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Aug
25

Sueño 8

Paseo desnudo por mi propia casa, sintiendo el suelo frío a mis pies. Tremenda sensación de realidad, un tranquilo silencio inunda mis oídos. Estoy totalmente indiferente, es un paseo contemplativo por mi propia casa, creo que voy desnudo por el pasillo oscuro. Llego al dormitorio de mi hermano, pero allí no hay nadie. La luz de la luna es muy fuerte, así que este cuarto está muy iluminado por ella. Además, la ventana es bastante más grande que en la realidad: cuando me acerco a ella, su parte inferior me llega por las rodillas y la superior sobrepasa con creces mi cabeza. Así que allí estoy, creo que desnudo, descalzo, mirando por la ventana las estrellas, la luna y los chalets bajo ella.
Pronto comienzo a sentir odio por uno de los chalets, parece que en él vive una familia de tipos insoportables o algo así, de forma que mi aversión hace que mis puños se cierren. La tranquilidad profunda del sueño empieza a romperse y todos los ángulos rectos se vuelven ligeramente agudos y mi visión se convierte en un plano aberrante. Entonces, la casa se derruye. No sé por qué, es un chalet adosado y solo él ha sufrido daños, no ha habido explosión ni nada. Las dimensiones parecen deformadas y todo parece más amplio, más lejano, como si tuviera la visión en 360º de una mosca. Me arrepiento de haber destruido la casa con mis pensamientos. Ahora sólo quedan escombros y humo. Pronto me doy cuenta de que todo esto debe ser un sueño, y en cuanto decido que así es, me despierto. Nunca puedo seguir con un sueño si sé que es un sueño. Siempre que sucede, me despierto.

