitantes del pueblo (que solían matar las horas sentados a la puerta de sus casas) habían abandonado las calles. Era un día asfixiante, sin nubes; el calor bajaba lento y pesado hasta el suelo, como si el sol se derritiese sobre cultivos y casuchas y los achicharrase. Pero la casa estaba construida en roca maciza y sus rústicas persianas proveían de una benéfica penumbra, así que en su interior se disfrutaba de silencio y frescor. Por todas partes, más allá de las paredes de la casa, estaba rodeado de sol, y de soledad. Y en aquellas condiciones, parecidas a las que en principio deseaba, comencé a escribir:
«Cuando se veía fascinado por lo que ocurría a su alrededor, o por lo que revoloteaba o reptaba en sus entrañas, comenzaba de inmediato a narrarlo en su mente. En determinados momentos y estados de ánimo aquel hilo de voz interior textualizaba su mundo casi en tiempo real. No sabía si hacer aquello le alejaba de la realidad o le hundía más en ella. A pesar de esta controversia, y fascinado por la ocasional belleza de sus propias palabras, el escritor virtual hacía enormes esfuerzos para memorizarlas antes de que se desintegrasen y precipitasen en la parte prohibida de la memoria. Pero esto resultaba ser algo extremadamente difícil. Las palabras se hacían irrecuperables al momento de ser pensadas, del mismo modo que aquello que contaban quedaba enterrado en el pasado. La transcripción de lo que oía en su mente al soporte escrito le parecía un dantesco imposible. Era incapaz de recolectar sus emociones en tranquilidad bajo condiciones que él consideraría de laboratorio o taller. Llegó a pensar que esta incapacidad para materializar era el síntoma de un desorden compulsivo en su psique, como una manía incontrolable, pues a pesar de todo era un hombre lúcido y sabía que su obsesión mental era parecida a intentar llenar de agua una vasija con agujeros. Pero aquellas frustraciones no tardaron en desaparecer. Pronto se convenció de que sus creaciones le satisfacían exclusivamente en el mismo momento de pensarlas. Su mente desbordaba la prosa que eclosionaba en su interior, palabras y más palabras formando cadenas y anudándose las unas con las otras, como códigos genéticos, en un ballet de constelaciones. Se vio entonces abocado a un inexorable compromiso consigo mismo. Tenía un carácter consecuente; cuando tomaba una decisión, cuando una base estaba dispuesta, se subía a ella y sobre su superficie preparaba el siguiente escalón. Era su única fuerza, la de la inercia. Su impulso era el de narrador mudo, y a aquella masturbación se entregó en cuerpo y alma. Renegó de la palabra escrita, de su ofensiva y vanidosa puerilidad, y se dedicó en cuerpo y alma a leer la ilimitada obra de sus pensamientos, de su presente. Con los ojos muy abiertos clavados en el infinito pensó: “Cuando se veía fascinado por lo que ocurría a su alrededor, o por lo que revoloteaba o reptaba en sus entrañas, comenzaba de inmediato a narrarlo en su mente. En determinados momentos y estados de ánimo aquel hilo de voz interior textualizaba el mundo casi en tiempo real. No sabía si hacer aquello le alejaba de la realidad o le hundía más en ella”.»