Aug
25

Sueño 7

Autor: Alex Onôv  //  Sueños  //  2 mechas prendidas

…atravesando una calle llena de suciedad, llego a un cruce. En el bordillo, un señor algo gordo intenta aparcar su diminuto coche en la esquina del cruce, pero tiene serias dificultades para hacerlo; cuando no sube las ruedas al bordillo, el coche le queda demasiado fuera. Parece llevar horas intentándolo, pues el hombre que se aferra al volante está sudando como un cerdo. No maldice; el hombrecillo gordo se limita a fruncir el ceño, como empeñado en superar un reto que se ha propuesto a sí mismo. Me quedo mirándole durante un par de horas, hasta que decido que el hombre puede tirarse allí toda la eternidad. Entonces miro al cielo, y veo que es de un intenso rojo sangriento y que está surcado por nubes negras que viajan a velocidades imposibles. Bajo de nuevo la mirada, y paso el cruce. La calle entonces desciende en una cuesta (aunque veo que unos metros más adelante vuelve a subir y recuperar su nivel original) y se ensancha unos metros. En la inflexión de la cuesta, en su punto más bajo, veo que hay una trinchera excavada en el asfalto, exactamente transversal al sentido de la calzada. Está llena de un agua negra y espesa, como alquitranada, (en su superficie la suciedad multicolor se retuerce en arcoiris oleaginosos) y en ella se bañan un par de niños y un anciano. Es una zona residencial, y desde las puertas de las destartaladas casas grises los familiares ven cómo sus niños toman un baño en la trinchera de alquitrán. De vez en cuando pasa un coche, y los bañistas deben sumergirse en el agua para que las ruedas no destrocen sus cabezas. Al volver a emerger, sus caras aparecen impregnadas de aceite negro. Entonces veo cómo un coche aplasta la cabeza del anciano bañista a su paso por la estrecha trinchera llena de agua. Nadie llora, nadie ríe, el coche sigue su camino. Tras visitar a dos poetas que viven en esta zona y que tienen el piso empapelado de pósters de dibujos animados japoneses sigo adelante, no sin darme cuenta de que un niño pequeño se ha unido a mí y me sigue. Comienzo entonces a notar que, a pesar de saber que estoy en mi ciudad, me encuentro ahora en una zona totalmente desconocida. No sólo eso, sino que además da la impresión de que se trata de otra dimensión de la ciudad, una subjetiva quizá. Como si yo captara otra frecuencia de onda de la realidad, algo así como si estuviera desajustada. Sigo andando. Subo la cuesta más adelante, y la calle vuelve a estrecharse. Ahora es un barrio marginal, lleno de edificios de pisos hechos de ladrillos, ladrillos naranjas. Entro en uno de los patios interiores de uno de los edificios flanqueados por oxidadas escaleras de incendios, y veo a un joven salir de uno de los portales montado en un monopatín y escuchando música en su walkman. Llamo su atención y, tras quitarse el chaval los cascos, le pregunto cómo puede volver a sintonizar la realidad. El chico me dice que de eso no sabe nada, pero que mire a mi espalda. Así hago, y veo que un tipo se ha tirado del decimosexto piso y se ha convertido en pulpa. Acaba de llegar la policía y ha hecho un cerco con tiras de plástico amarillas y negras. El chico se acerca conmigo a la escena del suicidio, y vemos cómo levantan el montón de tripas que es el cadáver. Descubrimos entonces que el tipo se había tirado encima de un pastor alemán y en el lugar de la caída ha quedado el cuerpo del perro totalmente aplastado; al parecer el individuo estaba realmente gordo. Pero mire, señor, la policía ha descubierto algo. ¡Sí!, el perro está vivo. Al menos su cabeza no está aplastada. Un policía, ayudado por unas tenazas, despega el cuerpo del perro (ahora con forma de filete), que está rígido como una tabla. El policía se dispone a trasladar el cuerpo del perro poniéndolo delante de sí, para llevarlo sujeto con las tenazas fuera del edificio. La cabeza sigue viva y no está aplastada; de hecho, no deja de dar violentos zarpazos llenos de rabia y baba. Un ojo le ha estallado y de la cuenca le cuelga un pedazo de gelatina blanca. No deja de morder el aire, como un cepo. Una señora con la bolsa de la compra entra en el patio del edificio y se cruza con el policía; el perro, al oler una pata de cerdo que lleva la señora para hacer caldo, lanza un mordisco al brazo de la pobre mujer. Ella se queja al policía, diciendo que lo va a denunciar. Entonces, el chico del walkman se une a mí y al niño que me seguía, y salimos de nuevo a la calle, que es de calzada antigua romana, con toscos adoquines grises e irregulares. Una vez fuera, se nos une una mujer que, sin estar embarazada, da a luz un niño de unos diez centímetros de largo, con una carne transparente que deja a la vista las pocas venas formadas del cuerpo. Una mancha negra palpita en el centro del pequeño pecho. La madre, tras pedir mi ayuda para sujetar al feto transparente y tras sacar de un bolsillo un osciloscopio portátil, comprueba apoyando dos clavijas en el cuerpo del recién nacido si sus constantes son correctas. Tras hacerlo, el niño se le cae al suelo y estalla. Pero da igual, porque de repente la realidad vuelve a sintonizarse con un zumbido de interferencias y queda de nuevo todo perfectamente normal, reconocible, familiar. Me despierto.

Aug
25

Sueño 6

Estoy en una fiesta de cumpleaños de un vecino, en su casa; tengo doce años, como todos los chicos de la fiesta, y todo es muy colorido y estimulante, aunque de repente hay un salto temporal en el sueño y toda la alegría y los globos y el sol desaparecen y de pronto estamos escondidos uno de los chicos y yo debajo de una cama de la casa, no sabría decir cual, muertos de miedo, sudando y temblando de pánico, llorando, abrazados el uno al otro. Todo está en penumbra y ya no hay colores, todo es gris. El padre del chico del cumpleaños está recorriendo la casa con un hacha, buscándonos para degollarnos. Ya ha matado a todos los demás y sólo quedamos mi amigo y yo. A veces vemos sus pies pasar por el pasillo, más allá de la habitación en la que estamos, y oímos cómo cordialmente nos invita a salir. Por la forma de hablar o por el sonido de sus palabras, sabemos que está sonriendo de oreja a oreja. La situación se alarga hasta la locura, y todo está en penumbra excepto el fluorescente del pasillo que parpadea sin patrón rítmico alguno.

Aug
2

La voz dentro

Una noche me fui sin despedirme de mi familia ni de mis amigos. Metí el ordenador portátil en el coche y salí a toda velocidad de Madrid; pronto me encontré surcando la noche de arriba abajo, hacia latitudes más cálidas. Doce horas después había alquilado una casa de piedra en el pueblo natal de mi padre, y para el mediodía ya me había instalado totalmente en ella. El coche lo dejé metido en un pajar, bajo una oscuridad de aleteo de pájaros y polvo de trigo que colgaba en el aire. Mediodía. Con el calor que hace, oí a mi espalda, lo mejor es dejarlo ahí. Después, en la casa, desconecté el teléfono –el único en kilómetros a la redonda– y enchufé el ordenador. Tiene razón, pensé, mirando la plaza desolada; los pocos habitantes del pueblo (que solían matar las horas sentados a la puerta de sus casas) habían abandonado las calles. Era un día asfixiante, sin nubes; el calor bajaba lento y pesado hasta el suelo, como si el sol se derritiese sobre cultivos y casuchas y los achicharrase. Pero la casa estaba construida en roca maciza y sus rústicas persianas proveían de una benéfica penumbra, así que en su interior se disfrutaba de silencio y frescor. Por todas partes, más allá de las paredes de la casa, estaba rodeado de sol, y de soledad. Y en aquellas condiciones, parecidas a las que en principio deseaba, comencé a escribir:

«Cuando se veía fascinado por lo que ocurría a su alrededor, o por lo que revoloteaba o reptaba en sus entrañas, comenzaba de inmediato a narrarlo en su mente. En determinados momentos y estados de ánimo aquel hilo de voz interior textualizaba su mundo casi en tiempo real. No sabía si hacer aquello le alejaba de la realidad o le hundía más en ella. A pesar de esta controversia, y fascinado por la ocasional belleza de sus propias palabras, el escritor virtual hacía enormes esfuerzos para memorizarlas antes de que se desintegrasen y precipitasen en la parte prohibida de la memoria. Pero esto resultaba ser algo extremadamente difícil. Las palabras se hacían irrecuperables al momento de ser pensadas, del mismo modo que aquello que contaban quedaba enterrado en el pasado. La transcripción de lo que oía en su mente al soporte escrito le parecía un dantesco imposible. Era incapaz de recolectar sus emociones en tranquilidad bajo condiciones que él consideraría de laboratorio o taller. Llegó a pensar que esta incapacidad para materializar era el síntoma de un desorden compulsivo en su psique, como una manía incontrolable, pues a pesar de todo era un hombre lúcido y sabía que su obsesión mental era parecida a intentar llenar de agua una vasija con agujeros. Pero aquellas frustraciones no tardaron en desaparecer. Pronto se convenció de que sus creaciones le satisfacían exclusivamente en el mismo momento de pensarlas. Su mente desbordaba la prosa que eclosionaba en su interior, palabras y más palabras formando cadenas y anudándose las unas con las otras, como códigos genéticos, en un ballet de constelaciones. Se vio entonces abocado a un inexorable compromiso consigo mismo. Tenía un carácter consecuente; cuando tomaba una decisión, cuando una base estaba dispuesta, se subía a ella y sobre su superficie preparaba el siguiente escalón. Era su única fuerza, la de la inercia. Su impulso era el de narrador mudo, y a aquella masturbación se entregó en cuerpo y alma. Renegó de la palabra escrita, de su ofensiva y vanidosa puerilidad, y se dedicó en cuerpo y alma a leer la ilimitada obra de sus pensamientos, de su presente. Con los ojos muy abiertos clavados en el infinito pensó: “Cuando se veía fascinado por lo que ocurría a su alrededor, o por lo que revoloteaba o reptaba en sus entrañas, comenzaba de inmediato a narrarlo en su mente. En determinados momentos y estados de ánimo aquel hilo de voz interior textualizaba el mundo casi en tiempo real. No sabía si hacer aquello le alejaba de la realidad o le hundía más en ella”.»

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